Que nos dejen en paz

Sólo falta una semana para que este interminable proceso electoral patrocinado por nosotros llegue a su fin. Aguanten este acoso político como puedan, hagan lo que juzguen necesario para su bienestar. Ya verán cómo todo mejorará el día después.

El pasado fin de semana encontré refugio en un punto incierto entre Cuernavaca y Tequesquitengo. Mi temporal hogar cumplía con los únicos dos requisitos en los que había puesto hincapié: nada de señal ni de internet. Tecnológicamente abandonada, me enfrenté a aquella exuberante naturaleza que trataba de amedrentarme con sus ensordecedores ruidos y crujidos. Era justo lo que buscaba: un bullicio salvaje que me hiciera olvidar, aunque fuera por un momento, el incesante ruido de las campañas electorales.

Mi único contacto obligado con la civilización tuvo lugar el domingo, cuando me extirpé de mi manto vegetal para acudir a ver el partido de México contra Alemania. Pero ahí tampoco corrí riesgo alguno: el arrollador resultado no se prestaba a pláticas indeseables.

Desgraciadamente, el fin de semana se me escurrió entre las manos y sin que me diera cuenta, ya era hora de regresar. Mientras me incorporaba a la carretera, fui catapultada de nuevo a los tiempos electorales. No venía preparada para esa decena de espectaculares que se acumulaban al borde del camino; ni para esos candidatos de amplías sonrisas, dientes blancos y propuestas vacías. Un vomitivo torbellino de colores sin sentido que sólo aturde y no aporta. Una verdadera contaminación visual.

Al día siguiente, desde tempranito, los candidatos ya se estaban colgando del triunfo de nuestra selección. “Es un claro ejemplo de cómo M vencerá sobre A”, decía un tal M. Otro alegaba que su victoria sería similar a la de la selección mexicana: sorpresiva, inesperada pero arrolladora. Hasta un tercero tuvo el descaro – les dejo adivinar su identidad- de afirmar que esta victoria era un claro ejemplo de que las encuestas carecían de valor. Pos oye, que al fin y al cabo pronósticos y encuestas vienen a ser lo mismo ¿qué no? En fin, hasta nuestra dulce victoria futbolera había sido secuestrada para fines partidistas.

Encendí la radio mientras me preparaba algo de desayunar. Los representantes de campaña discutían por enésima ocasión sobre si tal candidato estaba ¼ de punto más arriba que ayer; se desvivían tratando de demostrar cómo tal otro estaba experimentando un clarísimo ascenso; ponían en duda nuestras capacidades visuales y analíticas: estás viendo y no ves que la distancia con el candidato puntero se está reduciendo a pasos agigantados. Toda esta enriquecedora y agradable conversación estaba puntuada por felices minutos de publicidad. Ahí teníamos la oportunidad de escuchar a los susodichos candidatos cantar, bailar o tocar algún instrumento. En pocas palabras, probar su suerte en el concurrido mundo de las artes mientras lanzaban erráticamente sus propuestas de campaña.

Tengo que admitirles que en estos tiempos electorales hasta dejé de contestarle el teléfono a los números desconocidos. Me cansé de recibir como respuesta a mi alegre saludo, la contestadora que se activa y que me ordena presionar el 1 si creo que AMLO es un peligro para México. O que me reciba un robótico: “Habla Andrés Manuel López Obrador”. Si me dejó llevar por la nostalgia, hasta podría empezar a extrañar las llamadas de los bancos o de las compañías telefónicas. Por lo menos tenía una fresca y cándida voz de ser viviente al otro lado de la línea.

En fin, ánimo, sólo falta una semana para que este interminable proceso electoral patrocinado por nosotros llegue a su fin. Aguanten este acoso político como puedan, hagan lo que juzguen necesario para su bienestar. Ya verán cómo todo mejorará el día después. Aprovechando este fácil juego de palabras, los invito a que se sumen a la iniciativa ciudadana el Día de Después, valioso proyecto que nos empuja a unirnos como sociedad, en estos tiempos de enorme polarización de opiniones.

 

@andreabizberg

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