Verde comprensión

Señores odiadores de la mariguana, hoy quiero decirles que aunque formalmente no estoy de acuerdo con su furia, sí creo comprender de alguna manera el centro de su indignación: la mariguana quemada en cantidades industriales por supuesto puede ser muy molesta, como el caso del tabaco.

No me gusta ese hombre. Tengo que llegar a conocerlo mejor.

Abraham Lincoln.

Cada vez que esta columna ha dedicado sus esfuerzos (qué giro más dramático ¿verdad?, escribir “sus esfuerzos” equivale a conferir a este contenido las alturas de un tratado histórico, revestido de total seriedad) para hablar de legalización de la mariguana, invariablemente aparecen un par de lectores -quiero pensar que se trata de lectores- despotricando en contra de la despenalización de plantita tan querida y sagrada.

Prácticamente en todos los casos, el centro de su argumentación en contra se encuentra construido por frases derivadas del olor a mariguana, más que de sus efectos: “por mis rumbos todo el día apesta a la dichosa mariguana”, “los viciosos se la pasan todo el día humeando las calles de mi zona con su cochina mota”. Señores odiadores de la mariguana, hoy quiero decirles que aunque formalmente no estoy de acuerdo con su furia, sí creo comprender de alguna manera el centro de su indignación: la mariguana quemada en cantidades industriales por supuesto puede ser muy molesta, como el caso del tabaco, que cuando concentra sus humos incomoda cualquier fibra respiratoria, a menos que la misma se encuentre acostumbrada a tal nivel de incendio.

Digo esto porque participar en la Marcha Pro Liberación de la Mariguana en México de la semana pasada me dejó dos enseñanzas: 1. Como en el caso de otras drogas, existen ciudadanos que sólo viven para consumir, sin dedicar el impulso que a las neuronas puede dar el tetrahidrocannabinol a ninguna otra cosa más que a encender el siguiente churro y 2. Los pachecos podemos ser desorganizadamente fiesteros, cosa de ver que la marcha, que originalmente debía salir de La Alameda en medio de densas nubecitas en punto de las 16:20 h, lo hizo -me consta- hasta las 17:10 y en un primer momento se dispersó confundida en dos frentes, uno que se dirigía, como estaba planeado, rumbo al Ángel, y otro más que por alguna razón inexplicable se encaminaba hacia el Zócalo hasta que, sonrisas atarantadas de por medio, fue convencido de unirse al primer bando que hizo suyo Reforma entre música y mucha, muchísima mariguana. La singular marcha de los pachecos.

Pensé mucho en mis lectores odiadores la tarde del sábado pasado, pues es muy probable que el único tipo de consumidor con el que les haya tocado convivir durante todo este tiempo sea el fumetas incansable que sólo se dedica a quemar y quemar… por cierto en ejercicio pleno de sus libertades, tal como un improductivo fanático de la bebida o un desocupado consumidor de cigarrillos.

La de la semana pasada fue una marcha divertida y diversa: a la par de Pachecazos de Primerísima División que traían encendidos marros gigantescos que parecían tubería de reposición, había sectores de consumidores “tranquilos”, digamos, o fresas que sólo dimos un jaloncito (¿o serían dos?, ¿cinco?) para disfrutar del subversivo acto de fumar en la calle, a la vista de todos, en el ejercicio pleno de una libertad humana que determina, con todas las de la la ley -que aún no nos favorece- que estamos en nuestro derecho de consumir la plantita que nos gusta para después continuar con nuestra labor o tumbarnos plácidamente al sol para no hacer nada, tal como quien se ha chutado algunas cervezas o consumido un paquete de cigarros entero.

Lectores odiadores de la mariguana: si a uno no le gusta, comprendo que sí que debe ser muy incómodo percibir su olorosa presencia todo el día, pero puedo asegurarles que si bien es cierto que no todos los consumidores poseemos la brillantez productiva de Carl Sagan o Agustín Lara, también es cierto que no todos merecemos ser etiquetados como si fuéramos la versión chafodonga (chafa y fodonga, pues) de Snoop Dogg.

Carriles laterales

  • Estoy leyendo “Una novela criminal”, el extenso trabajo con el que Jorge Volpi ganó este año el Premio Alfaguara de Novela. Extraída directamente de la realidad, la narrativa sobre la que avanza la historia que nos muestra Volpi indigna y desconcierta: el relato pormenorizado de todo el caso Florence Cassez, mostrado en “Una novela criminal” con rigor y disciplina, lo deja a uno asombrado como lector y enfurecido como ciudadano ¿cómo es posible que funcionarios como Genaro García Luna hayan mantenido y manejado con tal torpeza el nivel de responsabilidad que un gobierno les fijó? ¿algún día llegaremos a saber si Cassez era efectivamente culpable o una inocente víctima de las circunstancias? Volpi expone todo ahí y de alguna manera invita al lector a sacar sus propias conclusiones. Su Novela Criminal, basada toda, reitero, en hechos reales, supone la confirmación de un hecho irritante: hemos vivido gobernados por ineptos.

Y eso que aún no termino la lectura.

  • Regresé de la Feria del Libro de León leyendo en el camino “Cuba sin Fidel”, de Julio Patán. Un verdadero arsenal, perfectamente documentado, de desilusiones. Si a uno le gustó en la primera juventud Silvio Rodríguez, con este libro el del Unicornio Azul extraviado se muestra tipo convenenciero y, digamos, poco revolucionario, por decir lo menos. Si uno lloró en las marchas a favor de la Revolución Cubana, con este libro se siente un poco avergonzado de haber dedicado la energía de sus veintes a impulsar un régimen que con el tiempo devino autoritaritarismo bestial. Pines con la bandera cubana, con el logo de los Comités de Defensa de la Revolución o con la mítica imagen de la isla deben, todos, ser tirados a la basura: Patán hace un recuento feroz de todas las viejas fallas que cometió la tierra en la que debía haber nacido el hombre nuevo y emplea para ello dos armas que se le dan muy bien, el humor y la inteligencia. Discurso desencantado, crónica de muros descarapelados como los que se miran en La Habana, disfruté “Cuba sin Fidel” con un poco de melancolía y otro poco de una necedad romántica: ni todas las críticas vertidas en el libro han conseguido que deje de admirar la figura, para mí aún brillante y emblemática, del Che.

Todo lo demás, ni hablar, cerrando el texto rodó por el suelo.

 

@elimonpartido

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