La muerte natural en condiciones de dignidad

La propuesta de incluir en la Constitución el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural en condiciones de dignidad implica imponernos a todos la visión religiosa de un grupo.

Por: Héctor A. Mendoza C.

El pasado 19 de octubre de 2017, se presentó en la Cámara de Diputados una iniciativa de reforma que pretende adicionar al artículo primero de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos lo siguiente: “En México, se reconoce que todo ser humano tiene derecho a la protección jurídica de su vida, desde el momento mismo de la concepción hasta la muerte natural, en condiciones de dignidad”.

Además de que los argumentos utilizados en la exposición de motivos de la iniciativa fueron prácticamente copiados de un artículo publicado en una revista brasileña, me quedo pensando ¿qué significará la palabra dignidad utilizada al final de la frase?

Para mí, morir dignamente significaría, por ejemplo, poder tener la oportunidad, bajo ciertas circunstancias, de decidir cuándo y cómo quiero morir, pero dado que no soy médico, para que ello fuera posible sin riesgos, necesitaría que se autorizara en mi país ya sea “el suicidio médicamente asistido” o bien “la eutanasia”.

Sin embargo, dudo realmente que el diputado Bolaños (precursor de la iniciativa) piense igual que yo, ya que sería absurdo considerar que alguien que quiere dotar de derechos a los cigotos, (desde una posición evidentemente dogmática) esté dispuesto a darme, como ciudadano mexicano, la posibilidad, por ejemplo, de recurrir al “suicidio médicamente asistido” o peor aún a la “eutanasia”.

Es por eso que tengo la fundada sospecha de que para el diputado la expresión “hasta la muerte natural en condiciones de dignidad” significa exactamente lo contrario; es decir, que refleja una posición dogmática que, precisamente, se opone a que las personas, en función de su particular concepto de dignidad, decidan sobre su propia muerte.

Lo grave del caso es que se pretende que esta posición, que representa una visión religiosa respecto de la vida y de la muerte, se convierta en una disposición del más alto rango, una disposición de carácter constitucional. Así, si estoy en lo correcto, aquella historia de que “como sólo dios da la vida, sólo él puede quitarla”, terminaría siendo una imposición para todos aquellos que no creemos en esos dogmas. Por lo que pretender quitarme la vida implicaría incurrir, además de en un pecado, en una contravención a una disposición de carácter constitucional.

Cabe decir, además, que prácticamente toda muerte es natural, yo no conozco muertes artificiales, y por el contrario, lo que sí conozco son vidas artificiales; por ejemplo, las de aquellas personas a quienes, mediante procedimientos fútiles, algunos médicos sin escrúpulos les prolongan la existencia.

UNA NOTA FINAL. Una de las características de las disposiciones constitucionales es que en ellas se establecen básicamente principios, mismos que después, en la legislación especializada, se convierten en reglas operativas.

He ahí el truco, he ahí la importancia de no permitir este tipo de modificaciones constitucionales, pues en el caso que nos ocupa reconocer los derechos desde la concepción (como principio) puede ser interpretado de múltiples formas al momento de convertir dicho principio en una regla determinada.

Lo mismo sucedería con la expresión: “hasta la muerte natural en condiciones de dignidad”. Traducir esto a una regla específica, da un amplio margen de maniobra para los operadores jurídicos y pueden, eventualmente, traducir dicho principio en lo que a ellos se les antoje.

 

@bioeticaunam

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