15 de septiembre, nada que festejar

¿Quién es el responsable de la muerte de Mara? Para unos, el conductor del taxi, para otros, el sistema, para algunos más, todos. Quizá estos últimos tengan razón.

Por: Fabiola Villela

El 15 de septiembre se conmemoraban 207 años de independencia de México; sin embargo, había poco que festejar. Ese día por la mañana se anunció que se había encontrado el cuerpo de Mara Fernanda Castilla después de desaparecer el 8 de septiembre.

A la fecha es bien sabido lo que sucedió. Mara salió del bar El Bronx en San Andrés Cholula, Puebla, en un taxi Cabify a las 4 am para llegar a su casa; pero, nunca llegó. A Mara la llevaron a un hotel, la violaron, la mataron, envolvieron su cuerpo en una sábana y lo abandonaron en algún lugar de la carretera Puebla-Tlaxcala.

Al conductor del taxi, Ricardo Alexis, lo detuvieron tras haber obtenido una orden de cateo que permitió registrar su domicilio, en el que encontraron marcas de sangre, ropa y otros artículos. Se realizó un cotejo de ADN de Ricardo Alexis y éste, junto con los objetos encontrados en su domicilio, llevaron a su detención. La Fiscalía General del Estado de Puebla imputará cargos por feminicidio, violación, privación ilegal de la libertad y robo.

Las reacciones no tardaron en hacerse públicas. El domingo 17 de septiembre se realizó una marcha. Una marcha más que se suma a la larga lista de manifestaciones protagonizadas principalmente por mujeres quienes, hartas de pedir a las autoridades que cumplan con las promesas de un México más seguro, decidieron levantar la voz y llenar las calles con una consigna: “Ni una más”.

¿Quién es el responsable de la muerte de Mara? Para unos, el conductor del taxi, para otros, el sistema, para algunos más, todos. Quizá estos últimos tengan razón. Quizá sea la indiferencia frente a décadas de feminicidios, la insensibilidad que como sociedad hemos generado de cara a este problema y la corrupción e impunidad que diariamente vivimos y que soportamos, lo que nos hace responsables en distintos grados.

Queda claro que la situación que vivimos las mujeres latinoamericanas en general, y mexicanas en particular, es de vulnerabilidad creciente. En esta confluyen problemas de pobreza, violencia (sexual y de género), e injusticia que, en suma, son los determinantes sociales detrás de tales muertes. La violencia no es un fenómeno aislado, que se centre en una sola persona, en un solo hecho, y al que pueda darse una solución única. No, la violencia es un fenómeno complejo que, para ser abordado, debemos entender en su complejidad, por eso ES un tema de bioética, pues afecta nuestra calidad de vida, salud, relaciones con los otros y nuestra sociedad. Afecta el cómo vivimos y, en este caso, el cómo morimos.

Es triste, lamentable e indignante constatar que en este país hay tanta renuencia a visibilizar el problema. Durante muchos años, la mujer mexicana ha sido concebida como abnegada, sumisa, servil, capaz de aguantar golpes, insultos y violaciones, acostumbrada a la violencia que se ejerce contra ella y soportando con la frente en alto y los ojos llenos de lágrimas, porque sobrevivir estas situaciones la hace fuerte, digna de ser mencionada en un sinfín de canciones, telenovelas y películas; la hace el arquetipo de la “mujer mexicana”, pues, de no ser así, es una “mala mujer”, “zorra”, “buscona”, y a eso, desde pequeñas, se nos enseña a no serlo. Como si ser violentada, vejada o humillada fuera mejor que ser independiente, soltera o liberal, pues, como lo señala recientemente Job Romero Reyes, rector de la Universidad Madero, nos vuelve “más vulnerables a ser víctimas de la delincuencia”.

