La soledad de los animales

¿Cómo valorar positivamente la vida animal si creemos que la razón es una cualidad únicamente humana, y luego consideramos que esa es la cualidad excelsa y superior?

Por: Paulina Rivero Weber (@PaulinaRW)

 

Fed with the same food, hurt with the same weapons, subject to the same means, warmed and cooled by the same winter and summer… If you prick us, do we not bleed? If you tickle us, do we not laugh? If you poison us, do we not die? And if you wrong us, shall we not revenge?

William Shakespeare, The Merchant of Venice

 

El racismo, entendido como la pretensión de superioridad de una cierta raza de seres humanos sobre el resto, demoró el avance de la humanidad y generó injusticias que serán por siempre una vergüenza en la historia de la humanidad. Si bien éste no ha sido del todo superado, ahora enfrentamos un reto aún mayor: vencer el especismo, entendido como la pretensión de la superioridad de una cierta especie sobre el resto de ellas. El monólogo shakespeareano de Shylock en el tercer acto de El Mercader de Venecia, bien podría hoy adaptarse al caso de los animales. Y ha sido un pensador judío, Isaac Bashevis Singer, quien por primera vez comparó el holocausto judío con lo que sucede a los animales en rastros, zoológicos y en su vida diaria. Hoy sabemos que ellos no difieren de nosotros como antaño se llegó a creer: por siglos fueron “lo otro” radical, lo que no es como el bien amado “yo”; eso les dejó en la más oscura soledad: aquella que anuncia su fragilidad y su exterminio.

Resulta ya imprescindible poner en tela de juicio el valor de la razón; quizá esa fue la más radical aportación del pensamiento de Nietzsche. Importa aclarar que él no cuestionó el valor de la razón en su totalidad, sino cierto uso exclusivo de ella que pretendió erigirse como un “ojo ciclópeo”: el racionalismo, entendido como la pretensión de conocer el mundo y la vida únicamente a través de cierto uso de la razón. Este cuestionamiento ya tiene más de siglo y medio, y con todo siguen existiendo quienes creen que sólo se conoce algo cuando se le mide y se le grafica con la exactitud de las así llamadas “ciencias rigurosas”: justo lo que Nietzsche, Heidegger y toda la hermenéutica han cuestionado. Esa creencia es ridícula cuando pretende aplicarse “a rajatabla” al mundo de los animales humanos y no.

Ese racionalismo, esa ceguera para otras formas de conocimiento igual o más importantes, encuentra sus orígenes en la consideración del ser humano como un ente privilegiado: antaño sólo el ser humano fue el preferido de los dioses, como en el caso de los griegos antiguos, entre otros pueblos. Aun hoy en día hay quienes consideran que sólo el ser humano puede ser salvado por dios, como sucede en el caso del judeocristianismo y las múltiples religiones y sectas que de él se derivan.

La llegada del pensamiento laico debería responder a un paradigma diferente, pero esto no es así. El ser humano que antaño se consideró especial por ser el único creado a imagen y semejanza de dios, continúa considerándose especial, a saber, por ser supuestamente el único capaz de pensar. Y suele creerse que pensar es sinónimo de medir, calcular y argumentar: hemos creído que por realizar esas funciones somos superiores al resto de los seres que habitan el mundo. En el ámbito filosófico la formulación más clara y honesta del absolutismo de la razón podría personificarse en Kant, frente a quien Nietzsche bien puede lucir como una reacción anafiláctica, como alguna vez lo ha sugerido Dulce María Granja. Si bien dicha metáfora es sugerente, habría que matizarla: Nietzsche es sin duda una reacción ante Kant, mas la anafilaxis resulta al menos cuestionable. Nietzsche cuestionó en efecto el valor de la razón, pero no descartó los múltiples usos de la misma. Más bien denunció un uso fragmentado de ésta; aquel que hace de ella un mero instrumento de medición lógico-deductivo.

En Así habló Zaratustra Nietzsche insistió en la insuficiencia del uso de la razón lógica-instrumental capaz de medir y calcular. La razón argumental, deductiva y funcional es para él una parte de la razón en su totalidad: parte de, he ahí una clave. Lo que cuestiona es la ingenuidad de tomar la parte por el todo: medir, calcular, matematizar, es un aspecto de la razón. Pero existen otras formas de conocimiento bastante más importantes. La verdadera razón humana, que Nietzsche llamará la “Gran Razón”, va mucho más allá que la mera capacidad para medir el mundo o elaborar argumentos: abarca una gran variedad de capacidades que incluyen pensar, sentir e intuir, y sobre todo, la capacidad de conocer el mundo de manera sensible. Haría falta una educación estética del ser humano: una educación de su sensibilidad.

