Seguridad: ¿repetir o innovar?

Se acabó la campaña y es tiempo de la racionalidad en el discurso. “Serenar al país” fue una potente oferta electoral sin duda, pero solo puede ser un objetivo razonable propio de una política pública si se soporta en el cómo. De no ser así, no será otra cosa que mera retórica.

Apenas imaginable la carga histórica sobre los hombros del próximo presidente en materia de seguridad. “Vamos a serenar al país”, repite él una y otra vez. Las condiciones son excepcionalmente difíciles, por donde se vea el tema. La promesa es, por decir lo menos, arriesgada –y quizá no podía ser otra. Pero se dice en la teoría de las políticas públicas, no respecto a México sino al mundo, que es en la implementación donde suele alojar la promesa incumplida.

Cuántas veces López Obrador habrá escuchado a alguien decir que la solución a la inseguridad y la violencia es ésta o aquélla. En su interminable periplo por el país acaso ha recibido miles de versiones sobre cuál es la salida para, en sus palabras, “serenar al país”. Versiones que tienen detrás historias que pueden ser disímbolas cual más, como la de una víctima frente a la de un mando militar, por ejemplo.

Desde luego cada quien tiene el derecho a construir su opinión respecto a la seguridad, lo mismo el presidente electo, la diferencia es que la de éste será determinante para el derrotero del país en el futuro inmediato. Por eso en este momento las preguntas fundamentales son: ¿cuál es la definición del problema según él? y, en coherencia, ¿cuál es la vía de solución que ha identificado?

Lo ideal es que quien busca un cargo público sabe cómo ejercerlo; la realidad es que puede o no ser así. El deber ser para ejercer una responsabilidad pública dispone que se deben construir políticas públicas idóneas; la realidad es que los gobiernos construyen, pero también destruyen, mejoran o empeoran la situación que encuentran. Calderón entregó un país más violento que el que encontró. Lo mismo Peña Nieto. Y hoy día están dadas las condiciones para que el problema se agudice aún más. Al margen de fanatismos, la realidad es una: López Obrador puede también fallar.

Se acabó la campaña y es tiempo de la racionalidad en el discurso. “Serenar al país” fue una potente oferta electoral sin duda, pero solo puede ser un objetivo razonable propio de una política pública si se soporta en el cómo. De no ser así, no será otra cosa que mera retórica. Retórica por cierto altamente riesgosa dado el impacto inflacional en las expectativas, que a su vez pueden tomar la forma de potente efecto contraproducente si éstas no se cumplen.

Y aquí es donde puede venir la diferencia de fondo respecto a los errores del pasado. Los anteriores presidentes compraron su respectiva fórmula del fracaso. Las podemos describir de muchas maneras, pero para esta reflexión lo que me interesa destacar no es lo que creyeron que debían hacer, sino su incompetencia para modificarlo a tiempo o, cuando menos, intentarlo y así demostrarlo de manera creíble.

Lo peor que puede hacer el próximo presidente de México es comprar una fórmula de solución a la inseguridad y la violencia que no admita la flexibilidad y la adaptación al cambio. Esto desde un ángulo político convencional y caduco puede parecer una contradicción porque supone aceptar que el Ejecutivo Federal no tiene ni tendrá la certeza absoluta y por lo tanto se puede equivocar. En realidad, desde miradas políticas no convencionales, por ejemplo las asociadas con la innovación social, este reconocimiento debe estar en el fundamento de una política pública que en lugar de ofrecer la solución lo que ofrece es la exploración rigurosa y eficaz para construirla.

El giro, por cierto, va desde una impronta autoritaria impositiva hacia otra democrática participativa. La práctica inercial coloca al poder público en la posición del que impone el saber experto o supuestamente experto sobre el ciudadano que recibe; la alternativa experimental abre la discusión en la exploración de las respuestas construidas con el saber combinado de las y los operadores y de las y de los actores protagonistas en el terreno.

Desde la seguridad que fluye de la certeza artificial de arriba hacia abajo, hacia la seguridad que fluye a través de la pregunta siempre abierta en torno al cómo y desde abajo hacia arriba. La línea estratégica de trabajo concreto caminaría por la instalación progresiva de laboratorios, a la manera de nodos de operadores y procesos clave de toma de decisiones. La experimentación, por lo demás, es ya un atributo intrínseco de las más avanzadas intervenciones en seguridad, dada su complejidad. Cuando se habla con seriedad de la necesidad de intervenciones integrales lo que se hace es reconocer esto último.

El punto de inflexión entre los fracasos monumentales de los presidentes anteriores y la reconducción de la política de seguridad del próximo sexenio no está en decir “ellos no supieron y ahora sí sabemos cómo hacerlo” –eso ya se dijo una y otra vez-; el quiebre está más bien en desmontar la fuerza inercial de un paradigma de política pública que viene diciendo que sabe cómo hacerlo solo para producir más problemas, precisamente porque no pone a deliberación el cómo.

El próximo presidente debería asumir entonces que el nuevo punto de partida no es la certeza de cómo resolver la inseguridad y la violencia, sino la claridad de someter las decisiones a intervenciones experimentales controladas en sus procesos y evaluadas en sus resultados, a través de ciclos recursivos de aprendizaje, cambio y mejora.

Estoy hablando de una alteración metodológica profunda en la manera de hacer las cosas del gobierno federal, lo cual de suyo es un desafío descomunal. He dicho públicamente de manera reciente que hoy día mi enfoque estratégico está mucho más dirigido a intervenir en mejoras en la seguridad en el ámbito municipal. El motivo es muy sencillo: la historia me ha dejado en claro que es mucho más posible evolucionar los métodos de la política pública en esa esfera de gobierno que en los órdenes estatal y federal. Eso parece estar asociado, a su vez, a la diferencia comparada de actores y tramos de responsabilidad que deben ser reorientados, siendo infinitamente menores en el municipio. Cabe bien la metáfora del cambio de rumbo de un barco, más difícil o más fácil según el tamaño del mismo.

Al parecer Alfonso Durazo presentará pronto el modelo de política pública federal de seguridad. El mismo debería incluir un enfoque metodológico moderno comprometido con la experimentación sujeta a la rendición de cuentas; enfoque que conecte las decisiones a la auténtica verificación de su impacto. Esta perspectiva debería ser la columna vertebral que alineé a los tres órdenes de gobierno en un mismo método de control de la racionalidad del gasto público destinado a la seguridad.

Hay pues dos caminos y pronto sabremos por cuál andará el gobierno federal; el de la prolongación de un paradigma de política pública de seguridad que sirve más que nada a sus operadores de siempre porque no pasa por la rendición de cuentas, o el de la innovación metodológica que pone en el centro la experimentación, la flexibilidad y la adaptación al cambio.

 

@ErnestoLPV

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