La noche en un hospital

Nada más que la búsqueda de la salud perdida lo obliga a uno a pasar la noche en el interior de un hospital.

Dentro de los hospitales se escuchan oraciones más sinceras

 que en las iglesias.

— Anónimo

 

Nada lo obliga a uno a pasar la noche dentro de un hospital. Nada salvo la enfermedad propia o la de alguien cercano. O el accidente propio o de alguien cercano. Así pues, nada más que la búsqueda de la salud perdida lo obliga a uno a pasar la noche en el interior de un hospital.

En mi caso, la cosa ha tenido que ver con mi padre, ochentón, que quiso ir al baño e insistió en hacerlo solo y ya se sabe: un ochentón solo dentro del baño de su departamento está expuesto a más peligros que un niño a punto de cruzar una ancha avenida. Mi padre sufrió una caída y el golpe seco contra la pared de la regadera fue a dar directamente al lado izquierdo de su cráneo. El resultado ha sido un hematoma. Ligero, que va evolucionando. Mejorará, nos dicen los especialistas, pero hay que esperar.

Es curioso. Me siento algo extraño cuando escribo “hay que esperar”, pues ha pasado mucho tiempo -el que arrancó desde que mis padres comenzaron a envejecer y debido al cual cada determinado lapso mis hermanos y yo nos vemos forzados a entrar en modo hospital- desde que figuré por primera vez la imagen de un proceso de urgencia médica cual si fuera una especie de sistema solar, donde a partir de la enfermedad o el accidente súbitamente todo pierde su velocidad normal para  acostumbrarse a girar lentamente alrededor de la palabra “paciencia”. Mi padre hoy es un paciente. Yo me encuentro en una sala de espera. Mi padre aguarda mientras trata de recuperarse. Yo espero los resultados de los análisis que prometió traer el doctor. Este es el sistema solar en que reina la paciencia, donde todo tiene un lugar y un nombre y donde todo va desfilando frente a uno a velocidad de cicatrización profunda.

Son curiosas las cosas que mira uno en el interior de un hospital: primero está el frío, que justo para esta noche se anuncia bajará hasta un grado y cuyo soplo gélido entra como vapor construido con hielo microscópico cada vez que alguien abre desde esta sala de espera la puerta que da a la calle. También miro a un niño que finge dormir en brazos de su madre mientras ella reza alguna oración de esas infantiles que por alguna razón aquí suenan más ingenuas. Ángel de la guarda, si fuera dulce tu compañía, no me vería desamparado la noche de este día.

Sala de espera. Historias que giran alrededor de la paciencia. Allá están los familiares de alguien que por lo visto va recuperándose, pues sonríen nada más recibir a la mujer (¿hermana?, ¿tía?, ¿sobrina?) que sale del área de visita a su paciente con ambas manos colocadas sobre el pecho y el semblante tranquilo. Todos ellos tienen cara de que ya pronto se irán de aquí. Más allá está un hombre solo que lleva la madrugada entera intentando hallar un lugar donde no sea tortuoso sentarse para tratar de dormir. El hombre, solo ¿a quién espera? ¿Quién se le perdió dentro de las fauces del universo de la paciencia?

Cabeceo. Hace frío. Los policías que resguardan el área que divide urgencias de la sala de espera matan el tiempo jugando timbiriche y despertando, cada treinta o cuarenta minutos, a los sobresaltados familiares de todos los pacientes usando un interfón horrendo que, cada vez que se le oprime un botón mohoso difunde, con ese clásico ruido metalizado de micrófono inservible, algo que en idioma klingon quizá quiera decir “ol fomilior de Mogdolono Rodríguez, se le solicito on rosopción”.

Es la noche dentro de un hospital. Todos peleando una batalla personal.

Esta noche escribo desde el interior de un hospital helado. Paciencia. Seguramente la semana entrante este escrito quedará mejor. Cuando ya no tenga que esperar dentro de un hospital. Cuando lejos de aquí todos los miedos hayan apagado su voz.

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