Plan de militarización policial

La policía en México es una especie de recurso disponible para propósitos múltiples diversos al mandato formal; ¿esto sirve a un plan de militarización de la policía? Habiéndose aprobado la Ley de Seguridad Interior en diciembre pasado y en la antesala de la decisión del Suprema Corte que reconocerá o no la constitucionalidad de esa norma, la pregunta es más pertinente que nunca.

Estamos haciendo la pregunta errónea. Venimos cuestionando por qué no se hace lo necesario para profesionalizar a la policía en México cuando deberíamos estar preguntando quién está haciendo lo necesario para no profesionalizarla y qué logra con ello. Dejemos de mirar lo que debería suceder y veamos lo que está sucediendo. Legalidad, eficiencia, profesionalismo, honradez, objetividad y respeto a los derechos humanos son los principios que configuran el parámetro constitucional del desempeño policial. Ahí el deber ser. Lo que realmente sucede es la continuidad histórica de un desempeño policial generalmente ineficaz y que no inspira confianza y menos apoyo de la gran mayoría del público, salvo casos excepcionales y efímeros.

¿A quién le sirve la no profesionalización policial? Le sirve a muchas personas, grupos e intereses, adentro y afuera de las instituciones policiales. La evidencia en mi poder confirma que la policía en México es una especie de recurso disponible para propósitos múltiples diversos al mandato formal; pero me interesa destacar una pregunta: ¿esto sirve a un plan de militarización de la policía? Habiéndose aprobado la Ley de Seguridad Interior en diciembre pasado y en la antesala de la decisión del Suprema Corte que reconocerá o no la constitucionalidad de esa norma, la pregunta es más pertinente que nunca.

El recién creado Programa de Seguridad Ciudadana de la Ibero ha comenzado a desarrollar, entre otras líneas de trabajo, un modelo de análisis y monitoreo permanente de la intervención militar en la seguridad pública que permitirá, hasta donde más sea posible, reconstruir el qué, el cómo y el dónde en torno a la manera como se viene transfiriendo a las fuerzas armadas esta función constitucionalmente asignada a las autoridades civiles. El modelo se vinculará a las redes de investigación en la materia que ya existen en América Latina, donde es posible encontrar avanzadas hipótesis respecto a la militarización de la seguridad pública entendida como una tendencia regional.

Nuestra plataforma de investigación tendrá segmentos de información de acceso público y fortalecerá la calidad del debate en torno a los efectos de la intervención militar en México. Todo a su vez enmarcado en el objetivo superior del programa mencionado: promover el liderazgo civil y la rendición de cuentas en las políticas y las instituciones de seguridad.

Por ahora, lo que ya sabemos en todo caso es suficiente para validar la hipótesis según la cual el debilitamiento crónico de la policía podría hacer parte de un plan no declarado hacia su militarización. Concretamente me refiero a la posibilidad de que la prolongación de la crisis policial sea, al menos desde la operación de algunos frentes no visibles de influencia política, la antesala hacia la toma de control pleno de las instituciones policiales por parte de las fuerzas armadas.

No tengo ninguna evidencia de que este plan existe, pero sobran las evidencias consistentes en el tiempo que trazan una doble operación simultánea: negar la profesionalización policial en la inmensa mayoría del país y a la vez proveer lo necesario a las fuerzas armadas para incrementar su intervención en tareas propiamente policiales. Haya o no plan, la trayectoria es evidente más allá de cualquier duda. Por eso la hipótesis además de ser válida es de exploración urgente.

Perdí hace mucho la cuenta de las veces que funcionarios electos, miembros de la policía y de las fuerzas armadas han afirmado frente a mí, palabras más palabras menos, que “la policía en México no tiene remedio”. Lo han dicho desde la indiferencia mayor, pero también lo he escuchado por parte de quienes han librado luchas hasta heroicas, aunque inútiles, a favor de la mejora policial profunda. ¿En cuántas ocasiones se toman decisiones de autoridad desde la certeza de que lo que se hace por la policía, en el fondo, no tiene futuro? Eso es lo importante, más allá del comentario anecdótico que desde todos lados condena a la policía al fracaso.

En mi colaboración pasada en este espacio mencioné la desconfianza generalizada entre la policía y los militares. Jamás he escuchado por parte de los segundos la convicción de que en efecto es posible la profesionalización policial. Todo lo contrario. Y el relato del imposible saneamiento de la policía viene acompañado por igual narrativa respecto a quienes desde los cargos públicos utilizan a las instituciones policiales para protegerse a sí mismos, más que al gobernado, al tiempo que las mantienen en condiciones de precariedad.

La historia es larga. Son décadas de descomposición evidente de la policía, dejada al margen de la modernización del Estado y de las coordenadas de un régimen democrático y de derechos. Cabe por supuesto colocar eso en la bolsa combinada de la negligencia y la corrupción, pero cabe también colocarlo en la lógica de un debilitamiento útil derivado de la certeza de que la única “solución” policial es la asimilación a la égida de control militar.

Acaso jamás sabremos si hay plan formal alguno en esta dirección. Siempre podrán decirnos que no tenemos evidencia de que existe. Pero el análisis de contexto es en realidad cada vez más claro, por ejemplo en lo que se refiere a la campaña de posicionamiento político de los militares. Escribo estas palabras mientras escucho a una mujer militar cantar el himno nacional en el Estadio Azteca, dos días después de mirar un video que circula en las redes –sin aval institucional explícito-, elaborado con estándares propios de una súper producción cinematográfica y que ensalza a las fuerzas armadas mexicanas, y a semanas del desfile militar del 16 de septiembre que dejó ver una estrategia inédita de penetración en la población civil. Todo esto sucede al finalizar un sexenio que vio a los titulares de la Secretaría de la Defensa Nacional y de la Secretaría de Marina irrumpir en la vida pública y en el debate político como no lo habíamos visto en el México contemporáneo.

Tenemos otra opción. Veamos todo desde el sentido opuesto. Pensemos que en estricto sentido no hay plan alguno de asimilación policial a las fuerzas armadas y anotemos otra hipótesis: lo que miramos es la imposible conciliación entre un modelo policial profesional y democrático y un sistema político que en su conjunto no logra ser precisamente democrático. Es decir, la barrera debe entenderse desde un gobierno civil sin incentivos para empujar hacia el cumplimiento de los estándares constitucionales de actuación policial, siendo la intervención militar una válvula de escape más bien circunstancial ante la presión provocada por ese vacío civil. De ser el caso, más que un plan, acaso la reconversión policial hacia la esfera militar fluye como la única vía posible ante la precariedad democrática sistémica.

La verdad es una y es evidente: el Estado mexicano invierte diario y a la misma vez en el descrédito policial y en la acreditación militar. Con o sin plan e incluso con o sin Ley de Seguridad Interior por esta ruta acaso lo que estaremos mirando más pronto o más tarde será la confección de un solo uniforme.

 

@ErnestoLPV

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