Un año

A 12 meses del aquel movimiento de magnitud 7.1 todos sabemos que las cosas han cambiado aunque diariamente simulen seguir igual. La huella que deja un terremoto no logra borrarse jamás y la única certeza que tenemos es que que algún día, a alguna hora, volverá a temblar.

Para despertar y vivir plenamente la vida que nos ha tocado, debemos estar dispuestos a enfrentarnos a la catástrofe.

– Jon Kabat-Zin (Médico, escritor)

El recuerdo del terremoto que nos cimbró hace ya casi trescientos sesenta y cinco días dejó tras de sí una secuela traumática que -diría el lugar común-, tardará mucho tiempo en sanar. De entre todas las infelices coincidencias que podrían haber acompañado el movimiento telúrico de 7.1 grados que (sobre)vivimos el año pasado, la más inexplicable quiso que el desastre sucediera justamente en 19 de septiembre. No habrá en la historia futura del país modo alguno de que esa fecha se aparte del significado ominoso con que un destino desconcertante la marcó. Es como lo que Juan Villoro plasmó en su poema “El puño en alto”: irremediablemente, sí, somos originarios de la tierra donde dos rayos caen en el mismo sitio.

A casi un año de la tragedia, asombra corroborar que las autoridades -de todo tipo y nivel-, mantienen su actuación con respecto al terremoto prácticamente en la misma tesitura que en los últimos días de septiembre del año pasado: lenta. Cosa de ponerse a averiguar y darse cuenta que, a doce meses, no se cuenta con un mapa pormenorizado de los daños que el movimiento telúrico produjo. No existe. No hay tal.

A prácticamente un año, sólo por poner un ejemplo, los vecinos del Multifamiliar Tlalpan -que vieron modificadas por entero sus vidas al colapsarse sus departamentos- aún se felicitan por haber logrado arrancar al gobierno de la Ciudad de México los recursos necesarios para iniciar con la reconstrucción de uno (sí: uno) de los edificios de su unidad habitacional afectados aquel día terrible, cosa que tras horas y horas de protestas y negociación lograron…diez meses después de los sucesos. No un mes. No dos. Diez.

Trescientos sesenta y cinco días después, en los que las quejas por el mal funcionamiento de las alertas sísmicas -que, idealmente, deberían funcionar en todos lados- no dejan de producirse cada vez que un temblor perceptible se presenta.

Un año tras el cual los ciudadanos no tenemos garantía de nada, más que de que algún día, a alguna hora, volverá a temblar.

“Fue primero como una explosión. Como a todos, me tomó por sorpresa. Todo estaba tranquilo y de repente aquel estruendo vino de abajo, con muchísima fuerza. En esas micras de segundo recuerdo haberme comenzado a preguntar qué habría sucedido cuando vino el temblor. No inició como otros, poco a poco: luego de la `explosión´ inicial, recuerdo que todo, todo, comenzó a sacudirse. Logré bajar las escaleras, primero a rastras, pues el movimiento me tiró al piso varias veces. En aquellos instantes quise rezar pero de la boca me salían puras palabras ininteligibles. Se me había olvidado el idioma, había borrado todo recuerdo de lo que me encontraba haciendo antes del sismo. Sólo tenía el instinto y fue ese el que me obligó a bajar casi a brincos una vez que escuché que todo tronaba detrás mío. El recuerdo de ese día me acompañará por siempre pero ¿te digo una cosa? más me acompañará el recuerdo de esa noche. La noche del 19 de septiembre del año pasado no la voy a olvidar nunca”, me ha dicho un amigo que vivió el terremoto en Coyoacán.

“Inició el temblor y sencillamente no me pude levantar de mi asiento. Todo el movimiento lo viví sentada, gritando a las paredes pues me encontraba sola. No sé en qué momento se derrumbó el edificio frente a mi casa, sólo recuerdo que cuando todo acabó me di cuenta que dentro de mi sala se veía como una especie de neblina que no sabía bien qué era. Hasta que me asomé a la ventana y vi gente correr me di cuenta que algo terrible había sucedido: ya no estaba frente a mí, como lo había estado por más de veinte años, el edificio color rojo y blanco que era parte de mi paisaje hasta aquel día”. (Vecina de la colonia Portales).

“Yo siento que lo mejor es estar preparados siempre. Desde aquel día mi pareja y yo tenemos habilitado una especie de protocolo que tratamos de seguir siempre: empieza a temblar, y córrele al lugar en el que tenemos la mochila de emergencia junto a las llaves que siempre dejamos pegadas en la puerta. Empieza a temblar y lo único en lo que pensamos es en salir lo más rápidamente posible de nuestra casa. Las alarmas en esta calle no funcionan. No esperamos ninguna ayuda del gobierno. Hemos aprendido a protegernos solos”. (Habitantes de la colonia Roma).

Los días han pasado y todos sabemos que las cosas han cambiado aunque diariamente simulen seguir igual. La huella que deja un terremoto es tan profunda que no logra borrarse jamás. Algún día volverá a temblar.

Somos de la tierra donde un rayo cae dos veces en el mismo lugar. Más vale estar preparados.

 

@elimonpartido

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