Frío

Existe una materia fina que permite hablar sobre el invierno como una estación original: según todos los apuntes científicos sobre nuestro planeta, antes de que arribara el calor que hoy disfrutamos lo primero que percibimos fue el frío, por mucho, mucho tiempo.

Me voy a enamorar del frío, a ver si así también se va.

Anónimo

 

Hace mucho frío. Lo dice el rostro de todos nuestros conocidos, e incluso de todos nuestros desconocidos (que son bastantes): hace muchísimo frío.

En toda su sabiduría post-Police, Sting se permitió grabar, en 2009, un disco hermoso dedicado a interpretar la temporada pensando en el invierno, no en la navidad. El disco se titula If on a Winter’s Night… y su track list -que va de títulos como “Cold Song” y “The Snow It Melts the Soonest” a “Now Winter Comes Slowly” y “The Hounds of Winter”- implica un viaje reflexivo sobre el elegante significado que encierra el invierno en su mesurada potencia bajo cero, misma que contrasta con la destellante brillantez de la primavera.

Existe una materia fina que permite hablar sobre el invierno como una estación original: según todos los apuntes científicos sobre nuestro planeta, antes de que arribara el calor que hoy disfrutamos lo primero que percibimos fue el frío, por mucho, mucho tiempo. Infancia es destino y hoy sabemos que en el inicio de nuestro tiempo, cuando éramos una especie recién estrenada en su fase homo-sapiens, los primeros seres humanos vivieron y sobrevivieron bajo la, hasta el momento, última glaciación sobre el planeta que se produjo, ya con nosotros pisando la nieve, hace unos 110,000 años. Vamos, que no nacimos dentro de lo cálido: nuestro camino comenzó a andarse desde el frío.

Horacio Franco -el mejor flautista de México- ha declarado en diversas ocasiones que la importancia de Las Cuatro Estaciones, el grandioso grupo de conciertos compuesto por quienes todos sabemos en 1721 no radica en la obertura de la primavera, sino en el contenido y poderoso final del invierno, que implica una reflexión sobre el sentido de la vida. Horacio habla de que la música de la alegría y la productividad que reflejan las primeras estaciones se vuelve cada vez más seria conforme se aproximan las notas del invierno, tiempo de la composición en la que lo que se busca expresar es, entre otras cosas, el temple humano que ineludiblemente debe resignarse a acumular todo su conocimiento y experiencia en espera de la inevitable despedida final.

A ese respecto, creo recordar que fue Leonard Cohen (aunque podría estar equivocado) quien escribió alguna vez que todos tendremos nuestra primavera, que viviremos nuestro verano y cursaremos nuestro otoño para, finalmente, prepararnos para vivir un invierno eterno. Suena descorazonador, pero así es. Se trata, en todo caso, de reflexiones sobre el frío que, en términos totales, antecede el renacimiento primaveral pero que, en nuestra percepción cotidiana, lo pone a uno pensativo mientras se frota las manos enguantadas.

El frío. Del hombre que sale malhumorado camino al trabajo mientras lo padece, al niño que halla divertido lanzar su vaho por el camino. Símbolo congelado que ha puesto a tipos como Tolstói a escribir obras como “La tormenta de nieve”, o a gringos imaginativos como Jerry Siegel -creador junto con Joe Shuster de Superman- a ubicar a su heroico personaje como dueño de sus únicos momentos de auténtica privacía sólo en el Polo Norte, el lugar idóneo para construir La Fortaleza de la Soledad. Frío. De la melodía donde Jack White pide a una mujer que le ayude a exorcisar la cold, cold, night a la canción en la que alguien (con dermis gruesa) dice sentir una mano fría sobre su piel. En suma, que sabemos que hace mucho frío. Lo dice el rostro de nuestros conocidos, e incluso de todos nuestros desconocidos, que son bastantes: hace muchísimo frío.

Y yo aquí, sin poder escribir nada. Porque nada puede escribirse cuando uno tiene las ideas congeladas y cuando las letras que salen, todas, tiritan de frío.

 

@elimonpartido

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