Dos temblores

De repente sobre la calle se escuchan aplausos, fuertes, desconcertantemente alegres, "son los rescatistas, así se avisan que la persona a la que acaban de sacar está viva", me dice mi hermano. "Ahorita regresan a trabajar, pero lo están festejando: el día de hoy ya han aplaudido así cuatro veces".

“La resaca del terremoto” era la frase que titulaba el ejemplar de la revista Proceso del día 22 de septiembre de 1985. En él, el grupo de reporteros que comandaba Don Julio Scherer García daba cuenta de las irregularidades que habían sucedido a la tragedia: historias que hablaban de montajes en los que miembros del ejército simulaban avanzar en algún “rescate” sólo mientras el presidente Miguel De la Madrid se encontraba en el sitio, la oscura trama de las costureras que antes de morir aplastadas en aquel taller ubicado sobre Tlalpan trabajaban de sol a sol en francas condiciones de esclavitud, los obreros de Topeka (la fábrica enorme de pantalones de mezclilla) que no tenían (ni tuvieron) una sola garantía laboral que amparara a sus familias luego de su fallecimiento en el desastre… materiales en mal estado, edificaciones que no se construyeron bien, corruptelas. Las tristes y/o indignantes historias de siempre.

Quedará para la historia del mundo el que este nuevo terremoto haya tenido lugar en la misma fecha. No más que una coincidencia funesta, pero seguramente material para esoteristas y quirománticos de aquí en adelante. Ya seremos testigos de todo lo que se dirá días antes del 19 de septiembre de 2018 cuando, se puede apostar, muchos ofrezcan recetas para protegerse del terremoto que con seguridad diversos charlatanes van a predecir. Más allá de ello y procurando hablar en términos concretos, es necesario señalar que muchas cosas han cambiado entre las dos tristes fechas que ahora millones compartimos como seña inequívoca de que (sobre)vivir un desastre natural marca la existencia: a diferencia de la administración priista de los años ochenta, la administración priista de los dosmiles reaccionó ante la tragedia con mayor rapidez.

El jefe de gobierno de la Ciudad de México (emanado de un partido de izquierda, cuya historia -tanto la de él como la del partido- merecerían una columna aparte) comenzó a liberar información y ponerse en contacto con los órdenes de gobierno bajo su mando durante los primeros minutos posteriores al temblor. La regencia que Don Ramón Aguirre (de triste memoria) “comandaba” en el Distrito Federal de 1985, se apresuró a declarar que “México no requería la ayuda internacional” después de la tragedia, y emitió comunicados donde indicaba a la población cómo se tenía que hervir el agua para no beberla contaminada. En el inter de ambas tragedias, hay que decirlo, las cosas han cambiado, pero la eficiencia y la rapidez de la respuesta gubernamental actual no ancla sus favores en ninguna dádiva bondadosa proveída por un gobierno que de repente se da cuenta que ha obrado mal: la han impulsado a pulso los ciudadanos, quienes en esta urbe y en este país han presionado lo suficiente a lo largo de estos años como para empujar a los gobiernos a ser más útiles en los momentos en que, se sabe, su respuesta obedece a una obligación irreductible y no a una súbita toma de partido por la bondad.

Los ciudadanos de este país, ayer y hoy, símbolos de la solidaridad que encarnan los altos valores que México carga en su ADN y sin los cuales, hoy es importante decirlo, el país no hubiera llegado hasta aquí, en esta y otras muchas difíciles, terribles circunstancias.

Visité a mis padres ayer por la tarde. Ellos viven en la colonia Portales, dentro de un entrañable departamento ubicado, así lo quiso la suerte, en un edificio incólume que hoy se encuentra justo frente a un terrible derrumbe. El camellón convertido en sitio de descanso para socorristas. La agencia de Volkswagen que con distintos disfraces he mirado desde la ventana toda la vida convertida en centro de acopio delegacional. Patrullas, ambulancias, contingentes militares. Converso con mis padres y se respira la tensión, pero también la calma, una calma expectante que se desborda desde la calle: en un momento se hace un silencio extraño, sólido. De repente sobre la calle se escuchan aplausos, fuertes, desconcertantemente alegres, “son los rescatistas, así se avisan que la persona a la que acaban de sacar está viva”, me dice mi hermano. “Ahorita regresan a trabajar, pero lo están festejando: el día de hoy ya han aplaudido así cuatro veces”.

La gente de mi país. Mi orgullo como compatriota y representación ante los jóvenes que he de conocer en el futuro del más alto honor que me ha sido conferido como humano: saberme originario de una tierra llena de temple y coraje, a la que ni las más grandes tragedias -así ocurran en la misma maldita fecha- han conseguido doblar jamás.

Que eso no se nos olvide nunca. Nunca.

 

@elimonpartido

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