Como hilo de media

Escandaliza saber sobre tantos (tantísimos) casos de acoso sexual en la industria cinematográfica estadounidense, pero a la vez esa clase de notas pican la curiosidad: ¿hasta dónde llegará el rastro?

En Hollywood pueden pagarte mil dólares por un beso, pero sólo cincuenta centavos por tu alma.

Marilyn Monroe

 

Ahora también Dustin Hoffman. Pero antes Kevin Spacey, Harvey Weinstein, Bill Cosby -quien de forma inexplicable sigue impune, independientemente de la anulación del juicio en su contra el pasado junio, ante la imposibilidad de un veredicto unánime por parte del jurado, hecho que no lo exime de las acusaciones en su contra-, Woody Allen (a quien nunca se le ha comprobado que hizo lo que sus hijos, sí, sus hijos, dicen que hizo) y si le seguimos así, seguramente hasta el mismísimo fundador de Hollywood. Escandaliza saber sobre tantos (tantísimos) casos de acoso sexual en la industria cinematográfica estadounidense, pero a la vez esa clase de notas pican la curiosidad: ¿hasta dónde llegará el rastro? Más ¿eso sólo ha pasado en Hollywood? ¿Nuestro país, tan poco dado a la protección a poderosos y al ejercicio de la más absoluta impunidad se encontrará libre de toda mancha? La respuesta, evidente, previsible, no puede ser otra: lo dudo.

Para un acosador que además de serlo se sabe un hombre poderoso, atacar sexualmente a otros seres humanos es, entre otras perversiones, confirmación de virilidad (una virilidad entendida en muy retorcidos términos, por supuesto) y ominosa ratificación justamente de su poder. El poder que le permite impunidad y, además, la posibilidad de eternizar su conducta acosadora en tanto las condiciones “favorables” alrededor persistan. En el caso de todas las figuras señaladas, ha bastado una sola denuncia para que el escándalo se siga, al igual que dice la frase, como hilo de media. No deja de resultar curioso que haya quien desestime las acusaciones debido al tiempo transcurrido entre el momento de los hechos y el tardío instante en el que se han dado a conocer. Resulta penoso asumirlo, pero la condición de la víctima resulta de muy difícil comprensión para muchos.

En su libro “Del piropo al desencanto”, publicado por la UAM en el año 2009, la socióloga Patricia Gaytán escribe acerca del acoso. “El término acoso sexual (sexual harassment) surgió en Estados Unidos en la segunda mitad de la década de los setenta (1978), en el contexto de las primeras acciones promovidas por las feministas encaminadas a normar los abusos sufridos por las mujeres en sus centros de trabajo. De acuerdo con Catherine Mackinnon (feminista y abogada estadunidense), las mujeres no tenían un nombre para referirse a estas experiencias que tienen una historia previa a la de la existencia del concepto. De esta forma y con el objeto de lograr una tipificación jurídica, las definiciones pioneras en la literatura del acoso sexual fueron las siguientes: “Conductas masculinas que no son solicitadas ni recíprocas, que reafirman el rol sexual de la mujer por encima de su función como trabajadora. Estas conductas pueden ser alguna o todas las siguientes: miradas insistentes, comentarios o tocamientos en el cuerpo de una mujer; solicitar el consentimiento de alguien para comprometerse en una conducta sexual; proposiciones de citas que no son bienvenidas; peticiones de tener relaciones sexuales; y la violación”.

Más adelante, Gaytán añade: “No obstante, estas definiciones no han sido del todo satisfactorias para comprender la gran variedad de situaciones en que se presenta el acoso sexual, ni lo suficientemente claras para constituirse en una base común de los distintos estudios y legislaciones”. Ante la variedad de casos, y la alarmante multitud de formas en que el acoso se presenta, el sentido común llama a reafirmar la validez en los testimonios de las víctimas con base en un hecho central: nadie se declara víctima de acoso o violación de forma gratuita y, por otra parte, si estoy siendo atacado por un tipo mucho más poderoso que yo, está en chino defenderse o denunciar. O estaba. Los tiempos al respecto -como diría el gran Dylan- están cambiando, indudablemente.

Queda preguntarse ¿será que sólo es la de Hollywood la única industria del entretenimiento infestada de esos crímenes?

 

@elimonpartido

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