El sueño metálico de Philip K. Dick

Este 16 de diciembre el vendedor de discos y uno de los más refulgentes e imaginativos escritores de ciencia ficción de todos los tiempos, Philip Kindred Dick, habría cumplido 90 años de edad, pero su vida se vio interrumpida por un par de derrames cerebrales consecutivos. Aquí un recorrido por su vida.

Una alegre y suave oleada eléctrica silbada por el despertador automático del órgano de ánimos que tenía junto a la cama despertó a Rick Deckard…

De “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” (1968). Philip K. Dick.

 

La imagen -real- de una lápida inscrita con su nombre acompañó toda la vida el subconciente de Philip Kindred Dick, vendedor de discos, estudiante trunco de alemán y uno de los más refulgentes e imaginativos escritores estadunidenses de ciencia ficción de todos los tiempos. Si un par de derrames cerebrales consecutivos no se le hubieran atravesado por el camino cuando el autor apenas rebasaba un poco más allá del medio siglo de edad, la mente detrás de la célebre novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” estaría apagando 90 velitas metálicas sobre su pastel este 16 de diciembre.

Entre muchas de las obsesiones que acompañaron su comportamiento a lo largo de su vida, la de la muerte prematura -apenas con cinco semanas de nacida- de su hermana gemela Jane pobló el subconciente del autor de la “Lotería Solar” y “Los muñecos cósmicos” de mil maneras: ahí quedan los textos en los que la figura del impostor o del fantasma de carne y hueso que vive la existencia que a otro le correspondería aparece una y otra vez de manera casi compulsiva e incluso a veces enterrada con sutileza tras capas y capas de narrativa excepcional: para muestra de ello basta analizar la pregunta que a lo largo de su muy famoso (y hoy multi editado) relato “El hombre en el castillo” -ucronía sobre la victoria nazi por encima de los Aliados luego de la Segunda Guerra Mundial- se plantea una y otra vez: ¿qué hubiera pasado si en lugar de esto hubiese sucedido esto otro

Motor detrás del cual se han impulsado historias que han dado lugar a cintas memorables como Total Recall, Minority Report y, por sobre todas ellas, Blade Runner, la inventiva de un escritor como K. Dick se antoja imposible si su personalidad no se hubiera encontrado ceñida a las tortuosas reflexiones que acompañaban cada una de sus noches sin sueño: una sucesión de ideas en cascada que incluían pensamientos continuos sobre el (sin)sentido de la vida, la limitada capacidad de la comprensión humana hacia las grandezas que habitan el universo, la pulsión constante que nos lleva a defender nuestra existencia por encima de todo…

Un par de derrames cerebrales se le atravesaron en el camino. Este domingo no apagará las 90 encendidas velas de lo que pudo haber sido su pastel, pero ahí está, resistente al paso del tiempo que ya no vivió, la obra fascinante de uno de los escritores contemporáneos más venerados, cuyas cenizas hoy reposan en el cementerio Riverside en Colorado al lado de las de su hermana fallecida al mes de nacida, ocupando finalmente el sitio que su padre reservó para ellas cuando, además del nombre Jane, cincuenta y tres años antes de la muerte del escritor también había mandado grabar sobre la roca el nombre Philip K. Dick.

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