Recomendar libros

El principal motivo para leer es el acto de leer mismo y la emoción que genera saber que se ha dado uno de frente con algo bueno. De ahí a recomendarlo hay un paso.

La vida es demasiado corta como para leer un libro malo.

James Joyce

“Inventario” fue una columna esencial para entender una de las partes más interesantes y ricas del quehacer cultural: la que implica emplear los medios para la promoción de actividades que por sí mismas son, en toda flagrante honestidad, placer y motivo de felicidad para el autor de las divulgaciones. Nada peor para un lector que enfrentarse a un crítico literario que no lee más que por encimita, a un columnista que sólo asistió al libro que pretende difundir mientras tomaba un taxi camino a la redacción o a un periodista que se rayoneó en la mente una idea apresurada sobre la novedad editorial que va difundir mientras leía en friega la contraportada antes de entrar al aire. En “Inventario” el autor, amén de los asuntos centrales que le interesara tratar, salpiconeaba constantemente sus comentarios agregándoles constantes referencias a libros que por alguna razón u otra tuvieran que ver con el tema sobre el que estaba reflexionando. En muchas ocasiones, la columna estuvo dedicada casi por completo a hablar de un libro en específico y ello era el tema central sobre el que se agregaban, como capas, todos los demás. El afán era recomendar, cuando eso ocurría, uno o varios libros partiendo de la más entusiasta honestidad para hacerlo. José Emilio Pacheco es el padre contemporáneo de la promoción de la lectura en los medios. Su columna, primero en Excélsior y luego en Proceso, atendió sin pretensiones una de las vocaciones centrales de la difusión cultural: el entusiasmo genuino ocasionado por lo que se quiere compartir.

“Los libros son las pesas de tu cerebro”, escribió el periodista y escritor barcelonés Jaime Rubio Hancock en un texto publicado por el diario El País hace pocos años. “Leer es divertido y fácil. Los libros educan, dan tema de conversación, proporcionan compañía y son baratos, incluso gratis si recurres a una biblioteca o al proyecto Gutenberg. Pero además de todo eso, leer es bueno para tu cerebro. Te hace más listo, te relaja, incluso te ayuda a ser mejor persona. En serio. Pero eso no son motivos para leer. Sólo son efectos secundarios”. El principal motivo para leer es el acto de leer mismo y la emoción que genera saber que se ha dado uno de frente con algo bueno. De ahí a recomendarlo hay un paso. El paso que en su momento dio con erudición y elegancia el maestro Pacheco cada semana al publicar su columna que, en generosa medida, dedicó gran parte de su instinto a recomendar lecturas.

El camino no es solitario y por la vía de la divulgación, al lado del maestro Pacheco han transitado muchos autores más, desde Humberto Musacchio hasta Jesús Silva Hérzog-Márquez, quienes desde sus respectivas columnas culturales promueven constantemente textos que les han movido el ánimo lo suficiente como para, justo, querer recomendarlos.

Acaso hay un peligro planteado de antemano en la promoción de la lectura dentro de los medios que pueblan el siglo XXI: a los tradicionales periódicos o revistas que dedicaban o dedican parte de sus páginas a esos fines se ha agregado una variedad inmensa de nuevos formatos -más que masivos, colosales- que todos consumimos y que buscan divulgar a como dé lugar, con la rapidez que demandan estos tiempos de acelere inextinguible, toda una cauda deslumbrante de nuevas lecturas que, como parte de una industria hambrienta (cuyas fauces son muy, muy grandes) se lanzan diariamente al mercado en forma de libros y más libros, equipados todos con un afán, ya sea voraz o legítimo, porque los demás sepan que existen y los vean. O los lean, pues.

La palabra “deber” es horrible. Suena a inteligencia militar y nada más lejano hay a la promoción de la lectura que hablar de militares. Pero si hubiera que atender en estricto sentido el significado milenario que la civilización da al deber, cabe decir que la inclinación, el deber, pues (en estricto sentido: sentirnos en deuda con el otro y pagar lo que al semejante corresponde) del promotor literario en cualquier medio debía atender a lo que en su momento Bioy Casares elaboró en forma de una frase hermosa: “escribir es poner una habitación más en la casa de la vida”, a lo que podría agregarse que recomendar y difundir es invitar a otros a que se regocijen mirando lo bien hecha que ha quedado dicha habitación.

 

@elimonpartido

 

Este texto fue leído originalmente como parte de la intervención del autor en la mesa “¡Vamos a leer! La promoción de la lectura en los medios”, organizada por el Fondo de Cultura Económica y llevada a cabo el jueves 25 en la Librería Rosario Castellanos.

 

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