El problema del sentido y sus efectos políticos

¿Qué hay de digno en el retiro de tratamientos para no prolongar la vida en casos de enfermedad terminal. si ello no evita la agonía de un cuerpo sufriente?

Por: Andrea Romaní López

A principios de 2017, en el Artículo 11 de la Constitución Política de la Ciudad de México se aprobó el derecho a una muerte digna. Bajo este nombre, lo que realmente se decretó fue el retiro de tratamientos para no prolongar la vida en casos de enfermedad terminal. ¿Qué hay de digno en ello si el retiro no evita la agonía de un cuerpo sufriente?

Más allá de señalar que dicha aprobación no soluciona el problema de una muerte verdaderamente digna, es importante observar que los lineamientos para su validación se juzgaron desde la mirada de quienes forman el cuerpo político en tales decisiones y no desde la vida de los pacientes necesitados de una muerte sin dolor. Este caso, entre muchos otros, muestra que la raíz del problema radica en pensar el sentido como inherente a la conciencia, pensamiento que ha terminado por vivirse como una verdad. Así, la muerte del enfermo se validó desde el sentido que asesores y políticos le adjudicaron.

El anclaje entre sentido y consciencia se fue gestado a lo largo de la historia y la filosofía tomó protagonismo en ello. La diferenciación entre alma y cuerpo planteada por Platón en el Fedón creó en occidente un parteaguas en la manera de concebir el mundo. Tal cosmovisión fue adoptada por muchas tradiciones filosóficas y terminó por tomar su forma más sofisticada en el dualismo de sustancias de Descartes, caracterizado por la sustancia pensante (res cogitans) separada del cuerpo (res extensa). El cogito cartesiano no sólo reforzó la división entre alma y cuerpo, sino que trazó una frontera entre un mundo interior y uno exterior, dualismo que ha terminado por campear la manera de comprender la naturaleza humana y no humana.

A principios del siglo XX bajo esta línea de pensamiento Edmund Husserl, fundador del movimiento fenomenológico, se dedicó a mostrar que hay un campo donde podíamos encontrar la esencia de nuestras vivencias; ese campo era el de la consciencia. Así, para el filósofo alemán ella era la encargada de dar sentido al mundo y por tanto, delimitar la totalidad de la experiencia. La consciencia como la esencia de la subjetividad que se relaciona con el mundo, incluyendo el fenómeno de lo extraño. Extraño, como todo lo que no forma parte de la realidad ontológica del ser, a saber, todo lo que no es constitutivo de lo que me es idéntico: naturaleza, animales, el otro u otra que no pertenece a mi escenario cultural, socioeconómico, familiar, amistoso, laboral etc. Si todo ello adquiere sentido desde la consciencia, ¿cuáles serán las implicaciones para lo extraño?

Adjudicar el sentido de lo extraño o alteridad a la consciencia ha tenido terribles efectos políticos, económicos, culturales y ecológicos. Tal concesión no permite dar cuenta que el sentido no comienza ni en ella ni en el ser, sino en la alteridad, el no verlo imposibilita la salida de un circuito autorreferencial, de modo que haré de esa alteridad una “Mismidad” (cf. Levinas, 2005, 242).

En el caso de la aprobación del supuesto derecho a una muerte digna, el cuerpo agonizante de los capitalinos cobró sentido, y por ende reconocimiento constitucional, desde la compresión del plexo de agentes implicados en dicho decreto. Claramente la toma de decisión no fue discutida desde la realidad de los enfermos terminales, sino que se hizo de ellos una igualdad a la razón de asesores y políticos, los criterios para tal aprobación fueron abarcados por una mirada unidireccional, mirada que no permitió conocer absolutamente nada de la realidad de un cuerpo que en su no dicción abre camino a un bien decir que debe ser escuchado.

El problema de pensar el sentido como inherente a la conciencia es que jamás se podrá establecer una relación con otro (naturaleza, animales, otro, otra, etc.), sino solamente con lo que es igual a mi identidad. Como en el caso de la reciente aprobación del derecho a una muerte digna, el sentido que se ancla a la consciencia valida lo extraño o alteridad desde ella. Precisamente ahí es donde radica la superioridad de la consciencia, es superior en tanto ella da sentido a todo, de manera que termina por subsumir a su reinado todo lo que le es diferente.

Para analizar cualquier problema social, primero debemos aclarar las coordenadas morales sobre las que se sitúa y sus efectos políticos, ambientales o culturales. Una mejor toma de decisiones nos obliga a pensar en una ética no autorreferencial, ya sea con los enfermos terminales, la tierra, los animales, el Otro como escribió Emmanuel Levinas, o cualquier otra alteridad. Para ello es necesario dilucidar que el sentido no lo detenta la conciencia sino eso otro que no es idéntico o igual a ella. Sólo basta dar cuenta de nuestra sensibilidad para esclarecer que el sentido comienza en la alteridad. Es como si la naturaleza misma nos hubiera dado el tacto, olfato, vista, gusto y audición para eso otro que aparentemente está fuera de mí. El pez de los ríos subterráneos (Astyanax mexicanus) perdió los ojos porque dejó de haber un estímulo que le diera sentido a su vista. Sin la alteridad (naturaleza, otro, otra) mi calidad sintiente se extinguiría. Por ello no podemos seguir pensando en un mundo exterior y uno interior, simplemente porque el “primero” da sentido al “segundo”.

La ética de la alteridad o lo extraño permite observar a otras entidades “desde la perspectiva de su vida” (Taylor, 1981, 211), he ahí la salida a lo idéntico. No olvidemos que el sujeto no es causa de sí mismo sino efecto de eso extraño, llámese símbolos, ecosistema, paisaje, montaña, planta, semilla, animal, comunidad u otro que no es idéntico a mi razón; es sujeto en tanto es por y para otro. El sentido de su existencia viene de la alteridad, mas no de la consciencia. Así como el cuerpo desarrolló cejas para protegerse del sol, la sensibilidad desde un principio responde a ese ruido que no hace más que retumbar en su silencio, silencio que debemos escuchar.

 

@bioeticaunam

 

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Referencias:

Levinas, E., (2005a). Descubriendo la existencia con Husserl y Heidegger, Madrid, Síntesis.

Taylor, P. W., (1985). “The Ethics of Respect for Nature”, pp. 74-84.

Taylor, P.W. (1981), “The Ethics of Respect for Nature”, en Environmental Ethics: An Interdisciplinary Journal Dedicated to the Philosophical Aspects of Environmental Problems, vol. 3, pp. 197-218.

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