Del miedo al empoderamiento ciudadano

Si queremos que algo sea salvado en este país, lo vamos a tener que hacer nosotros. Si queremos ética, legalidad, horizontalidad y seguridad la vamos a tener que construir desde abajo y exigirla.

Por: Alejandra Mónica López

Los citadinos nos movemos con miedo. Llevamos años andando así. Particularmente en estos días tememos que vuelva a temblar y que ocurra otro desastre como este 19 de septiembre. Existe un cúmulo de ansiedad por la incertidumbre de un fenómeno natural de esta envergadura. ¿Existe entonces alguna forma que nos sintamos más tranquilos?

Si buscamos la respuesta de las ciencias naturales habrá que asimilar que estamos en una zona sísmica muy dinámica; que en México interactúan 5 placas tectónicas y por ello en promedio ocurren 40 sismos al día según datos del Servicio Sismológico Nacional. Si la pregunta es ¿volverá a temblar? La respuesta es sí. Sin embargo, un fenómeno natural no necesariamente tiene que terminar en tragedia.

Con el conocimiento de los inminentes escenarios naturales que aquejan a la ciudad, profesionistas y autoridades crearon reglamentos de construcción posteriores al terremoto del 85 con especificaciones puntuales del diseño para hacer edificios resistentes a los sismos.

Según versiones de las autoridades, la mayoría de los inmuebles colapsados el 19 son previos a este reglamento. Sin embargo, existe un alto número de viviendas prácticamente nuevas que sucumbieron.

Por ello, el tema de la acción ciudadana y la ética profesional es tan relevante en una circunstancia como la que estamos viviendo.

La naturaleza seguirá siendo lo que es. Entonces, ¿por qué no se tiene un mapeo de los inmuebles previos a la reglamentación? ¿Por qué edificios recientes se vieron tan afectados?

Algunos análisis, como el del Ing. Leonardo Ramírez de la UNAM, afirman que “las estructuras que sufrieron daños o colapsos no se apegaron al reglamento”. De modo que una forma de disminuir el resquemor ante un sismo es mediante el ejercicio responsable y ético de las personas involucradas en la construcción y verificación de inmuebles.

En este caso, por ahorrarse costos, disminuir tiempos de construcción, “hacerse de la vista gorda” ante el incumplimiento de la reglamentación o aceptar sobornos, decenas de personas perdieron la vida y cientos de familias se encuentran sin su patrimonio. Es de vital importancia vincular la falta de ética con la responsabilidad que ingenieros, arquitectos, supervisores, empresas y funcionarios tienen en esta tragedia.

También se evidenció que, aunque existan normas y medidas que en papel buscan la seguridad de los ciudadanos, en la práctica no se cumplen a cabalidad. Por ello, es importante la actividad ética de los profesionales en cada parte de la cadena de responsabilidades.

Esto es un trabajo de mediano y largo plazo. No obstante, después de una crisis como la que vivimos se manifestó algo imprescindible para este fin y es el involucramiento responsable ético y solidario de la ciudadanía.

A diferencia de otros eventos catastróficos que hemos vivido como sociedad, esta tragedia nos demostró que tenemos capacidad de respuesta, que podemos organizarnos, y que somos mucho más empáticos de lo que creíamos ser.

Mientras apoyábamos en labores de acopio durante cinco días, aparte de sentirnos tremendamente útiles, flotaba en el aire, además del polvo de los escombros, un sentido de compañía y empatía que muchos de nosotros pocas veces habíamos experimentado.

Los que estuvimos ayudando en la Parroquia de Santa María de la Natividad, en Eje Central 806 –que funcionó como albergue los primeros dos días para damnificados del área y posteriormente sólo como centro de acopio– trabajamos hombro a hombro, militares y civiles profesionistas diversos, personas de casi todas las edades, estratos socioeconómicos, orientación sexual y diferencias religiosas, coordinando de la mejor manera que se nos ocurría la organización y distribución de los víveres.

No nos pedimos nuestro nombre, no buscábamos diferenciarnos entre nosotros. Vivíamos un ambiente de cuidado mutuo, con el denominador común de ayudar y dar respuesta a la emergencia en la que estábamos.

Dentro de esta organización espontanea coexistían detalles que aparentemente resultaban insignificantes, pero son, en realidad, los más valiosos:

  • Ante la esperada incompetencia de nuestras autoridades, los ciudadanos tomamos la batuta y responsabilidad en las labores de acopio, nadie nos correteaba o vigilaba para ver si lo hacíamos, simplemente fue una decisión colectiva.
  • Existió una actitud de humildad grupal, nadie trato de imponerse como jefe en la organización, a lo mucho, coordinadores.
  • La toma de decisiones se hacía por consulta primero y luego por consenso.
  • El sentido de ayuda fue más allá de los damnificados; todo el tiempo nos preguntábamos si necesitábamos algo, ya fuera un descanso, un vaso de agua o un abrazo.

Después de que cumplíamos nuestras jornadas, nos retirábamos no sólo por el cansancio físico y emocional, sino también porque confiábamos en aquellos que llegaban a relevarnos, aunque no los conociéramos, porque había una única cosa a saber y es que al igual que nosotros harían todo lo posible por apoyar de la mejor forma.

Todo esto fue un ejercicio de empoderamiento ciudadano; no sólo implicó solidaridad, sino responsabilidad, ya que la ciudadanía tomó un rol vital en las labores de apoyo y organización: asimilamos que la sociedad se tiene que salvar a sí misma.

Nos demostramos que podemos organizarnos cuando tenemos un fin común, que podemos tomar decisiones y que la ciudadanía puede ser ética y responsable en su actuar social.

Debemos utilizar este empoderamiento social para poner el tema de la ética y la responsabilidad social como un eje transversal en las acciones y decisiones profesionales y públicas.

Entre todo este camino recorrido, entre toda esta experiencia, todavía asoma la pregunta: ¿Cómo sentirnos más tranquilos? La respuesta surge espontánea, como la ayuda en esos días: debemos generar mecanismos de acción para cuidarnos entre nosotros.

En este caso particular, es necesario promover criterios para una construcción segura y sostenible. Por ejemplo, podríamos capacitarnos para conocer los lineamientos básicos a cumplir por las construcciones y organizar comités vecinales rotatorios de vigilancia acompañados de profesionales que puedan inspeccionar cómo avanzan las obras de alrededores.

Pensemos en simulacros mensuales que se realicen con seriedad, en vigilar y pedir transparencia en los recursos para la reconstrucción, es decir inmiscuirnos en todas las variables de las que queramos estar “seguros”.

Si queremos que algo sea salvado, lo vamos a tener que hacer nosotros. Si queremos ética, legalidad, horizontalidad y seguridad la vamos a tener que construir desde abajo y exigirla. Tendrá que ser una práctica constante de involucramiento de la sociedad civil, una exigencia de un actuar ético permanente, desde nosotros y hacia las autoridades.

Si nos ponemos un poco más utópicos, a lo mejor podemos pensar en que se puede ir construyendo una comunidad que nos vaya quitando el miedo de todo lo demás: de la inseguridad, de la pobreza, de la violencia de género, de la pérdida de empleos, de la compra de votos en las elecciones, del otro, de la persona que está a lado.

Pero ello requiere responsabilidad ciudadana, requiere trabajo. Dejar de esperar una nueva situación de emergencia que nos haga movilizarnos y, por el contrario, actuar con tal ética en cada nivel que podamos dejar de hablar de tragedias evitables.

 

Alejandra Mónica López, Facultad de Economía UNAM.

 

@bioeticaunam

 

 

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