La Espera

Lo primero que se agradece del montaje es su honestidad. Uno sabe desde antes que la función inicie que en ella verá el trabajo de un grupo de expresidiarios, quienes se encargan de recordarnos a lo largo de cada función los crímenes por los cuales fueron a dar a prisión.

Para perdonarlo, mira siempre al criminal como un ser humano, pero nunca olvides que detrás de él viaja la historia de sus víctimas. Sólo así podrás perdonarlo de verdad.

Anónimo.

 

“Durante mi tiempo en la cárcel nunca sufrí violencia física, pero sí me tocó atestiguarla. Una vez vi cómo empalaban a un cabrón y cuando uno ve eso dormir bien en adelante es algo que cuesta mucho trabajo”. La frase, pronunciada palabras más, palabras menos, por un actor que antes de serlo fue un criminal que estuvo preso por más de veinte años en Santa Martha Acatitla me quedó rondando la mente por muchas horas luego de ver “La Espera”, obra de teatro montada por la Compañía de Teatro Penitenciario que, fundada por el Foro Shakespeare como un proyecto “artístico, pedagógico, laboral y de reconciliación social” que persigue como aspiración mayor la plena reinserción social, acaba de estrenarse justamente en el teatro ubicado en el número 7 de la calle Zamora, dentro de la telúrica Condesa.

Lo primero que se agradece del montaje es su honestidad. Uno sabe desde antes que la función inicie que en ella verá el trabajo de un grupo de expresidiarios y no sólo está muy consciente de ello, sino que además los propios exreclusos se encargan, como parte de la obra -y del proceso de sus vidas, que es materia prima para el desarrollo del texto- de recordarnos a lo largo de cada función los crímenes por los cuales fueron a dar a prisión: violación, robo de autopartes, secuestro agravado, asesinato…

Sonará paradójico, pero el montaje resulta bello en toda su crudeza y poético en medio del drama que plantea: la historia de un grupo de seres humanos que no depositan más que en ellos la responsabilidad por los errores cometidos y que a la vez nos hace razonar con elegancia sobre la brutalidad que orilla a miles al infierno. En un terreno resbaladizo, en el que resultaría muy fácil caer en la cursilería o en el funesto drama ramplón, los cuatro intérpretes de la pieza narran sin cortapisas ni artilugios la seca tragedia que rodeó sus vidas: perdiciones, adicción, angustias, violencia, miedos, horror. Cuando la escenificación avanza, de repente somos testigos también de la otra parte, esa que cada uno de estos exdelincuentes le debe irreductiblemente al teatro y cuya revelación complace: el arribo del arte, que trajo consigo la actual riqueza interior de que goza cada uno de los intérpretes (que, no obstante, nunca dejarán de sentirse atormentados), el temple ganado, la madurez contraída a fuerza de golpes que dejaron su huella. La Redención. Dolorosa, pero inabarcable redención.

Me dan muchas ganas de contarles aquí de qué va exactamente “La Espera”, pero hacerlo traicionaría el trabajo de Conchi León, dramaturga y directora, el del equipo de producción y el de los actores Javier Cruz, Ismael Corona, Feliciano Mares y Héctor Maldonado. Prefiero mejor recomendarles que no se la pierdan. La obra se presenta de aquí a abril en el Foro Shakespeare, todos los lunes, martes y jueves a las 20:30 horas y el costo del boleto (que en realidad es un donativo) representa la posibilidad de que trabajos como este sigan reproduciéndose. Si al final de la función esperan el tiempo suficiente, puedo firmarles que el abrazo o la felicitación que den a cada uno de los actores les ayudará a comprender la importancia del perdón genuino, pero sobre todo los devolverá a la calle transformados en personas distintas, humanos que comprendan que cuando un semejante se ha arrepentido de veras se encuentra a partir de ese momento condenado a dos cosas: no olvidar jamás lo que hizo y gracias precisamente a ello, obtener su liberación.

En verdad, no se pierdan “La Espera”.

 

@elimonpartido

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