Por eso los estudios sobre daoísmo o sobre Nietzsche se han asociado a la Bioética: son pensamientos que intentan abrir al ser humano a lo evidente para el mundo sensible, a través de la educación de la sensibilidad. Un ejemplo actual es el trabajo de Mónica B. Cragnolini en De “otro modo de ser”: el “animal” nietzscheano: Aportes para la cuestión de la biopolítica, o la obra de Graham Parkes, Nietzsche and Asian Thoughth, entre muchas otras. Nietzsche valora una razón sintiente, algo similar a lo que el Daoísmo chino entiende por Chi, que atinadamente Roger Ames en su versión del Daodejing ha traducido como mindheart, y siguiéndolo podemos traducir como “mentecorazón”. Hablar de mentecorazón es hablar de la forma de ser humana que, como luego lo señalará Heidegger, comprende al ser humano como un ser sintiente y pensante a la vez.

Nietzsche abre las puertas a cierto ámbito de la bioética que atañe a los animales no humanos, pues ¿cómo valorar positivamente la vida animal si creemos que la razón es una cualidad únicamente humana, y luego consideramos que esa es la cualidad excelsa y superior? En esto se juegan dos cuestiones que enseguida explicaremos: primeramente, pensar no es una cualidad exclusivamente humana. En segundo lugar, pensar no nos hace merecedores de no sufrir maltrato: lo que nos hace merecedores de no sufrir maltrato es la capacidad de sentirlo.

 

Con las mejores intenciones muchos científicos han buscado si los animales son o no capaces de pensar. Los hallazgos resultan apabullantes: hormigas que fungen como profesoras de sus juventudes, aves que aprenden a comunicar conceptos abstractos como tamaños, colores o incluso deseos, y simios que han logrado comunicarse con el lenguaje de los sordomudos. Apenas comenzamos a vislumbrar las implicaciones filosóficas de la biología y la etología que ha surgido de ella, y todo avance de la bioética y de la ética para con los animales tendrá que fundamentarse en esta joven ciencia y sobre todo, en sus implicaciones filosóficas. Resulta, pues, que los animales piensan, aunque lo hagan de una manera diferente a la nuestra. Pero vayamos a la segunda cuestión: ¿importa que piensen?

Considerar que un animal no merece sufrir porque se es capaz de pensar, es absurdo: no se merece recibir maltrato porque se es capaz de sentirlo. Si solamente fuéramos capaces de pensar (y no de sentir) no importaría tanto el maltrato; haríamos grandes teorías sobre el maltrato sin sentir hambre, miedo, soledad o dolor. Si no merecemos recibir maltrato es porque somos capaces de sentirlo: he ahí a verdadera razón por la que no debe maltratarse a un animal humano o no humano.

Las personas que han tenido una educación estética en el sentido griego del término, no requieren de grandes teorías para evitar el maltrato animal. Pero dichas teorías han tenido que escribirse porque lo usual, como bien lo dijo Heidegger, es no ver lo evidente: vamos por el mundo mirando sin ver en una cotidianidad ramplona. Hay cosas evidentes, como quiso señalarlo Shakespeare en el Acto tercero de The Merchant of Venice: cualquier ser humano, independientemente de su raza, sufre por igual. Ahora el reto estriba ya no digamos en llevar a cabo la propuesta daoísta o la nietzscheana: se trata simplemente de lograr lo que ya el mismísimo Darwin en The Descent of Men, señaló: extender la compasión a todos los seres sintientes, pues todos los animales merecemos no ser maltratados por ser capaces de sentir. Somos, como bien lo dijo Darwin, seres sintientes. Y lo dijo, por cierto, sin necesidad de “medir” gráficamente el dolor y la soledad de los animales.

Lo ha dicho Jorge Reichman: todos los animales somos hermanos. ¿Encerraríamos de por vida a un hermano para ser visto por curiosos? Lo hacemos con los animales en cualquier zoológico, sin mayor pena. ¿Son o no son nuestros hermanos? Después de siglos de cultivar la razón en su uso funcional y lateralizar su uso sensible, hemos logrado convertirnos el mayor depredador del planeta: considerar a los animales como seres con derechos a las mismas consideraciones básicas, como lo propone Peter Singer, es la única salida viable para salvar el mundo en que vivimos.

 

* Paulina Rivero Weber, Doctora en Filosofía, Profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinón de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentrio, réplica o crítica es bienvenido.

Close
Comentarios