Lo mejor de uno

Me he considerado uno de esos fundamentalistas de la furia que no le podría perdonar a los integrantes de una de sus bandas favoritas que ahora ya nada los atormente (por lo menos públicamente) y que su vida transcurra sólo entre lujos y comodidades.

— “Soy el tipo de problema que disfrutas“.

De la canción You are the best thing about me, de U2.

 

Fui uno de los poco más de 125,000 mexicanos que se dieron la vuelta a principios de este mes (que ya se va, junto con el año) al Foro Sol para ver a U2. De ello puede deducirse que pertenezco a la legión integrada por varios millones de compatriotas que admiran a esta banda que aquí, dada la rapidez con que ha agotado sus boletos cada vez que ha visitado el país -lo ha hecho en cinco ocasiones: 1992, 1997, 2006, 2011 y este año- puede equipararse en idolatría sólo a Metallica y The Rolling Stones, quienes también han batido récords de prácticamente minutos en aquello de retacar el lugar en el que se presenten.

No tengo mucho que decir sobre el concierto más allá de lo que todo aficionado -y uno que otro forastero- sabe o ha leído ya con respecto a él: estuvo chingonsísimo, y es que de entre toda la discografía de los irlandeses más queridos en este país mi álbum emblema es Joshua Tree, precisamente el disco que a treinta años de su lanzamiento fue megalomaniacamente homenajeado a todo lo largo y sobre todo a todo lo ancho del Foro Sol, cómo debería ser.

Casi para terminar el set list de la fecha a la que asistí (gracias por cierto a la generosidad de uno de mis hermanos, quien prácticamente cada vez que U2 ha tocado este suelo nos ha permitido al menor de la dinastía Limón y a este seguro servidor caerle de gorra al Foro Sol, el Estadio Azteca y nuevamente a la arena ubicada en la Granjas México sin pedir a cambio ni un esquite), el grupo hizo un espacio entre el arsenal de éxitos con que nos hizo llorar, brincar y aplaudir para mostrarnos a sus seguidores su más reciente sencillo, You are the best thing about me, canción que formará parte de Songs of Experience, décimo cuarto álbum de la banda que deberá salir a la venta antes de que termine el año.

La rola me pareció horrorosa, no otra cosa más que una machacona melodía pop que evidencia -desde mi perspectiva que trata, lo juro, de ser objetiva más allá de su irremediable envidia de clase- que cuando el dinero a montones ha entrado por la puerta al rock no le queda de otra más que lanzarse por la ventana. Me he considerado uno de esos fundamentalistas de la furia que no le podría perdonar a los integrantes de una de sus bandas favoritas que ahora ya nada los atormente (por lo menos públicamente) y que su vida transcurra sólo entre lujos y comodidades. Debo repetir que digo esto sin atisbo alguno de resentimiento ante el hecho de que el Señor no me haya permitido nacer en la Irlanda de principios de los años sesenta, gustar del rock inglés y el punk estadunidense y haber asistido a la Mount Temple High School para haber hecho caso a cierto letrero colocado entre los avisos colegiales, lo cual me hubiera llevado a pertenecer a una agrupación que tan sólo con esta gira reciente se ha embolsado hasta el momento unos 125 millones de dólares.

Pero el destino tiene sus mañas. Y el pop también. Hace apenas unos días, viajando a una de esas extrañas horas en las que el metrobús resulta un sistema de transporte público no sólo eficaz, sino hasta disfrutable, me tocó mirar el video que acompaña la canción en una de las pantallas colocadas dentro de la unidad. Sería el sereno, la mañana o mi buen humor, el caso es que la rola ya no me pareció tan mala. La misma mañana, al entrar a un café, You are the best thing about me era el sencillo que sonaba a todo volumen. Salí de ahí con dos cosas: un latte con deslactosada y la canción pegada. El jueves al mediodía escuché de nuevo el sencillo como parte de la programación de una de las estaciones de radio en que colaboro. Al regresar a mi hogar (nuevamente en metrobus, esta vez en un horario donde ese sistema de transporte no resulta eficaz y mucho menos disfrutable) la maldita/bendita canción, tan pegajosa ella, ya era de mis favoritas y tararearla me salvó de sentir que moría enmedio de una multitud que, a juzgar por su rostro colectivo, no ha sido jamás seguidora de U2.

No tengo idea que me ha pasado, o que le pasó a mi banda querida. Quizá ellos le están apostando más que nunca a la mercadotecnia, pero quizá yo abrí mi ánimo a una canción optimista. Los irlandeses pueden estar metiéndole más calculadoras que corazón a su obra reciente o quizá es sólo que mi vida está a la altura necesaria para recibir una canción de amor que hacia el final manifiesta un despreocupado desencanto.

Quién sabe, pero debo decir que ese Paul Hewson no ha perdido el toque: después de todo una composición que entre sus frases suelta verdades como “Ya has visto tanto como para saber que son los niños quienes enseñan”, “Me he estado quejando de lo malo que puede ser un buen momento” y “No existe ningún riesgo para un hombre que está determinado a fallar”, más allá de los millones de dólares que reporte en ganancias merece ser considerada una buena canción. No sé qué tanto habrá cambiado U2 en todo este tiempo, pero la esencia de lo que quieren compartirme sigue llegándome al corazón, aunque esta vez se haya tomado su tiempo para hacerlo. Es una confesión de fan.

Los dejo para irme tarareando. Caray: qué actitud tan más rock puede tener dentro suyo el mejor pop.

 

@elimonpartido     

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