México en tres libros

Acá van tres libros que aportan tres instantáneas de Méxicos distintos, para entender a este hogar común que la noche del 15 se vestirá de charro.

¡Muera el mal gobierno!

Miguel Hidalgo y Costilla.

 

Tengo en mis manos tres libros utilísimos para entender a este hogar común que la noche del 15 se vestirá de charro, quizá sí para cantarle al amor (a la patria), pero sobre todo para zamparse un pozole de dimensiones genuinamente históricas y aventarse tres tequilas, sotoles o mezcales que le permitan sin remordimientos dejar durante el fin de semana un regadero sobre el piso hecho a base de confeti, serpentinas, cuetes y cornetas tricolor, de esas que atarantan con su silbato unitonal, todas machucadas. Tres libros que aportan tres instantáneas de Méxicos distintos. Con sus respectivos créditos, aquí van:

“Además de su perspectiva militar, Morelos quiso darle organización política al movimiento de independencia, para lo que convocó a un congreso nacional, llamado Congreso de Anáhuac (…). El 14 de septiembre de 1813, en plena guerra, dio lectura al célebre documento conocido como los Sentimientos de la Nación, en los que proclamó la independencia absoluta de España y estableció que se adoptaría una forma de gobierno representativa, con división de poderes en ejecutivo, legislativo y judicial. Además, en el nuevo país debía imperar la igualdad, la justicia y la ley (…). Morelos escribió: Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deben ser tales que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto“.

— Sandra Molina y Alejandro Rosas, “Érase una vez México” (volumen 2).

 

“Si la ciudad era un caos, Palacio Nacional era un volcán. A media mañana Guillermo Prieto, secretario de Hacienda del gobierno republicano, cuyo último corte de caja había reportado la magnífica suma de 20 pesos con 50 centavos, se abría paso entre la nube de militares, soldaderas, chamacos, mulas, burócratas y pícaros que pululaban en la puerta Mariana (…). Prieto entró en el despacho presidencial. El Presidente tenía puesta la levita de los domingos. Prieto sabía que el Benemérito sólo tenía dos levitas, la de la semana y la que usaba los domingos para ir a misa en catedral (…) Frente a él había un grupo de civiles vestidos humildemente: los campaneros de Puebla. Señor Presidente, venimos nada más a entregarle estas reatas (los hombres depositaron varias cuerdas largas encima del escritorio presidencial). Y bien señores ¿en razón de qué vinieron caminando desde Puebla para traerme estas reatas? -Son las cuerdas de las campanas de las iglesias de Puebla, señor presidente. El arzobispo nos había ordenado que cuando entraran los gabachos tocáramos las campanas con júbilo. Pero nosotros no somos traidores, señor presidente. Se las trajimos para que atestigüe usted que no, no doblaron esas campanas.

Señores -dijo Juárez- mientras la República tenga hijos como ustedes, el enemigo no nos podrá vencer, jamás. Estas reatas las conservaré en recuerdo de su patriotismo (…) Guillermo Prieto pensó que si había 20 pesos en caja, tal vez podría darles diez para que se ayudaran en los gastos del viaje. Afortunadamente los campaneros rehusaron toda recompensa, cosa que causó alivio al secretario de Hacienda”.

— Paco Ignacio Taibo II, “Patria” (volumen que abarca de 1859 a 1863).

 

“Sin estudios, pero listo e ingenioso y milusos, puede decirse que Álvaro Obregón inventó la corrupción cuando dijo que nadie aguanta un cañonazo de 50 mil pesos y que él sería un buen presidente porque sólo tenía una mano para robar”.

— Eduardo del Río, Rius. “Los presidentes dan pena” (que finaliza diciendo “Hecho por Rius a los 83 años”).

 

@elimonpartido

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