Contaminaciones

El fracaso de las políticas ambientales por parte del gobierno francés ha generado protestas: personalidades francesas exigen acciones contundentes a favor del medio ambiente que pasen por encima de intereses privados y el diario “Le Monde” lanzó la serie de reportajes “Contaminaciones”.

Hace una semana, Nicolas Hulot, el ministro responsable de la Transición Ecológica en Francia dimitió por la falta de resultados en cuestiones claves como la disminución de gases efecto invernadero, los pesticidas y la conservación de la biodiversidad. Le reprochó al presidente, Emmanuel Macron, su falta de compromiso con el medio ambiente y denunció la constante presencia de grupos de presión en las altas esferas del poder, a los que culpó de ser un verdadero problema para la democracia. Sus preguntas, ¿quién tiene realmente el poder?, ¿quién gobierna?, todavía resuenan incómodamente en el aire.

Con esto, Francia, un país que se autoproclama ecologista y con un presidente que cobró popularidad por su eslogan “Make the planet great again” (Hagamos el planeta grande de nuevo) pierde gran parte de su credibilidad.

La renuncia del ministro y el fracaso de las políticas ambientales han generado un difuso movimiento de protesta: personalidades francesas han exigido acciones políticas contundentes a favor del medio ambiente que pasen por encima de intereses privados y el periódico francés, “Le Monde”, lanzó la serie de reportajes “Contaminaciones”. En ellos, se muestran las regiones más deterioradas del planeta. Una primera escala nos abandona en Anniston, Alabama, al sur de los Estados Unidos donde Monsanto vertió durante cuarenta años substancias tóxicas a los ecosistemas. Hoy, la región está completamente devastada: es una ciudad fantasma con aguas, suelos y aire contaminados. Un territorio con habitantes que se mueren de enfermedades silenciosas y en donde las entrañas de los jóvenes incuban padecimientos de personas de la tercera edad.

De ahí, volamos al río Doce en Brasil, hoy un afluente sin vida: en 2015, los lodos tóxicos de una empresa minera, 56.6 millones de m3 de desechos, se esparcieron en el río. La catástrofe no es sólo ambiental, es también una verdadera tragedia social: las comunidades vivían de la pesca y del turismo. Hoy, ambas actividades han desertado la zona y los habitantes aún no se acostumbran a esas aguas color naranja.

Estos reportajes nos muestran una dolorosa realidad, nos quiebran la ilusión de que los ecosistemas deteriorados terminan por recuperarse si se les da el tiempo suficiente. Con “Contaminaciones”, recorremos lugares en donde la resiliencia terminó por agotarse y los daños parecen irreversibles. Lo más impactante es que estos casos no representan amenazas pronosticadas para un futuro lejano y producto de escenarios alarmistas; son realidades con nombre y localización geográfica: Anniston en Estados Unios, Dzerjinsh en Rusia, Fort Chipewayn en Canadá, Regencia en Brasil, Fukushima en Japón y ciertas zonas del océano Pacífico.

En “Contaminaciones”, también sale a relucir la evidente incomprensión que existe entorno al medio ambiente, la absurda distinción que se hace entre los humanos y los ecosistemas, como si fueran dos entidades separadas. La realidad es que nosotros habitamos y nos desenvolvemos en dichos ecosistemas, dependemos de ellos para vivir. Por esta sencilla -antropocéntrica- razón, el medio ambiente no debería ser sólo una preocupación de países ricos que han dejado atrás los problemas de inseguridad, violencia y corrupción. El medio ambiente tiene que ser una prioridad para cualquier gobierno, porque pensar en el medio ambiente es pensar en la gente. Detrás de toda catástrofe ambiental, hay una tragedia social de dimensiones equiparables, cada ecosistema deteriorado empobrece aún más a las poblaciones. No hace falta ir muy lejos, en nuestro propio país, los casos de Grupo México y la contaminación del río Sonora o los proyectos mineros en Puebla son contundentes. De ahí la necesidad de que las políticas públicas sean intersectoriales: no se puede disociar la pobreza del medio ambiente como tampoco se pueden hacer pasar intereses económicos por encima de los de las comunidades.

Los relatos de “Contaminaciones” parecen muy alejados de nuestra realidad porque son casos extremos, dan voz a ecosistemas y comunidades que han soportado silenciosamente altos grados de contaminación hasta llegar al actual punto de no retorno. Pero no hay que olvidar que muchas de estas tragedias son la consecuencia de presiones constantes al medio ambiente: son el resultado de años de deterioro, indiferencia y olvido.

En México, a diario somos testigos de las pequeñas pinceladas que agudizan el deterioro ambiental. De estas capas de degradación que se van acumulando: los manatíes que se mueren en Tabasco, las fiestas en áreas naturales protegidas, las más de trecientas tortugas en peligro de extinción asfixiadas por redes de pescadores. Malas noticias que evidencian la incapacidad de adelantarse a estos sucesos: siempre llegamos tarde y la respuesta del gobierno se resume en “exhortar a los pescadores a evitar malas prácticas”; “multar a los que resulten responsables” o “implementar planes de rescate y resguardo temporal de la especie”. Soluciones que no lo son realmente, declaraciones vacías tratando de crear la ilusión de hacer algo sin realmente emprender nada.

Al gobierno entrante le tocará modificar y reinventar su esqueleto político, legislativo y económico, aumentar los presupuestos de las diferentes instancias ambientales –que están por los suelos-, si es que se quiere dar una señal verosímil de compromiso. Necesitamos innovar en política ambiental; arriesgarse a hacer las cosas de manera diferente; escuchar las distintas voces de la sociedad civil y del mundo científico; voltear a ver a otros lados, en México y en el mundo, donde se esté avanzando en la agenda ambiental. Necesitamos replicar y maximizar resultados, multiplicar los casos de éxito.

Pero no toda la responsabilidad recae en el gobierno, no todo es una prueba más de la impunidad que impera en nuestro país. Es también la evidencia flagrante de una ausencia de educación ambiental: seguimos yendo a hoteles que vacían sus aguas negras en las playas, continuamos consumiendo especies en plena temporada de veda. Nosotros mismos terminamos convirtiéndonos en cómplices de estas degradaciones, quizás no de manera activa, pero por ignorancia o indiferencia. En ese sentido, también en nosotros recae la responsabilidad de tomar mejores decisiones y ayudar, desde la sociedad civil, a construir la agenda ambiental.

 

@andreabizberg

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