Aterrador

Los asesores de Andrés Manuel López Obrador deben explicarle que la experiencia internacional es muy clara: sin controles democráticos formales e informales efectivos, la Guardia Nacional puede funcionar más como una fuerza de ocupación y menos como una herramienta de protección ciudadana.

En el momento mismo que inicie operaciones la Guardia Nacional –de ser el caso-, no habrá experiencia alguna documentada de control legítimo y eficaz de uso de la fuerza pública en México. Más aún, cuando esa institución sea puesta en marcha no habrá legislación federal especializada en uso de la fuerza. En este país el uso de la fuerza policial y militar aún no pasa por sistemas de monitoreo, evaluación, consecuencias y aprendizaje sujetos a verificación pública.

Llevo un cuarto de siglo fijando postura pública sobre estos temas. Van tres ejemplos. Publiqué sobre seguridad pública y policía por primera vez en 1994; en el 2008 lanzamos un material específicamente dedicado a comparar los sistemas de control policial en América Latina, texto que ahora es referencia regional de consulta. En funciones de perito en torno al caso Atenco (intervención policial desastrosa sucedida en el 2006), expuse en noviembre de 2017 ante las y los jueces de la Corte Interamericana de Derechos Humanos amplios argumentos sobre la debilidad crónica de los sistema de control internos y externos de la policía.

La salud de los sistemas de control en el uso de la fuerza desde luego requiere primero que nada de la voluntad política de los responsables precisamente políticos de las instituciones con poderes de usarlos, además del compromiso verificable a favor de ellos a cargo de los mandos operativos; pero eso no basta. David Bayley, experto en temas policiales reconocido en el mundo entero, ha explicado que uno de los grandes mitos es que los mandos superiores saben lo que hacen las y los policías en terreno. Por eso se vienen desarrollando con tanta fuerza los sistemas de supervisión y control interno y externo a esas instituciones. Esos sistemas institucionalizan el puente que conecta la voluntad de control y las prácticas. La responsabilidad sobre el control de la Guardia Nacional que reitera Andrés Manuel López Obrador simplemente no le alcanzará jamás. No importa cuánto confíe en su propia autoridad, las prácticas de esa institución en el terreno estarán fuera de su alcance, a menos que haya una interferencia sistémica que envuelva esas prácticas en la supervisión y el monitoreo interno y externo.

La modernización de la función policial en democracia de hecho puede verse justamente como la historia de la institucionalización de los controles.

El conocimiento internacional comparado dado a conocer por la ONU enseña que la rendición de cuentas, la supervisión y la integridad de la policía solo funcionan adecuadamente cuando se combinan los sistemas de control. Es conocimiento explorado el hecho de que el el uso de la fuerza no es profesional cuando no hay estándares cuya adecuada aplicación es vigilada desde múltiples ángulos de observación.

Cuando hace muchos años recibimos en el Instituto para la Seguridad y la Democracia (Insyde) a un representante del Police Ombudsman de Irlanda del Norte, país que tiene una de las experiencias más exitosas y mejor documentadas de mejora policial, nos explicó que la clave del control está en la redundancia de los sistemas de vigilancia, es decir, cuando no funciona un sistema, siempre está otro que reemplaza la falla. Cuando la policía no se controla a sí misma, siempre hay uno o varios mecanismos de vigilancia que reemplazan la falla.

La fuente citada de la ONU explica que el control debe cumplir dos grandes reglas. Primero, debe aplicarse antes (reglas claras), durante (monitoreo en tiempo real) y después de las operaciones (revisión y evaluación idóneos). Segundo, debe recargarse en sistemas múltiples de control internos (la propia policía) y externos (otras instituciones del poder ejecutivo -sistema de inspección, sistemas anticorrupción-, poder judicial, organismos públicos de derechos humanos, mecanismos internacionales de derechos humanos; todo además acompañado por los llamados controles externos informales (medios, organizaciones de la sociedad civil y la sociedad en general).

Los asesores de Andrés Manuel López Obrador deben explicarle que la experiencia internacional es muy clara: sin controles democráticos formales e informales efectivos, la Guardia Nacional puede funcionar más como una fuerza de ocupación y menos como una herramienta de protección ciudadana. Los ejemplos de España y Francia que el presidente electo adujo para justificar su propuesta no son comparables porque su despliegue tiene orígenes y desarrollo histórico de perfil comunitario.

También deberían explicarle que la disciplina, siendo un principio fundamental para el correcto desempeño policial, tampoco basta e incluso puede ser usada como código de conducta precisamente refractaria al control. La buena disciplina se alinea al mandato institucional mientras que la mala disciplina se traduce en lealtad personal en cadena de mando.

Aquí por cierto hay una clave bien estudiada de la diferencia entre la función policial y la función militar. La disciplina en el primer caso autoriza márgenes de discrecionalidad encuadrados en estándares profesionales que empoderan la toma de decisiones en terreno. Un policía disciplinado en una institución profesional, democrática y moderna analiza e interactúa con el contexto para dar el mejor servicio y la mejor protección posible, o bien para realizar las actividades de investigación con el más alto perfil de especialización; la disciplina militar también se soporta en estándares profesionales pero diseñados para garantizar la obediencia y no para ponderar las órdenes. La disciplina policial se orienta al servicio ciudadano mientras que la disciplina militar se orienta a la neutralización del enemigo. Y es justo el perfil militar rígido propio de su misión el que provoca la tenaz resistencia frente al control externo.

Todas las promesas de control en voz del presidente electo, las escritas en la iniciativa de reforma constitucional ya presentada y las que vengan en las normas secundarias correspondientes, serán letra muerta si en la práctica no funciona el control múltiple y redundante.

La política es así. En ella todo puede pasar. Incluso pueden intercambiarse las posturas a favor y en contra de la intervención militar en tareas policiales. Ya no hay partido político en México que no lo haya hecho. Así que por ellos pasa la discusión política intercambiable, no la técnica consistente con referencias conceptuales, teóricas y metodológicas.

Si mañana la Guardia Nacional sale a detener personas y la única línea de supervisión es la cadena de mando entonces habremos dado un salto involutivo no solo descomunal sino incluso aterrador.

 

@ErnestoLPV

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