Del Paso, última paseata

A del Paso le vamos a agradecer toda la vida el habernos regalado ese intrincado Palinuro, pero también la verborrea fresca de una emperatriz que desde antes de venir a menos lucha por emparentar con palabras maravillosas los dos mundos desde los cuales se inventa.

El cajón de la cómoda estaba lleno de Coca-Colas de seda con encajes de jarabe.

“Palinuro de México”, Fernando del Paso

 

La noticia de la muerte de absolutamente nadie puede ser feliz. Sólo puede matizarla el saber que aquel que se va deja tras sí una estela de buenas obras que, más que protegerle allá por donde vaya -si es que el finado ha de ir hacia algún lado- sean garantía de que no será olvidado en el mundo que deja atrás.

Es el caso del Maestro Fernando del Paso, con mucho, uno de los más imaginativos y a la vez enloquecidos escritores del país. Un hombre al que muchos figuramos cual si se tratara de un símil, pero en clave literaria, del padre Hidalgo, a quien vemos siempre retratado ya como un ancianito pero de quien las tristes noticias de estos días sirvieron para mostrárnoslo en su juventud, vigoroso y disciplinado. Esa juventud entre cuyas décadas más frescas el Maestro refinó lo que por muchos años será la cumbre de su legado, integrada por tres textos que ya eran imprescindibles y hoy lo son más, antes de que con los años esa etiqueta de “imprescindible” que se le suele pegar a las cosas imprescindibles se le pegue todavía más: José Trigo, Palinuro de México y Noticias del Imperio, relatos absolutamente destellantes, escritos con toda paciencia e ingenio por un autor que precisamente por no tenerle tanto respeto a la literatura se dio el lujo de concebir la mejor.

Imaginador de un cuarto ubicado dentro de una plaza popular, habitación con cortinas dibujadas con girasoles que sólo hubiera desprendido de su pincel Van Gogh, lugar del mundo que es a la vez escenario de amoríos y ente vivo que de a ratos se va, dejando a los amantes solos en espera que regrese de su huida, al Maestro del Paso le vamos a agradecer toda la vida el habernos regalado ese intrincado Palinuro, pero también la verborrea fresca de una emperatriz que desde antes de venir a menos lucha por emparentar con palabras maravillosas -que forman frases maravillosas- los dos mundos desde los cuales se inventa. La Carlota del Maestro del Paso, sabedora de que con las estrellas de México es posible llenar los cielos de Europa y con el carey de las conchas de nuestras tortugas cubrir Notre Dame. Y a José Trigo, repleta su historia de sacudidones, fogaratas y explicaderas.

El Maestro del Paso se fue de viaje. De gira campestre, paseata en buena amistanza. El brillo de su pluma, como los colores que adoró toda su vida, queda marcado para siempre entre lo mejor de nuestra literatura. Allá el que ni con la noticia de su muerte se acoja a la triste felicidad que de ahora en adelante será leerlo.

De sed, de risa,
de calor,
de miedo:

de algo, siempre, te estás muriendo:
cuando no de frío, te mueres de sueño.

Cuando te mueres de frío,
pareces un muerto vivo.

Cuando te mueres de sueño,
pareces un vivo muerto.

De todo, niña,
te mueres un tiempo.

“Poemas de la niña de la nada más clara” (fragmento). Fernando del Paso.

 

@elimonpartido

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