¿Qué es lo que nos indigna de este caso? ¿Será la forma en que la mataron? ¿Que sea considerado un caso más, sumando ya 83 feminicidios solo en el estado de Puebla en lo que va del año? ¿Temer que, una vez más no habrá justicia? ¿Saber que hay gente que sostienen que la culpa fue de Mara, que ella lo buscó por salir sola de noche, beber cerveza y tomar un taxi? ¿Saber que cualquiera puede ser la próxima: nosotras o nuestras amigas, madres, hijas, colegas, alumnas, sobrinas o, en otras palabras, saber que ninguna de nosotras está segura? ¿Saber que este tipo de asesinatos, cada vez más frecuentes, se dan en una sociedad machista y misógina como la nuestra? La respuesta es todo. Todo lo anterior nos debe indignar, pues detrás de un femicidio o de un feminicidio, no yace una sola causa sino muchas. Es la sociedad, la política, la ideología, la injusticia, la impunidad. La suma de una serie de características que conforman esta situación de vulnerabilidad creciente.

Ahora bien, la pregunta es ¿qué hacer? ¿qué hacemos para disminuirlo, evitarlo, denunciarlo, visibilizarlo, sensibilizarnos y actuar? Se trata de de buscar una opción, una respuesta, que bien puede iniciar en lo individual pero que necesariamente debe repercutir en lo social, de lo contrario no habrá ningún cambio.

A nivel individual, habrá algunas que consideren seguir caminando, viajando, saliendo, divirtiéndose, en fin, viviendo, porque es nuestro derecho, porque nadie tendría porqué quitárnoslo, porque si no lo hacemos entonces nada habrá cambiado. Otras considerarán ser más precavidas y prudentes, y evitar ponerse en situaciones de riesgo que podrían ser consideradas innecesarias, generando grupos, asociándose. Estas medidas disminuyen la impotencia, pero las mujeres no son responsables de lo que les ocurre, la responsabilidad de la violencia es de quien la ejerce.

Por ahora, la sociedad civil ha comenzado dar respuestas en términos de “cómo cuidarnos” y esto es un paso importante respecto a la impotencia que genera sentir que no hay nada que hacer más que esperar que no nos pase. Recientemente, se han realizado diversos vídeos dando información y consejos sobre qué hacer para evitar ser víctima de agresión, asalto y violación. Otra opción es generar redes de apoyo, un ejemplo es el mensaje que se reposteó, una y otra vez en redes sociales, principalmente en Facebook, con la iniciativa #MiCasaEsTuCasaHermana:

“Si algún día van a una fiesta, tienen trabajo y se les hizo tarde o cualquier circunstancia que no les permita llegar a tiempo a su casa o el regreso resulte peligroso o inseguro, pueden escribirme y con gusto, sin importar el día y la hora, los recibo en mi casa con un buen café o té y un lugar para descansar. Es mejor quitarnos la pena que permitir que nos quiten la vida. Hay que cuidarnos entre todos”.

Finalmente, podemos esbozar algunas otras áreas que, retomando lo señalado previamente, comparten en distintos grados alguna responsabilidad sobre estos hechos y, por tanto, deben ser atendidas:

  • Políticas públicas de seguridad y legislación en materia de violencia hacia las mujeres.
  • Medidas de seguridad por y desde las propias mujeres y de la sociedad civil.
  • Responsabilidad de las empresas que son parte de la red de inseguridad y que pueden pasar a ser de la red de seguridad: bares nocturnos, restaurantes, hoteles, servicios de taxis y transporte público.
  • Sistemas de vigilancia.
  • Combate a la corrupción.
  • Construcción y promoción de una cultura antimachista, antidiscriminatoria que valida la violencia hacia las mujeres.

Eso sí, cualquier alternativa debe tener un mínimo común: NO PUEDE SER VIOLENTA. No debemos permitir que la respuesta individual, grupal o social sea por medio de actos violentos, pues con esto solo perpetuamos el ciclo de violencia. Debemos encontrar nuevos caminos que se alejen de aquello que criticamos, que atacamos, que tanto nos ha quitado. Encontrar una forma de vivir seguras y dejar de temer que la próxima puede ser mi amiga, mi hermana, mis sobrinas, mis colegas, mis alumnas, o yo.

 

@bioeticaunam

 

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