Pedro Infante no ha muerto

"¿Pedro? Soy yo, Pedro, Juan Carlos, a quien le dijiste el otro día que en realidad tú eras el mero mero Pedro Infante. Que te retiraste porque estabas harto de la fama y porque aquello de cantar todos los días sinceramente ya te había cansado".

Para el Maestro Sergio Ramírez. Tipazo a quien sé le gustan estas músicas.

 

Fue cuando cursaba los últimos semestres de la carrera en la Facultad de Artes y Diseño (antes se llamaba Escuela Nacional de Artes Plásticas, pero un Dios bueno, y los estudios de posgrado, quisieron que le cambiaran aquel nombre horroroso): “Pedro Infante sigue vivo, les juro que yo lo vi. Está muy flaco y siempre anda en pijama, pero sigue cantando bien chingón”, nos dijo el Archie, compañero que además de haber conquistado a dos de las más bonitas diseñadoras gráficas de nuestra generación, lucía encendida cabellera pelirroja, aunque nunca le conocimos mayor destreza con la guitarra.

Aquello parecía cuento sacado de la experimentación con drogas blandas, muy blandas, que llevábamos incipientemente a cabo en esa época. “Vamos al asilo en el que se encuentra, verán que sí es. Sirve que nos cuenta su historia y de paso nos llevamos la cámara y aprovechamos para hacer el trabajo final de Taller de Televisión. No sólo vamos a quedar exentos sino que además pasaremos a la historia”.

Quien sabe cómo, o porqué, le creímos. Allá fuimos todos, rumbo a uno de los pueblos de Xochimilco, a entrevistar a Pedro Infante. Debo aclarar que cuando me refiero a “todos”, en realidad estoy hablando de quienes eran los cinco integrantes de mi equipo. Un grupo de no tan talentosos estudiantes que en la penúltima entrega de aquella materia (taller de televisión, ni cómo olvidar) habían festejado al sonoro y universal grito de “¡Eeeeeehh!” (a secas, sin el “puto” que llegaría hasta el siglo XXI) que se fuera la luz en la escuela antes de que nuestro trabajo, un “noticiero” horroroso que habíamos grabado en casa de uno de ellos, se deslizara por la videocasettera VHS propiedad de la facultad. Para nuestra desgracia, el maestro de televisión se llevó los trabajos que quedaban pendientes a su casa, donde sí hubo luz, y al día siguiente nos espetó con la frialdad de una pantalla de rayos catódicos: “el noticiero que crearon es espantoso. Sus gráficos, el montaje, hasta las notas que usaron me deprimieron. Va estar muy difícil que pasen la materia si para la entrega final no se les ocurre presentarme algo espectacular”. Espectacular, sí. Por eso íbamos avanzando por entre la maleza de Xochimilco rumbo al asilo en el que el Archie decía haber visto, vivito y cantando, a Pedro Infante.

Al Archie no se le daba bien eso de contar historias coherentes. En la fiesta dentro de la escuela, hecha para celebrar el fin del semestre anterior, se había hecho un nudo discutiendo contra un amigo igual de borracho que él sobre el origen de los colores, y no era un tipo acostumbrado a contrastar opiniones: se fue directo a los golpes y aquel festejo, para ellos, terminó en la dirección, donde a ambos los amenazaron con expulsarlos de la carrera. Pero por cada Archie incoherente que hay en el mundo siempre habrá un grupo de crédulos desesperados, dispuestos a todo, hasta entrevistar a Pedro Infante, con tal de pasar una materia.

Llegamos a las puertas del lugar. “Aquí es”, anunció el Archie con la misma suficiencia con la que el Capitán Cook debe haberse dirigido a sus desfallecidos expedicionarios. “En cuanto se eche la del Gavilán Pollero van a ver que es cierto, que no se murió en aquel avionazo y que siempre se arrepiente del retiro y está planeando volver”.

“Jesús Ignacio Infante, es ese de la cama de allá, pero anoche le dio otro infarto. Ya está muy grande, ya ni va querer hablar”. Nos dijo el enfermero que, convencido por su desgano, o por el Archie, de que éramos sus nietos (en realidad, era Archie el nieto de un hombre que antes había estado en ese lugar) obvió trámites y nos hizo pasar hasta la habitación junto al jardín que ocupaba el héroe de la vida nacional, caído en desgracia por quién sabe qué sucias maneras de la vida, que le había quitado todo.

“¿Pedro? Soy yo, Pedro, Juan Carlos, a quien le dijiste el otro día que en realidad tú eras el mero mero Pedro Infante. Que te retiraste porque estabas harto de la fama y porque aquello de cantar todos los días sinceramente ya te había cansado. Que te querías dedicar a piloto pero ya sin el peso de la fama, que por eso te rasuraste, por eso te quitaste junto con el bigote el cabello y hasta dejaste de cantar por décadas, para que nadie te reconociera. Pero yo sí sé que tú eres, Pedrito, tú eres, me dijiste y hasta traje unos amigos aquí para que te entrevisten y sacarte ya del anonimato. Canta Pedrito, canta, para que ellos me crean”. A lo largo de la tarde, inútiles fueron los esfuerzos para lograr que Pedro Infante volviera del todo a la vida. Un par de ojos grises, que en otros tiempos deben haberse visto así de negros como los buenos trajes de charro, nada más nos miraban a unos y a otros mientras de a rato sonreían, pareciendo distinguir por entre las palabras del Archie algunas anécdotas mentirosas, provenientes de los felices tiempos en los que —el enfermero harto nos aclaró después, antes de corrernos del asilo—, Don Jesús Ignacio se dedicaba a imitar a Pedro Infante en bares de mala muerte situados por todo lo ancho de la República.

Recogimos nuestras cosas. Maldita sea la reconstrucción y la credulidad. Reprobamos estrepitosamente Taller de Televisión (que en mi caso, tuve que pasar en extraordinario), Archie salió de la escuela antes del tiempo en que debíamos titularnos y al resto de los compañeros de mi equipo no los volví a ver. Hace poco me contaron que sólo uno de ellos se dedica al diseño gráfico.

Aquella tarde, cuando el sol caía mientras íbamos saliendo hacia la avenida polvosa que fuera del asilo hacía las veces de calle, alcanzamos a escuchar un canto que logró hacernos voltear: “Se llevó mi polla el gávilan pollero, la pollita que más quiero, que me sirva la otra copa cantinero, sin mi pollita yo me muero”.

“Ese Don Jesús es grande”, dijo sonriendo el enfermero antes de cerrar. “Aún se acuerda de algunas canciones y cuando quién sabe qué se le prende en el pecho, todavía le gusta cantar. Oigan nomás qué vozarrón”.

Hay historias que ni contadas años después se acomodan. Y hay ídolos a los que conviene nunca dejar descansar.

 

@elimonpartido

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