Legalización latinoamericana

Qué mundo raro este en el que quienes compran las drogas exigen a quienes las producen que también las persigan.

“¿A quién le conviene la legalización de la droga? ¡A América Latina y el Caribe, por Dios! Porque la ilegalidad es lo que está matando a la gente”.

Alicia Bárcena.

 

Ante el Foro relacionado con América Latina y el Caribe de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) en París, Alicia Bárcena, Secretaria Ejecutiva de la CEPAL (La Comisión Económica para América Latina y el Caribe), ha emitido la que quizá constituya la más directa aseveración respecto a la necesidad de mirar el inmenso problema del narcotráfico desde la óptica de la aplicación de soluciones alternativas: es necesario legalizar las drogas.

Bárcena (quien se mantiene como propuesta de Andrés Manuel López Obrador para ocupar la embajada de México ante la ONU, en caso de que el 52 % de preferencia ante los electores que la encuesta de Reforma le adjudicó el miércoles pasado signifique que será Presidente), ha puesto de relieve un asunto central para enriquecer los argumentos a favor de la legalización de todas las sustancias: (la región) “tiene la madurez suficiente para buscar sus propios caminos y construir instituciones más apegadas a nuestras realidades, porque estamos adhiriéndonos a estándares que provienen de otros contextos (…) estamos copiando modelos institucionales de realidades que no son iguales”.

En el contexto que habla de una importante zona tercermundista del planeta que además de producirlas tiene décadas persiguiéndolas para hacerle el juego (extrañísimo) a diversos países que además de ser entusiastas consumidores son también quienes integran la franja primermundista, hablar de drogas implicando la noción de que nos hemos emparentado a un estándar que proviene de una realidad distinta ayuda a clarificar las cosas y exponer el enredo: qué mundo raro este en el que quienes las compran exigen a quienes las producen que también las persigan. Es como el chocolatero medio pobretón al que el tipo millonario encantado con las golosinas le exige mantener la tienda cerrada a piedra y lodo, pero sigue pidiéndole que le ofrezca sus productos por la puerta de atrás. Si el chocolatero abre el establecimiento habrá una golpiza, pero si sigue ofreciendo su producto de manera clandestina, el consumidor seguirá fingiendo que no lo compra con fruición. Es momento de cambiar la (i)lógica imperante y hacer que triunfe el sentido común. Que la chocolatería abra sus puertas sin que su propia legislación se lo prohíba, y que sea responsabilidad absoluta del consumidor acercarse a ella en horarios habituales para llevarse a casa una bolsita de bombones o todo un cargamento de ese maldito nougat que le gusta tanto… aunque en público diga lo contrario.

¿Será posible un mundo así?

 

Carril lateral

Leí “El niño que fuimos”, la novela más reciente de Alma Delia Murillo. Crónica de tres infancias revestidas de dolor, pero también de encanto, esta historia es a partes iguales entretenida y oscura. Las aguas que en Mystic River, la película de Clint Eastwood, ocultan un gran secreto son aquí los puentes urbanos que dibujan con arcos una trama intensa. El cuarto de hospital en el que Frankie Dunn brinda la paz necesaria a su maltratada discípula Maggie (en Million Dollar Baby, película, oh Dios santo, también de Clint Eastwood) es aquí una habitación, igual de oscura, que se ilumina tenuemente gracias a un acto de amor. “El niño que fuimos” es, a la vez que una amena historia de amistad, una profunda reflexión sobre la complejidad de la condición humana.

 

@elimonpartido

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