Reivindicación de los gatos negros

Reivindico a los gatos negros porque en nuestro honor los egipcios de la antigüedad hacían fiestas y ordenaban mucho vino hasta acabar completamente borrachos dispuestos a arañar las paredes. Ellos en lugar de nosotros.

Quisiera poder escribir algo tan misterioso como un gato.

Edgar Allan Poe

 

Vengo cruzando la calle mojada. Soy un gato negro. Un Pobre Gato. Negro. Avanzo tranquilo, pisoteando como sin querer charcos que me estallan bajo los cojincillos de las patas. Como siempre, voy solo, pues nadie nunca querrá cruzarse conmigo, lo sé. Podría corregir diciendo “nadie en su sano juicio querrá nunca cruzarse conmigo”, pero mentiría, pues en este mundo de calles que se mojan con la lluvia ni un loco querría jamás cruzar su camino con el de un gato negro.

A los gatos negros nos temen desde hace mucho, mucho tiempo. Reencarnación de brujas, nos creen; portadores de desgracias, nos dicen. A mucha gente le caen bien los gatos, pero a muy poca le agradan los que cruzamos por este valle de lágrimas llevando en el interior siete vidas, vestidos para vivir cada una de ellas enteramente de negro.

Esa gente que nos arroja un grosero chisguete de agua o nos espanta con un violento ademán cuando nos acercamos a curiosear, debería saber que los ingleses del siglo XVIII acostumbraban soltar un gato negro frente a las parejas de recién casados, como signo de la prosperidad que todos deseaban para la nueva pareja. Los ingleses, sí, esos que entre el rapé, los matrimonios nobles consumados entre parientes y las batallas que se sirvieron entablar contra todos los vecinos cercanos a su isla, se dieron el tiempo para apreciar la contundente belleza de un buen gato negro, integrante de esa raza proscrita que lo único que quiere desde hace ya mucho tiempo es pasear por las calles con tranquilidad gatuna, sin que ningún supersticioso lo violente o algún niño le lance algo para evitar cruzarse en su camino.

Cuando era un cachorro, pequeño punto negro en el mundo multicolor de los humanos, una niñita se hizo mi amiga. Todas las mañanas me llamaba, bishito, bishito, mientras el resto de los niños estaban por salir al patio a jugar. Yo bajaba por entre el tejado del salón para olisquear galletas y jugar tirando un par de arañazos, hasta que un día la maestra me vio a la mitad del recreo acurrucado entre los brazos de mi dulce protectora. “Suelta eso que es de mala suerte”, dijo la señora y me arrebató para después arrojarme hacia los arbustos, de los cuales salí huyendo para no volver nunca más. Mientras corría, alcancé a escuchar a la niña amiga decir “no es de mala suerte: brilla”. Luego oí que se puso a llorar. Pero yo ya estaba muy lejos, acostumbrándome a la idea de que a las personas no les gustan, no, los gatos negros.

Entre nosotros en cambio nos caemos muy bien. Nuestra pelambre refleja carácter y sólo algunos saben ver en nuestro rostro la serena amargura que padecemos quienes, sin saber por qué, hemos sido perseguidos por mucho tiempo y pese a ello seguimos cruzándonos por la vida sin erizar nunca el espinazo, esperanzados siempre con la idea de que en algún siglo llegará nuestra redención. A mí, gato negro, me caen bien los gatos negros porque no necesitamos, como los azules, que Roberto Carlos nos componga una canción, ni requerimos, como el gato blanco que rescató Bukowski, haber sido atropellados, apaleados y mordidos para ser mostrados al mundo por nuestro dueño con la sonrisa victoriosa con la que se presenta a un sobreviviente, y es que nosotros somos sobrevivientes de por sí.

Pocos lo aprecian, pero se necesita ser muy gato y muy negro para servir de modelo a Toulouse-Lautrec o Picasso y al mismo tiempo hace falta ser lo suficientemente indiferente para soportar ser el nombre de un grupo estadunidense de rock marginal –The Black Cats- que sencillamente no toca en ningún lugar desde febrero de hace muchos años.

Me gusta ser un gato negro porque nosotros no requerimos de oscuridad para ser nocturnos. También me gusta porque no cualquier animal tendría la personalidad suficiente como para protagonizar un dibujo animado casi una década antes que un ratón –por cierto, también negro- lo hiciera, y porque siempre he preferido el comportamiento surrealista de ese actorazo que es el gato Félix por encima de la inocencia más bien fresona de un optimista como ese tipo, Mickey Mouse.

También está el cuento de Rudyard Kipling, “El gato que caminaba solo” que aclara que el papel que los gatos -de todos los colores, aunque al leerlo se sepa que el protagonista es negro- decidimos jugar desde hace siglos en el mundo no es servil o bobalicón, sino libre, enteramente libre. Somos misteriosos. Somos independientes.

Reivindico a los gatos negros porque en nuestro honor los egipcios de la antigüedad –que nos consideraban representaciones vivas de la amable diosa Bastet- hacían fiestas y ordenaban mucho vino hasta acabar completamente borrachos dispuestos a arañar las paredes. Ellos en lugar de nosotros.

Me caen bien los gatos negros pues nos ha correspondido el singular honor de ser tan amados como despreciados y porque por encima de todo, sólo nosotros contamos con el temple necesario para seguir tan campantes, cruzándonos por el camino de media humanidad sin emitir nunca, ante las agresiones que el tono de nuestro pelaje alienta, maullido alguno que denote pena, dolor o siquiera una pizca de la más minina preocupación.

 

@elimonpartido

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