La muerte de repente

Cuando un reportero argentino pidió a Borges, ateo, que hablara sobre la fe, el escritor ya ciego apartó una mano de su bastón para tomar la del periodista: "cuénteme mejor de la suya. Debe ser tan lindo creer".

La muerte me sorprendió temprano el lunes. Todavía estaba lloviendo cuando vi un mensaje en la pantalla del celular: “Querido, te escribo para contarte algo terrible. Mau, mi hermanito, tuvo un infarto hoy por la mañana y murió”. Quien me escribía era una querida amiga a la que conocí cuando estábamos en la secundaria. Antes me gustaba jugar diciéndole que era mi amiga más vieja, pero cuando con el paso del tiempo la palabra dejó de ser juguetona decidí sustituirla por alguna otra más elegante.

El caso es que el lunes se me fue por completo para otro lado. La muerte. De repente. Como desde que uno se entera que existe: aunque se le intuya todo el tiempo, siempre llegará de improviso.

Quienes creen que algo pasa después de la vida nos llevan ventaja a quienes no lo creemos. De alguna manera ellos lo tienen resuelto. Te portas bien, aprendes, te vuelves más sabio que cuando llegaste y al irte todo te será útil en algún otro lado. Problema resuelto.

Pero para quienes no creemos, la vida que tenemos, cual pistola cargada con un solo tiro como dice Fito Paez, representa un gigantesco enigma. Quien con su acostumbrada sequedad lo sintetizó muy bien fue José Saramago que alguna vez declaró “la muerte es haber estado y un día ya no estar”.

Además de ser hermano de mi querida amiga, la más antigua, Mauricio fue un tipazo lleno de bondad y cualidades: hizo teatro y dirigió televisión. Algún día, siempre quedamos, lo acompañaría a alguna de sus grabaciones pues me parecía fascinante su trabajo. Serio y disciplinado, lo recuerdo casi siempre en ropa deportiva. Era un hombre sano que no merecía morir tan pronto, aunque ¿quién merece morir tan pronto? Los malvados, decimos, pero para casi todos ellos también debe ser terrible saber que un día llegará el momento de saber si pagarán por lo que han hecho… o no. Siempre es una pena saber de alguien que ha desperdiciado su vida, pero en el fondo para quienes no creemos resulta una inexplicable tristeza saber que al final la vida terminará desperdiciándonos a nosotros. Nosotros, que tan bien lucíamos en ella.

Cuando un reportero argentino pidió a Borges, ateo, que hablara sobre la fe, el escritor ya ciego apartó una mano de su bastón para tomar la del periodista: “cuénteme mejor de la suya. Debe ser tan lindo creer”.

Pero está el amor. Como ratificación al alcance de todos en el sentido de que lo hecho pudo haber tenido algún sentido si tuvo oportunidad de tocar el amor. No soy Paulo Coelho, no quiero resolverlo tan fácil, pero quizá en ese poder genuinamente radica una porción de lo cierto y es cierto que los Beatles, en su infinita sabiduría, tienen razón cuando dicen que todo lo que necesitas es amor.

A un lado del ataúd de Mauricio su familia colocó una foto. En ella él aparece abrazando a su sobrina hace poco más de un mes, cuando para celebrar el cumpleaños de la pequeña su tío se apareció llevándole un tutú de ballet, teñido todo como si fuera un arcoiris.

Mi amiga querida, la más antigua, me contó mientras esperaban a los empleados de la funeraria que habrían de llevarse los restos de Mauricio para iniciar la cremación, que esa mañana al enterar a la niña de la repentina muerte de su tío, alguien le dijo “¿y ahora con quién vas a hacer teatro?” a lo que la niña respondió “con nadie. Mi tío ya me enseñó”.

Salí de ahí pensando lo que todos sabemos: siempre ha de ganar la muerte, pero podemos vengarnos desde la vida, dejando de este lado el poder inmortal de todo nuestro amor.

 

@elimonpartido

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