Un mes

Que la solidaridad acuñada sirva. Que el coraje ante lo visto no se disuelva. Que lo bueno que trajo consigo lo malo del terremoto no se olvide nunca.

Hace un mes el barrio en el que vivo (la Condesa) se transformó en Boca de Lobo, como decía mi abuela. Extensiones enteras de calles y calles teñidas todas de negro, como funesta expansión del terremoto que nos dejó de muchas maneras sin luz. Hace un mes la esquina del Parque España, la que da directamente hacia el entonces amenazante Plaza Condesa se había vuelto, en cuestión de unos cuantos minutos (que a algunos pudieron parecerles horas) una especie de set cinematográfico sobre el que corrían, al mismo tiempo, grupos de rescatistas, cuadrillas con ambulancias, elementos del ejército y un mar de voluntarios que se amontonaban para hacerse parte de la ayuda y reunir sus manos en un súbito desbordamiento de necesaria energía solidaria.

Hace un mes.

Ayer por la tarde circulaba sobre el Periférico mientras miraba la gruesa nata gris de contaminación dentro de la que desfilaban sumergidos los edificios. Contaminación, tarde de jueves y todas las actividades por realizar, pareciera que todo ha vuelto a la normalidad, pero no. Los miles de damnificados que siguen acampando afuera de lo que hasta antes de las 13 horas con catorce minutos y cuarenta segundos del 19 de septiembre fueron sus hogares nos lo recuerda. Los arreglos de flores secas que aún reposan en fachadas reducidas a escombros, en algunos casos detrás de mantas improvisadas que con gruesas letras negras imploran “No fotos” y añaden más abajo, en letras no tan gruesas pero igual de negras “respeto a las víctimas” nos lo recuerda. El inmutable rostro de los periodistas que difundieron una historia falsa creyéndosela verdadera nos lo recuerda. La fila de políticos que declararon cualquier clase de cosas para salir del paso. Las secuelas de cansancio en el ánimo y el físico de quienes dieron todo por ayudar y hoy asumen sus dolencias con admirable discreción nos lo recuerda. Las calles que siguen lastimadas. No hemos vuelto a la normalidad.

Yo no sé cómo será mi ciudad (y el país dentro del que está mi ciudad) en el futuro, naturalmente no me alcanza la visión para tanto, sólo sé que cualquiera de mis amigos más jóvenes ha ganado identidad en estos treinta y un días. Lo sé porque lo miro y porque nadie regresa igual después de semejante sismo. Al igual que mis amigos mayores cuando me miraban después del terremoto del 85, espero que esos rasgos identificatorios no se pierdan con el tiempo. Que la solidaridad acuñada sirva. Que el coraje ante lo visto no se disuelva. Que lo bueno que trajo consigo lo malo del terremoto no se olvide nunca.

Yo no sé cuándo volverá a sacudirse la tierra, sólo sé que cuando eso ocurra -porque está escrito que un día eso ha de volver a ocurrir- quiero que quienes nos juntemos para ayudar sigamos siendo los mismos, y que a esos mismos siempre se unan más.

A veces cuando duermo me gustaría que el sueño de todos acallara de una vez la voz de la alerta sísmica, pero eso no se puede y por las mañanas me despierto sintiendo que en la amenaza de que algún día vuelva a ocurrir una tragedia radica una de las más singulares paradojas de mi ciudad: aquello que desde hace un mes nos hace dormir con miedo es lo mismo que desde hace un mes nos impulsa a levantarnos todos los días con algo que no sé exactamente que sea, pero que se parece mucho al valor.

Un mes.

 

@elimonpartido

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