La tecnología no nos va a salvar

Las políticas ambientales apuestan por un futuro más sustentable acuñado por la innovación tecnológica, pero poco se habla de la necesidad de cambiar los comportamientos individuales. El estatus quo sigue sin ser negociable.

“El estilo de vida de los americanos no está abierto a negociación”, lanzó tajantemente el presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, en la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, celebrada en Río de Janeiro en 1992. Su oposición a promover cambios de comportamiento en la sociedad americana era evidente. Con los años, esta posición se fue flexibilizando, pero en esencia sigue siendo la postura que prevalece en el mundo: es la naturaleza la que se tiene que adaptar a nuestro estilo de vida, a nuestros hábitos. Así, las políticas ambientales apuestan por un futuro más sustentable acuñado por la innovación tecnológica. Poco se habla de la necesidad de cambiar los comportamientos individuales. El estatus quo sigue sin ser negociable. No es política popular y sobre todo, va en contra de fuertes intereses económicos. El problema es que el crecimiento económico no es sinónimo de bienestar social, y apostar sólo por la tecnología no es garantía de calidad de vida a largo plazo.

En México, durante la campaña electoral escuchamos mucho a los candidatos promover, entusiastas, las energías renovables, los autos eléctricos. Nos pintaron un futuro brillante, prometedor y moderno. Una modernidad con más coches -eso sí, más eficientes, más ahorradores-. Los escuchamos mucho menos hablar de transporte público, de áreas verdes, de generar menos desechos.

No me malinterpreten, no estoy en contra de la tecnología, no aboco por un futuro que se asemeje más bien a un retorno al pasado. La tecnología es esencial para la transición ecológica, es un elemento primordial para avanzar. Sin embargo, el problema es tan complejo que para construir futuros sustentables, abrir un solo frente resulta más que insuficiente. Es necesario explorar otros caminos, impactar en otras vertientes, interesarse también en nuestros insostenibles estilos de vida.

Por ejemplo, un gobierno obsesionado con la innovación tecnológica apostará por promover la introducción masiva de bolsas de plástico biodegradables al mercado. Los clientes seguirán disponiendo de ellas sin control y no pensarán en cambiar ese hábito porque no hay incentivos para hacerlo. Resultado: la demanda de bolsas aumenta año con año -por muy biodegradables que sean, toman un tiempo relativamente largo en desaparecer, además de que su fabricación no está exenta de químicos -. El desenlace sería otro si el gobierno tomará la decisión de influir también en los comportamientos individuales. Así, podría implementar un sistema de cobro por cada bolsa biodegradable utilizada. El hecho de que su distribución ya no sea gratuita -aunque el precio sea relativamente simbólico- se transforma en un incentivo lo suficientemente fuerte como para que la sociedad vaya cambiando sus costumbres. No es un caso teórico: es una política que ya se ha materializando en diversas partes del mundo con resultados sumamente positivos. En poco tiempo, las personas se acostumbraron a cargar con bolsas de tela para realizar sus compras. Más revelador aún, los visitantes de otros países también terminan por adoptar estos curiosos hábitos. Al regresar al país de origen, enjambre de bolsas gratis, dejan esa buena costumbre en casa. En este caso específico, es evidente como una política no tecnológica logra disminuir la cantidad de desechos. Pero no resulta muy difícil identificar a los grandes perdedores: los productores de bolsas. Y vaya que tienen poder.

Si ahora nos interesamos en las energías renovables, vemos que están creciendo rápidamente: cada vez hay más energía producida a partir de fuentes “limpias”. El problema es que las fósiles también se están incrementando. Es decir que, por el momento, las energías renovables no están remplazando a las fósiles, sino que simplemente se están adicionando. Y una de las razones por la persistencia de estas antiguas tecnologías es que el consumo de energía no ha dejado de crecer masivamente. Cada vez consumimos más, cuando la idea es transitar hacía una mayor sobriedad energética. Y en este rubro, las energías renovables no tienen impacto alguno, la capacidad de disminuir la demanda energética recae en gran parte en los comportamientos adoptados.

Por último, está el gran tema de los coches híbridos y eléctricos. Es una buena noticia que sean menos contaminantes y más ahorradores. Sin embargo, estas soluciones defienden cierta concepción de futuro: para garantizar la supervivencia de la industria automotriz, el futuro tiene que ser carrocentrista, con una producción que se incrementa año con año. Es imposible no asociar esto con el inevitable tráfico que generaría, cada vez más insostenible y que ninguna tecnología sería capaz de corregir. La solución, por inconcebible que parezca, podría estar en la fuerza de nuestras piernas. Todo indica que pronto empezarán a ser más solicitadas. Combinaremos la caminata, la bicicleta y el transporte público. Eso es el futuro. No el coche privado, por más innovador que sea.

En ese sentido, el proyecto de nación de AMLO abre una puerta esperanzadora hacía una posible redefinición de la política ambiental. Y es que el gobierno entrante ha decidido apostar por la gente, velar por su bienestar social e impedir que sea sacrificado a favor de ciertos poderes económicos. Políticas centradas en la sociedad que brindan la oportunidad de imaginar  un nuevo trato con la naturaleza, ya no como un factor de la economía sino como entidad independiente. De esta manera, las políticas, sin dejar de apoyarse en la tecnología, tendrán que buscar acercarse a la gente, idear nuevas culturas de consumo, de ética y sustentabilidad. Esto con la intención de alejarse de la obsesión de la máxima ganancia y ganar terreno en temas de justicia, inclusión y equidad. Esa es la apuesta.

 

@andreabizberg

Close
Comentarios