El sismo de cada quien

No entendí muy bien por qué el poema "Con el puño en alto" que publicó en su colaboración de Reforma Juan Villoro la semana pasada suscitó tal nivel de polémica. Soy de quienes cree que un poema es honesto cuando toma al vuelo imágenes de lo acontecido revistiéndolas apenas de verso.

No lo decimos (o no lo decimos tanto) pero andamos cansados. No lo decimos (o no lo decimos tanto) pero de alguna manera todos somos damnificados. Regresamos a la normalidad (cualquier cosa que eso sea) esta semana, pero en el fondo andamos cansados. Alma de damnificados, cuerpos que resienten el sino de vivir en esta tierra movediza que amamos.

No entendí muy bien por qué el poema “Con el puño en alto” que publicó en su colaboración de Reforma Juan Villoro la semana pasada suscitó tal nivel de polémica. Soy de quienes cree que un poema es honesto cuando toma al vuelo imágenes de lo acontecido revistiéndolas apenas de verso. Las realidades terribles son en sí mismas poemas pues no requieren desde sus adentros más adornos que aquellos de que los dota su porción inmaculada de existencia.

Hace treinta años, uno de los indiscutiblemente más grandes poetas que ha tenido este país publicó una serie de poderosos poemas que daban cuenta de su propia tragedia como ciudadano, que era a la vez en ese momento la tragedia de todos: “Las ruinas de México” tituló la secuencia incluida en el volumen “Miro la tierra” (1987, Ediciones Era). Aquí recupero algunos fragmentos pues también soy de quienes piensa que para fijar un poco la normalidad (cualquier cosa que eso sea) antes hay que pintarla aplicándole una capa delgada y serena de buena poesía. Y aquí va, pequeño grupo de imágenes del ayer, que en gran medida encuadran casi a la perfección en la realidad directa del hoy que compartimos todos.

(1)

Para los que ayudaron, gratitud eterna, homenaje
Cómo olvidar —joven desconocida, muchacho anónimo,
anciano jubilado, madre de todos, héroes sin nombre—
que ustedes fueron desde el primer minuto de espanto
a detener la muerte con la sangre
de sus manos y de sus lágrimas;
con la conciencia
de que el otro soy yo, yo soy el otro,
y tu dolor, mi prójimo lejano,
es mi más hondo sufrimiento

Para todos ustedes, acción de gracias perenne
Porque si el mundo no se vino abajo
en su integridad sobre México
fue porque lo asumieron
en sus espaldas ustedes

Ustedes todos, ustedes todas, héroes plurales,
honor del género humano, único orgullo
de lo que sigue en pie sólo por ustedes
Reciba en cambio el odio, también eterno, el ladrón,
el saqueador, el indiferente, el despótico,
el que se preocupó de su oro y no de su gente,
el que cobró por rescatar los cuerpos,
el que reunió fortunas de quince mil millones de escombros
donde resonarán por siempre los gritos
de quince mil millones de muertos.

(2)

Esta ciudad no tiene historia,
sólo martirologio

El país del dolor,
la capital del sufrimiento,
el centro deshecho,
el núcleo del desastre interminable.

(3)

Jamás aprenderemos a vivir
en la epopeya del estrago

Nunca será posible aceptar lo ocurrido,
hacer un pacto con el sismo, decir:
“lo que pasó pasó y es mejor olvidarlo;
pudo haber sido peor, después de todo
no son tantos los muertos”

Pero nadie se traga estás cuentas alegres
Nadie cree en el olvido
Estaremos de luto para siempre
Y los muertos
no morirán mientras tengamos vida.

(José Emilio Pacheco)

 

 

@elimonpartido

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