Salvaguardar toda forma de vida en desastres naturales

Reconocer el valor inherente de los animales por el hecho de estar vivos es un cambio importante de paradigma en la sociedad.

Por: Elizabeth Téllez

A dos meses del sismo, para muchos mexicanos todavía no es posible regresar a la normalidad debido a los miles de damnificados, cientos de víctimas, cuantiosos daños materiales en edificios públicos, inmuebles comerciales y particulares (lo que el #19S nos dejó). Los desastres naturales del mes de septiembre pasado: los sismos de 7 y 19 de septiembre y los huracanes Katia, Irma y José, han sido considerados como los más letales del siglo en nuestro país.

Sin embargo, seguiremos enfrentado tornados, inundaciones y terremotos que nos muestran la vulnerabilidad de la vida en las que ocurren pérdidas humanas y materiales, pero en los que también ha sido evidente una creciente preocupación por los animales con los que nos relacionamos. Queda atrás la idea antropocéntrica de que los seres humanos somos superiores, que somos lo que más importa o lo único que importa. Queda atrás la idea de que los animales son máquinas que no sienten. Nos importa su dolor y sufrimiento, nos interesa salvaguardar sus vidas, nos interesa brindarles bienestar.

En Islas del Caribe y en Estados Unidos, la población se preparó y abasteció cuando se tuvieron que enfrentar al huracán Irma. Pero su prevención no sólo consideró a los seres humanos. Muchas personas llevaron consigo a sus animales de compañía que ya son parte de su familia. Los zoológicos resguardaron en habitaciones a los animales, se evacuaron delfines en helicóptero y hasta armaron un refugio de mascotas en la casa de Hemingway en Key West. Las autoridades recomendaban que al evacuar llevaran a sus animales consigo. Los hoteles estuvieron recibiendo a ciudadanos con perros, gatos, aves, hámsters, y hasta conejos; y de la misma manera albergaron a múltiples animales que en el caos se habían perdido.

En nuestro país los sismos causaron daños importantes y dolorosas pérdidas. Sin embargo, la población se movilizó, la gente salió a ayudar en labores de rescate, preparando alimentos, organizando centros de acopio, donando. Y la preocupación por los animales no se quedó atrás. A diferencia del temblor del 85, se acondicionaron diversos albergues para recibir a los damnificados y sus animales de compañía. Los centros de acopio recibían alimento y medicamentos no sólo para la gente, sino para animales. Los voluntarios recuerdan que las jornadas de rescate se hacían menos agotadoras cada vez que se lograba rescatar una vida no importando la especie, se escuchaban aplausos de júbilo y la esperanza por recuperar a los atrapados resurgía entre los escombros, de tal forma que se renovaban los esfuerzos motivados bajo la consigna: “vida es vida”.

Estas catástrofes nos han confrontado con una situación de pérdida, pero también con aprendizajes que son ganancia, como lo es la preocupación por salvaguardar toda forma de vida. Reconocer el valor inherente de los animales por el hecho de estar vivos es un cambio importante de paradigma en la sociedad. La Constitución de Ciudad de México, en su artículo 13 apartado B, señala que existe una responsabilidad común de velar por estos sujetos de consideración moral en tanto que son seres sintientes; sin embargo, no fue necesario apelar a dicho código para que la sociedad socorriera a los animales que lo requerían. Las acciones altruistas surgieron por doquier, apoyando a humanos y no humanos, lo que nos muestra una sociedad más empática y madura donde el principio de beneficencia aunque no es obligatorio, se cumple como deseable.

Por otro lado, la ética de mínimos exige que se tomen en cuenta las necesidades de cada quien según su especie, edad o situación; por principio de justicia o equidad todo aquel que lo necesite merece ser atendido y aliviado en su dolor. Así, para brindar atención médica, las clínicas móviles de la FMVZ de la UNAM se trasladaron a diversos puntos de la Ciudad de México sirviendo de forma gratuita a los animales afectados. En internet algunos voluntarios desarrollaron aplicaciones con mapas para localizar los hospitales veterinarios donde se procuraba tratamiento y albergue a los afectados. Organizaciones no gubernamentales de ayuda humanitaria se movilizaron a Chiapas, Oaxaca y Morelos para llevar donaciones y atención veterinaria. Particulares ofrecieron refugio temporal a mascotas que huyeron de sus hogares al momento del sismo o buscaron reubicarlos en albergues adecuados. Múltiples cuentas en Facebook y Twitter publicaron fotos e información sobre animales perdidos o encontrados. La atención no se enfocó únicamente en tratamientos por lesiones y fracturas, también se trataron problemas de comportamiento como agresividad y nerviosismo derivados del desastre.

Ello es una prueba más de que los animales, como los humanos, presentan estados mentales y que su dolor y sufrimiento debe ser tomado en cuenta. Además, el hecho de haber recibido animales y personas dentro de las mismas instalaciones en algunos albergues para tratar de cubrir las necesidades primarias o vitales sin distinción de especie, también son acciones que responden al principio de justicia distributiva, distribuyendo los bienes: refugio, alimento, cuidados médicos entre todos los damnificados, dando a cada quien lo que le corresponde. Esta actitud también se apega al principio de proporcionalidad de intereses propuesto por Singer, donde los intereses o necesidades de cualquier sujeto deben ser tomados en cuenta con la misma importancia sin discriminar a los que no pertenecen a nuestra misma especie.

Todavía hay mucho que aprender, sobre todo lo que se refiere a la futura prevención. Todo aquel que sea responsable de un animal debe contar con la suficiente información sobre los protocolos que se deben seguir en caso de emergencias donde también se incluyen las previsiones sobre lo que debemos hacer antes, durante y después del desastre natural: que los animales cuenten con placa de identificación, cómo prepararnos con transportadoras, botiquín de emergencias y mochilas con víveres para nosotros y nuestras compañeros animales; cómo evacuar, a dónde dirigirnos, primeros auxilios, contacto de un veterinario y organizaciones humanitarias, etc. De no realizar este tipo de acciones, estaríamos incurriendo en negligencia contraviniendo el principio de no maleficencia que tiene como base la prudencia y la responsabilidad. Tampoco se cumpliría el principio de justicia retributiva, pues lo mínimo que podemos hacer por los animales es retribuirles por todos los beneficios que de ellos obtenemos.

En este sentido, deseo acentuar la importancia de la labor de los animales en la salvaguarda de nuestras vidas. Caballos, burros y mulas fueron los otros brigadistas de cuatro patas que ayudaron en Juchitán luego del sismo, jalando carretas para la remoción de escombros. También están las unidades caninas de rescate que se han convertido en un estandarte de inspiración, esperanza y valor como es el caso concreto de la perrita Frida, considerada el emblema de los rescatistas de cuatro patas. De aquí ha surgido la preocupación por parte de la sociedad sobre cómo se entrena a los animales, cuánto tiempo deben trabajar y en qué momento jubilarlos. Esta preocupación no debe limitarse a estos héroes animales. La reflexión ética sobre los cuidados y las necesidades que deben cubrirse para todos los animales que nos han dado ayuda, compañía, alimento o aprendizaje, debe ser permanente.

 

@bioeticaunam

 

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