Contagios

La posibilidad de que el mal ajeno se inocule en nuestro organismo y enturbie nuestra salud equivale a la peor pesadilla. "Nada mata más que el miedo de morir", frase llena de razón, pero para nosotros los maníacos la verdad respecto a la salud se inscribe en el dicho: “sí, soy hipocondríaco, pero estoy enfermo”.

La experiencia es la enfermedad que ofrece el menor peligro de contagio.

— Oliverio Girondo

La vida se nos va mientras nos cuidamos de no morir (amanecí iluminado y por eso estoy descubriendo hoy el hilo negro). Aprender a cruzar las calles, cuidarnos de introducir los dedos en contactos eléctricos, comer racionalmente, hidratarnos. Nadie quiere morir a causa de un sabotaje personal y quienes quieren hacerlo no lo anuncian: simplemente buscan morirse y se mueren y ya, como diría Sabines. El resto vamos por la vida cuidándonos de que el que empieza no sea el día en el que va a pasar lo que de todos modos sabemos que un día ha de pasarnos.

Lo peor son los contagios. La posibilidad de que el mal ajeno se inocule en nuestro bien personal -que es la salud, obviamente- y lo enturbie, asignando a cada célula un porcentaje de padecimiento equivale a la peor pesadilla sistémica. He sido testigo de fiestas que se vaciaron cuando alguien enteró al resto de los invitados que su abuela hospitalizada padecía una rara infección parecida a la viruela y no hace mucho tiempo el vagón en que viajaba perdió varios pasajeros que prefirieron bajarse ante las estentóreas y continuas toses de un tipo con portafolios que se veía bastante mal, más allá de su lastimosa condición de empleado.

Alguna vez escuché una canción hermosa que decía que nada mata más que el miedo de morir. La letra tiene razón, pero es cierto que para nosotros los maníacos la profunda verdad con respecto a la salud se inscribe toda en la frase que alguna vez, harto de pedir por un médico, gritó José Luis Cuevas a su exhausta familia: “sí, soy hipocondríaco, pero estoy enfermo”.

Sin embargo, existe una rara comunidad de seres humanos para quienes la enfermedad -aún la grave- no representa ninguna amenaza ni provoca -esto es lo mejor, lo envidiablemente mejor- ningún miedo. Personajes que pese a padecer infecciones o ataques virulentos que a otros nos tumbarían en la cama, no hacen más que pensar en los planes importantes que quieren realizar y, gracias a esa especie de faro liberador que los ayuda a cruzar con entereza el mar de las dolencias, enfrentan la enfermedad como si no les pasara nada, aunque efectivamente les esté pasando de todo. Fue el caso de un estimado amigo, uno de los músicos clásicos refulgentes del país, quien resistió una feroz hepatitis sin cancelar el concierto que, a prudentísima distancia del público, ofreció sudoroso hace varios años en una gran plaza de provincia, antes de regresar por carretera aquella misma noche soportando convulsiones. Nadie creería que el baterista de una de las cantantes ícono del movimiento punk mexicano se subió a tocar -la importantísima noche en que ella y la banda presentaban uno de sus discos emblema- intoxicado por consumo de camarones, como si la fiebre y las ronchas rosadas no habitaran todo su cuerpo, sin perder a lo largo del concierto el brío que, al filo de la madrugada, reposando en el camerino antes del consabido after, finalmente cedió obligando a aquel baterista a irse a su casa a dormir por todo el fin de semana.

Dicen que de cien enfermedades, noventa las provoca el miedo.

Antenoche asistí al concierto que, frente a una sala repleta, ofreció un entrañable amigo. Un par de días antes del show, me enteré por su manager y posteriormente por él mismo, que había pasado un fin de semana de pesadilla debido a una delicadísima enfermedad respiratoria que, particularmente en los primeros días de incubación “puede ser muy contagiosa”. Lo de “delicadísima” me preocupó menos que lo de “muy contagiosa”, así que las horas antes de acudir al recital se me fueron debatiendo con mi pareja la pertinencia de ir. Finalmente acordamos hacerlo, pero sólo bajo la promesa de entregar nuestro cariño al amigo convaleciente vía felicitaciones proferidas de lejitos. Fallamos. Nada más entrar a la sala previo al concierto, nos fundimos con él en un brevísimo abrazo cruzado con tapabocas que sin embargo, minutos más tarde y ya sentados en nuestras butacas, había encendido en mí todas las paranoias hasta que recordé que estábamos vacunados.

Disfrutamos mucho el concierto. Mientras desfilaban las canciones, fui recordando con admiración a los otros artistas que me ha tocado conocer y que en algún punto han hecho lo suyo por encima de la enfermedad. Seres humanos únicos cuya fortaleza no hay que dudar en imitar.

Hoy leo en el periódico Reforma una nota cuya cabeza dice contundente: “Repunta influenza: sospechan de vacuna” y a mí nada más me dan ganas de quedarme en casa, encerrado tras las cobijas, percibiendo cómo un maldito virus, uno de esos que no logra doblegar el ánimo de los chingones, se chinga mi arrojo haciéndome estornudar gotitas hacia los muros de mi recámara aterrada. A esta hora, no sé si los virus avanzan soltando velas, aplastando las defensas por mis venas en realidad o todo se trata de una ficción. Una virulenta, acatarrada, fluida ficción.

Achú. Ay, Dios.

Soy hipocondríaco, pero ¿estaré enfermo?

 

@elimonpartido

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