Síndrome de Stendhal

Me pregunto cuándo viviré -si he de vivir- mi Síndrome de Stendhal. En qué momento llegaré a mi Florencia. Cuándo miraré un viñedo, coronado por una cinta ancha de azul inmenso.

“Las grandes almas pasan inadvertidas”.

Stendhal

Stendhal (escritor francés, que en realidad se llamaba Henri Beyle) quería conocer Florencia. No sólo quería visitar aquella ciudad italiana: lo anhelaba. La idea de apreciar sus obras de arte, caminar por las hermosas calles y admirar los árboles que pueblan los jardínes de Boboli le obsesionaba. Cumplió su sueño: hacia 1815, cuando el autor contaba poco más de treinta años de edad, radicó por un breve periodo en Milán y gracias a ello pudo finalmente desplazarse a la ciudad que poblaba su subconciente. Una vez en Florencia, contemplando con asombro la belleza que le habían descrito, el autor constató con la boca abierta que esta era aún más intensa que todo lo que había imaginado. Ante sus ojos, Florencia se reveló un sol de belleza, dos constelaciones de belleza. Un universo entero retacado en olas de belleza. Sus sentidos colapsaron. Stendhal “se fue a negros” me dice Armando Vega-Gil, ilustre guacarroquero nacional quien camino al metro me comparte esta historia. La de un hombre que contemplando una auténtica cascada de hermosura no puede procesar su gozo estético y sencillamente se desmaya, incapaz por completo de expresar su gozo.

Desde entonces, esa sensación (que el escritor describe en su libro “Roma, Nápoles y Florencia”, publicado en 1817) es conocida como Síndrome de Stendhal.

Hace algunos años, Armando -quien por cierto, le ha un buon sapore al italiano- visitó Florencia en compañía de su amigo Atahualpa y de la esposa de aquel, italiana de nacimiento. Conoció los jardínes de Boboli. Miró sus tilos (una especie de árbol frondoso, de verdor intenso, cuyas hojas vueltas té, entre otras propiedades, poseen la de quitar el insomnio), se maravilló con los cipreses del lugar y, al subir a una pequeña terraza que permitía apreciar un generoso trozo de la ciudad, alcanzó a contemplar una elevación montañosa puesta ahí al fondo por alguna fortuna misteriosa… además un viñedo, acompañado por una casita encantadora. Arriba, el cielo de un azul tremendo. Armando me describe lo que sintió en ese momento como una mezcla de euforia infinita y tristeza brutal: su propio Síndrome de Stendhal. Un llanto que duró dos horas. Una alegría melancólica cuyo poder ha cruzado los días.

Nos despedimos con un abrazo. Mientras Armando camina hacia el subterráneo, yo me pregunto en la superficie cuándo viviré -si he de vivir- mi Síndrome de Stendhal. En qué momento llegaré a mi Florencia. Cuándo miraré un viñedo, coronado por una cinta ancha de azul inmenso.

Camino hacia mi casa, mirando de a ratos todas las borlas que dejan las nubes en el cielo. Concluyo que, como todos, traigo viajando conmigo un Síndrome de Stendhal dormido.

Algún día ha de llegar la belleza, a despertarlo desde adentro.

 

@elimonpartido

Close
Comentarios