Alan Turing: entre unos y ceros

El sueño de Alan es esta realidad del siglo XXI, donde las personas y la tecnología están unidas de manera tan íntima que esta última podría desarrollar su propia inteligencia y donde la innovación podría ser el siguiente paso para la evolución.

Por: Ulises Díaz

El 23 de diciembre de 2013 la reina Isabel II de Inglaterra proclamó finalmente el indulto póstumo a Alan Turing, quien en 1952 había sido culpado por ser homosexual y obligado a llevar un tratamiento hormonal para revertir esa tendencia natural. La absolución culminó con un largo proceso mediante el cual el estado británico se disculpó con una de las figuras científicas más sobresalientes del siglo XX.

Pero, ¿qué simboliza este indulto? Aunque su nombre es un misterio para muchos, es muy interesante observar como el sueño de Alan es la realidad del siglo XXI. Es esta una realidad donde las personas y la tecnología están unidas de manera íntima, tanto que esta última podría desarrollar su propia inteligencia y donde la innovación podría ser el siguiente paso para la evolución.

Hoy en día, el mundo está lleno de símbolos que constantemente interpretamos como evidentes, en algunos casos conocemos su significado y en otros tenemos que indagar qué intentan decirnos. Para ello, utilizamos las herramientas que están a nuestra disposición e intentamos encontrar la respuesta. Todos sabemos que lo primero que haces es tomar tu teléfono o tu computadora para entrar a los motores de búsqueda y satisfacer tu curiosidad mientras checas tus redes sociales, pero te has preguntado ¿cuál fue el origen del mundo digital que conoces? Es probable que tengas la sensación de que los sistemas computacionales son una cuestión moderna.

Algunos dicen que inició con Blaise Pascal, en 1640, cuando el genio fundamentaba las bases del lenguaje de programación con el sistema binario; posteriormente, en 1820 el matemático británico Charles Babbage sentó los precedentes de la computación con un motor de cálculo automático.

Hoy en día es evidente que un ordenador hace mucho más que ordenar. Esa palabra es un préstamo del francés ordinateur, traducción al inglés de la palabra computer, nombre dado a las personas especialistas en hacer cálculos numéricos en el siglo XIX, quienes debían tener un amplio conocimiento de geometría analítica y cálculo diferencial e integral.

Posteriormente, el término comenzó a aplicarse a las máquinas que empezaron a sustituir a los humanos en esas tareas. Calculaban cada vez más rápido, sobre todo cuando en el siglo XX sus engranajes se sustituyeron por componentes electrónicos; sin embargo, los primitivos ordenadores tenían el enorme inconveniente de que se construían para resolver sólo un problema determinado y si se buscaba aplicarlos para otro fin había que cambiar los circuitos. Fue hasta 1936 cuando el estudiante británico Alan Turing pensó en una computadora que pudiera resolver cualquier problema (siempre que este pudiera traducirse a expresiones matemáticas y luego reducirse a una cadena de operaciones lógicas con números binarios), en donde sólo se podía llegar a dos decisiones: verdadero o falso.

Turing nació en 1912, en una familia de clase media londinense. Su padre era un funcionario británico ubicado en India que deseaba que Alan fuera criado en Inglaterra; por ello, cuando sus padres regresaron a la India, lo dejaron al cuidado de unos amigos, cuando tenía sólo un año de edad.

Como estudiante, pasó por diferentes centros de prestigio, entre ellos estaban el King’s College de Cambridge y la Universidad de Princeton, donde se especializó en matemáticas, lógica y teoría de probabilidades. En 1938, tras completar su doctorado, Alan regresó a la Gran Bretaña y comenzó a trabajar en la Escuela Gubernamental de Códigos y Cifrados.

Fue en ese momento que la inteligencia británica le asignó, junto a otros grandes matemáticos de la época, investigar sobre el descifrado de códigos de la máquina alemana “Enigma”, que cifraba las ubicaciones de los submarinos y que a su vez era capaz de hacer más de 3 billones de probabilidades para encontrar el mensaje oculto y cuyas combinaciones cambiaban al final del día. Al principio Alan no se dedicó exclusivamente a esta tarea, pero tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial se mudó a Bletchley Park y se concentró por completo en la criptografía. En ese lugar, junto con sus colegas desarrolló “La Bombe”, una máquina electromecánica basada en el trabajo de unos criptógrafos polacos, y con ella al fin consiguieron descifrar el código de las “Enigma”. Su funcionamiento se basaba en una heurística que permitía acotar las posibilidades descartando las combinaciones menos probables. Específicamente, estudiaba todas las posibles soluciones a fragmentos del texto original cifrado y dado que se centraba en pequeños fragmentos, lograba descartar rápidamente gran cantidad de combinaciones que daban resultados sin sentido.

Posteriormente, Turing aceptó un puesto en la Universidad de Manchester en 1948 y se centró en el estudio de un concepto clave de la inteligencia artificial: ¿Hasta qué punto podemos considerar a una máquina “capaz” de pensar? Como resultado de esta investigación, desarrolló un experimento conocido como “Test de Turing”.

La última fase de la vida de Turing fue trágica, ya que fue sometido a juicio y condenado por homosexualidad, considerado un delito grave en la Gran Bretaña de entonces. Sus opciones de condena fueron ir a la cárcel o someterse a un tratamiento hormonal, el cual pensaban que podrían revertir sus impulsos naturales, Turing optó por el uso de los estrógenos.

A la par del “tratamiento” le negaron trabajar en todos los proyectos en los que había participado. Todo esto lo llevó a una profunda depresión. Dos años después de iniciar su supuesta cura por castración química Alan Turing tomó una decisión mucho más compleja: se suicidó el 7 de junio de 1954. Fue encontrado muerto en su casa, junto a una manzana mordida que contenía cianuro. Esta no es una versión oficial ya que algunas pruebas indican que no tenía intenciones de suicidarse.

Así, su condena y muerte mostraron las atrocidades que puede ocasionar este procedimiento hormonal agresivo e invasivo. El maltrato físico y psicológico creó un precedente de la tortura que este “tratamiento” podía ocasionar y pese a ello, en pleno siglo XXI, es aplicado en 10 países para agresores sexuales condenados.

 

*Ulises Díaz es licenciado en Psicología Social y asistente de Investigación en el Programa Universitario de Bioética de la UNAM (@bioeticaunam).

 

 

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