Voltaire y Rousseau remueven escombros en la CDMX

En la mayoría de los casos no es posible evitar las distintas amenazas naturales, como los huracanes o los sismos; sin embargo, podemos disminuir nuestra vulnerabilidad.

Por: Miguel Zapata

El 1 de noviembre de 1755 se produjo un terremoto de 9 grados en la escala Richter que destruyó la ciudad de Lisboa y acabó con la vida de 100 000 personas. Este desastre, además de detonar una serie de estudios sobre los movimientos telúricos que se convertirían en el germen de la sismología moderna, provocó una famosa disputa entre dos de los más eminentes filósofos de la época: Voltaire y Rousseau. El primero aprovechó el terremoto para lanzar una invectiva contra la idea leibniziana de que vivimos en el mejor de los mundos posibles: “El poema del Desastre de Lisboa o Examen del Axioma Todo está bien”. En este poema, Voltaire se despacha contra la tesis que sostiene que el sufrimiento de algunos individuos es necesario para el correcto devenir de la Totalidad. ¿Cómo un Dios omnipotente y bondadoso podría haber creado un mundo cuyo progreso está apuntalado con el sufrimiento de millones de seres inocentes? Para el filósofo ilustrado resulta aberrante defender que la representación de la vida humana, plagada de calamidades y dolor, se desarrolla en el mejor de los escenarios posibles.

“El poema sobre el desastre de Lisboa” llegó a Rousseau y su respuesta no se hizo esperar. En una misiva de 1756 el autor de El Contrato Social le reprocha a Voltaire que no entienda que la mayor parte de los males sufridos por los humanos no pueden ser atribuidos a los designios divinos ni al surgimiento de fenómenos naturales de los que no podamos librarnos. Los sufrimientos humanos son causados por la humanidad misma y, por tanto, no deberían esgrimirse para poner en duda la sabiduría de Dios o la necesidad de su creación.

Tras el sismo del 19 de septiembre y antes de que ocurra el siguiente desastre, ¿podemos sacar alguna enseñanza de esta disputa que tuvo lugar en el seno del movimiento ilustrado? La respuesta es afirmativa, siempre y cuando no pretendamos renovar teodiceas o elucubraciones metafísicas sobre la Providencia Divina y, en cambio, sí pongamos nuestra atención en la providencia sin mayúscula, es decir, en la “disposición anticipada o prevención que mira o conduce al logro de un fin”. Porque Rousseau es el primero que afirma con rotundidad que los desastres no son atribuibles a la Naturaleza o a la concreción de una ley inescrutable que Dios haya impuesto a la Historia. Para él, la responsabilidad por el impacto que provoque cualquier fenómeno natural con potencial destructivo es humana, pues el número de víctimas y pérdidas materiales depende de las acciones que previamente se hayan llevado a cabo para afrontar la posible concreción de la amenaza. En el caso de Lisboa, Rousseau señala el hacinamiento y la localización de las viviendas como las causas principales de la destrucción de la ciudad. El desastre no lo provocó el terremoto, sino el modo de habitar la ciudad de los lisboetas.

En el ámbito de los estudios contemporáneos sobre desastres se comprendió pronto, en la década de los 80, que Rousseau tenía razón. Los desastres no son naturales, sino socionaturales. Esto se entiende perfectamente si se hacen explícitos los elementos involucrados en la definición técnica de desastre. Un desastre, es decir, un evento que genera un gran número de pérdidas materiales y humanas, se produce sólo en aquellos casos en que una amenaza se concretiza en un lugar con un alto grado de vulnerabilidad. Es decir, si un fenómeno natural con potencial catastrófico acontece en una sociedad no vulnerable, el impacto se atenúa, el número de víctimas se reduce y la eficacia para hacer frente a los daños aumenta. En la mayoría de los casos no es posible evitar que ocurran amenazas naturales como huracanes o sismos. Sin embargo, podemos disminuir nuestra vulnerabilidad.

Cuando ocurre un evento como el del sismo del 19 de septiembre se ponen de manifiesto las vulnerabilidades y fortalezas de la sociedad. En este sentido, el tiempo excepcional que se inaugura con el acontecimiento catastrófico no parece ser más que un tiempo de radicalización de la normalidad. Una sociedad vulnerable, en tiempo de desastre, saca a relucir las debilidades más significativas de su cotidianidad. Una sociedad poco vulnerable, en cambio, evita el desastre, minimiza sus impactos o lo afronta mejor gracias a sus fortalezas. La Ciudad de México ha mostrado algunas de sus fortalezas y vulnerabilidades constitutivas en la prevención y el manejo del desastre. Respecto a las fortalezas para la prevención, la aplicación de las normas de construcción de edificios sismo-resistentes después del terremoto del 85 seguramente haya evitado muchos más daños. Respecto al modo en que ha afrontado la situación, los mexicanos han mostrado una vez más que poseen una solidaridad ejemplar y una capacidad encomiable para articular acciones colectivas de apoyo y cuidado.

Sin embargo, también han sido muchas las vulnerabilidades que han emergido con el sismo: la de una sociedad resquebrajada por la desconfianza incapaz de otorgar crédito y autoridad a los mandos de la Marina; la de unos medios de comunicación más interesados en construir la narrativa hegemónica de la tragedia en torno a una niña que nunca existió que en ofrecer información fiable; la de unas instituciones propensas a la corrupción que permiten levantar edificios con unicel; la de una población ingenua que acaba de descubrir que el triángulo de la vida en otro país se convierte en geometría de la muerte en el propio; la de una indecente estructura político-económica que transforma el acopio en despensa electoral; la de una ciudadanía sin capacidad para filtrar y procesar las informaciones y, sobre todo, las desinformaciones; la de un país centralista que pone la mirada en las tragedias de la capital y olvida, de nuevo, a los que sistemáticamente son olvidados; la de una ciudad donde las mujeres son siempre, con sismo o sin él, las principales víctimas.

Por supuesto, esto no es una lista rigurosa de las vulnerabilidades de México. Sin embargo, se hace urgente hacer una evaluación detallada de éstas y un trabajo serio para tratar de reducirlas. Sólo así, posiblemente, logremos evitar nuestros próximos desastres.

 

@bioeticaunam

 

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