El oficio de la venganza

La más reciente novela de Luis Muñoz Oliveira constituye un discurso imaginativo que rasca en los linderos más oscuros del alma humana y lo deja a uno pensando por varios días ¿en verdad todos seremos tan buenitos como nos pintamos?

Antes de embarcarte en un viaje de venganza, cava dos tumbas.

– Confucio

Mirar la venganza como un impulso cuya energía le da sentido a todo, un estilo de vida alrededor del cual gravita la suma total de lo que verdaderamente nos importa, debe consumir el alma como un lento incendio, tras el cual lo único que debería quedar al fondo son las cenizas de los odios. Vista desde el lugar común que constantemente nos habla de que la venganza no es buena —”mata el alma y la envenena”, completan las abuelitas con poca idea de que primero llega el veneno y después la muerte—, cualquier revancha nos hace pensar en quienes la perpetran como monstruos enfurecidos a la caza de víctimas (igualmente monstruosas y enfurecidas) que representan a gente que habiéndoles hecho algo en el pasado sencillamente no consiguen perdonar, evitando con ello alcanzar la gloria de su alma y el fortalecimiento de su condición de seres humanos trascendentes, capaces de dispensar el daño que les hicieron en favor de convertirse en piadosas y grandes personas. En suma: la venganza es cabrona y ser vengativo debe ser cabroncísimo. Pero cuando uno termina de leer El oficio de la venganza, la más reciente novela de Luis Muñoz Oliveira -autor también de Bloody Mary, Resaca y Por la noche blanca, además de un par de ensayos- se queda pensando que todas estas reflexiones podrían no ser necesariamente ciertas. Quizá la venganza sea un oficio que sólo se corona cuando llega el momento de consumarla y quizá el placer que esto provoque represente la salida más contundente (y hasta feliz) para cualquier espíritu atormentado.

A Aristóteles Lozano, personaje principal en la historia creada por Oliveira, le han hecho algo rudísimo y a partir del momento en que aquella afrenta se vuelve tangible no pensará en otra cosa más que en ajustar cuentas, al costo que sea, con Cristóbal San Juan, el execrable que le destruyó la vida y que en la huida no sólo se ha llevado a la mujer que este amaba, sino hasta al perro (un gordazo llamado Jamón que hacia el final de la novela se convertirá en una especie de símbolo de La Venganza, así, con mayúsculas), razón que lo impulsará, a lo largo de más de doscientas páginas, a recorrer un universo que, si bien es cierto, resulta familiar por encontrarse ambientado en este país —con breves paradas en algunos otros lugares—, también se transforma a lo largo de la narración en otra cosa: una especie de territorio onírico en el que el salvajismo ritual más primitivo da sangriento sentido a todo.

Llena de referencias sobre la sutil utilidad del desquite (desde el cojo capitán Ahab de Moby Dick hasta la enloquecida Carrie de Stephen King) y aún con una parte dedicada a clasificar los tipos de revanchas que existen, El oficio de la venganza constituye un discurso imaginativo que rasca en los linderos más oscuros del alma humana y lo deja a uno pensando por varios días ¿en verdad todos seremos tan buenitos como nos pintamos?

Carril lateral

Salvo por la información profesional y por inteligencias a las que por supuesto vale la pena seguir, pocas veces algo visto en Twitter lo deja a uno pensando por más de los pocos segundos que toma captar el pensamiento de alguien que quiso -como es usual en aquella red- escribir algo trascendente, inclusivo, inteligente, humorístico y luminoso. Sin embargo, el tweet dedicado a recordar lo que Sinéad O´Connor hizo hace veintiséis años, cuando en octubre de 1992 rompió una foto de Juan Pablo II -ese gran defensor de pederastas- frente a la audiencia de Saturday Night Live, acabando con su carrera, recuerda la ferocidad crítica del arte, da fe sobre la valentía de hacer algo que se estima correcto por encima de la opinión mayoritaria y lo deja a uno pensando por mucho más tiempo: a la luz de los nuevos casos de sacerdotes pederastas aparecidos esta semana (mil menores abusados durante décadas por unos 300 sacerdotes pertenecientes a la diócesis de Pensilvania) ¿cuánto tiempo más le queda a la iglesia católica para seguir manteniendo eso conocido como “autoridad moral”? y más ¿qué pensará la cantante irlandesa ahora que el tiempo le ha concedido toda la razón a su furiosa manifestación televisada?

Si les interesa, el material está aquí.

 

@elimonpartido

 

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