Informalidad, base de la pobreza y la desigualdad

A pesar de la imagen negativa que llevan pegada a la piel, los informales llegan a rendir grandes servicios a la ciudadanía y también al medio ambiente.

Los mexicanos podemos pasarnos días sin incursionar en la economía formal. Aceptémoslo, la informalidad nos ofrece tal variedad de productos a cada vuelta de esquina que resulta muy conveniente recurrir a estos micro consumos. El supermercado parece estar reservado a cuando sea estrictamente necesario –es mi hipótesis más plausible a los carritos llenos a reventar vistos con frecuencia en los supermercados-.

Este comportamiento es sumamente coherente y racional si tomamos en cuenta que en 2016, el 57% de la población mexicana trabajaba en el sector informal. De ahí que este mercado cumpla con nuestras exigencias más estrafalarias. La informalidad pasó a formar parte de nuestra cotidianidad -y comodidad- y sin embargo, los informales siguen sin estar incluidos a la ciudad y sociedad. Son aquellos que “no pagan impuestos”, “acaparan el espacio público”, “ofrecen alimentos de dudosa procedencia y deplorables condiciones higiénicas”. Son también aquellos que son desalojados por las fuerzas del orden, que son extorsionados o que ven sus mercancías confiscadas.

A pesar de la imagen negativa que llevan pegada a la piel, los informales llegan a rendir grandes servicios a la ciudadanía y también al medio ambiente. Los vendedores ambulantes de frutas y verduras son un gran ejemplo de cómo lograr una mejor planeación urbana: se localizan en zonas concurridas y ayudan a diversificar las actividades del barrio sin recurrir a más infraestructura física. Y es que, para una zona residencial con el supermercado más cercano ubicado a varios kilómetros, los puestos ambulantes son una alternativa atractiva; ayudan a acortar distancias y hasta logran evitar el uso del coche. Por otro lado, este consumo a pequeña escala favorece una economía circular y local, contrariamente a los supermercados que imponen una agricultura industrial y ofrecen a los campesinos bajísimas compensaciones por sus productos. Finalmente, la diferencia es abismal si nos ponemos a hablar de sabor -y no soy la única en afirmarlo; el gran chef, Enrique Olvera se lo mencionó a Gabriela Warkentin- las frutas y verduras del supermercado se antojan insípidas si las comparamos con los productos traídos directo de las milpas y vendidos en los mercados…

Si tocamos el tema de los pepenadores, otro de los grandes grupos de informales, la imagen peyorativa se acentúa y degrada un poco más. Y es que, a pesar de seleccionar minuciosamente los materiales por reciclar -y así brindar servicios que en teoría deberían estar a cargo del gobierno- no reciben más que alienación, desprecio, deplorables condiciones de higiene y explotación por parte de grupos poderosos. De acuerdo con un estudio del 2006 realizado en Pune, India; Lima, Perú; Cluj-Napoca, Rumania; Lusaka, Zambia; Quezon, Filipinas, y Cairo, Egipto se demostró que son más de 70,000 personas y sus familias las que trabajan como pepenadores y reciclan alrededor de 3 millones de toneladas de basura al año.

En México, la respuesta del gobierno frente a los informales siempre ha sido una de estigmatización y evicción del espacio público y relocalización en espacios alternos. Rara vez hay espacio para diálogo, ya no se hable de negociación. Y sin embargo, los candidatos a la presidencia prometen reducir la pobreza y desigualdad. Me pregunto cómo se logra esta hazaña si se sigue excluyendo al grueso de nuestra fuerza de trabajo, si los candidatos ni siquiera mencionan a los informales. En países como Argentina o Colombia, el debate se está abriendo y la situación está cambiando para estos grupos vulnerables. Los pepenadores están recibiendo infraestructura para poder seleccionar y acumular los desechos; cuentan con vehículos para el transporte de escombros, y pueden ganar contratos gubernamentales para el manejo de los desechos.

En un país como México, en donde los atropellos a los derechos humanos de los informales son comparables a los que ocurren en países como Ruanda y China, el primer paso es reconocer sus contribuciones a la ciudad y empezar por admitir como nos facilitan exponencialmente la vida.

 

@andreabizberg

 

Fuente principal:

Chen, M.A., and V.A. Beard. 2018. “Including the Excluded: Supporting Informal Workers for More Equal and Productive Cities in the Global South”. Working Paper. Washington, DC: World Resources Institute. Disponible aquí.

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