¿Hay beneficios para animales de laboratorio?

¿Por qué usar animales con fines de investigación? ¿Qué nos da el derecho de utilizarlos como simple material biológico?

Por: Elizabeth Téllez

El 14 de noviembre de 2017, 50 conejos rescatados tras el sismo del 19S fueron liberados en el parque ecológico Santa Úrsula Coapa, en Ciudad de México. Los animales eran utilizados para realizar pruebas toxicológicas en un laboratorio de cosméticos que colapsó. Al ser rescatados, los conejos con el pelo teñido de diferentes colores, presentaban fracturas en extremidades, escoriaciones en la piel e intoxicación, por lo que fueron hospitalizados y recibieron tratamiento veterinario. Una vez recuperados y dado que no fueron reclamados por nadie, se determinó habilitar un espacio donde podrán desenvolverse en un ambiente lo más cercano a su hábitat natural. Éste es un caso de éxito, pues a pesar de haber sido utilizados en experimentos inaceptables, sobrevivieron milagrosamente a una catástrofe y pudieron ser rescatados y rehabilitados para vivir bajo la tutela de guardianes responsables.

Sin embargo, este no es el caso de millones de animales que son utilizados, no sólo en la industria cosmética, sino en la militar, espacial, biomédica, toxicológica, etc. ¿Por qué usar animales con fines de investigación?, ¿qué nos da el derecho de utilizarlos como simple material biológico?

Si un comité para el cuidado y uso de animales revisara la forma en que la industria cosmética los utiliza, señalaría que se trata de una acción éticamente inadmisible ya que al poner en la balanza los intereses en conflicto tendríamos que privilegiar el interés vital del conejo por evitar el dolor y el sufrimiento que ocasionan las pruebas de irritación ocular o dérmica, por encima del interés secundario de cualquier ser humano por lucir bellamente maquillado. Además, ya existen múltiples opciones de reemplazo como los modelos de piel/tejido humano para hacer pruebas de los productos sin tener que seguir usando animales y muchas compañías de cosméticos ofrecen productos “cruelty free” (libres de crueldad), es decir, que no han dañado animales durante el desarrollo y pruebas de sus productos.

Por otro lado, algunas investigaciones que se realizan en animales pretenden generar conocimiento farmacológico, quirúrgico o clínico, pero aun estos experimentos deben ser evaluados cuidadosamente a través de un comité ad hoc que revise que los proyectos sean originales, imprescindibles para el avance o aplicación del conocimiento, que estén apegados a la normatividad y que utilicen la metodología adecuada, pues aunque su intención es obtener un beneficio, habría que evaluar a quién benefician y cómo se hacen. Por ejemplo, la industria farmacéutica invierte en las enfermedades que afectan a poblaciones de altos ingresos económicos, pues es donde obtiene más rentabilidad.

Ahora bien, cuando nos referimos a cómo se realiza una investigación se cuenta con diversos criterios éticos, científicos y legales como la NOM-062-ZOO-1999 y las 3R’s (reducir, refinar y reemplazar) que sirven como guía para minimizar el número de animales empleados, reemplazarlos con alternativas éticas o reducir su dolor y malestar (con anestésicos, analgésicos, punto final humanitario y enriquecimiento de su ambiente), y así tratar de reducir el impacto negativo en el bienestar de los mismos. Aunque sobre el tema hay mucho que analizar no me detendré en ello.

En esta ocasión me quiero centrar en quiénes son los beneficiarios de las investigaciones.

La Declaración de Basilea, aprobada en 2010, establece que la utilización de animales en la investigación biomédica es imprescindible, pues con ello se beneficia tanto a humanos como a animales. Es cierto que muchos medicamentos veterinarios, como antibióticos, analgésicos, tranquilizantes y vacunas, entre otros, así como los tratamientos y las técnicas quirúrgicas, son iguales o muy similares a los que se utilizan en humanos, pero salvo en las investigaciones veterinarias, la mayoría de las investigaciones realizadas con animales no generan un beneficio real y directo en los animales utilizados. En el mejor de los casos, el beneficio será experimentado por otros miembros de su misma especie, pues es bien sabido que los animales utilizados morirán al final del experimento sea cual fuere el resultado. Sin embargo, muchos animales sufren y mueren en investigaciones mal diseñadas sin que otros animales reciban el beneficio, pues la intención de la mayor parte de las investigaciones se centra en enfermedades del ser humano.

Tal es el caso de los animales que son modificados genéticamente para expresar las enfermedades que sólo se presentan en humanos. Aunque la tendencia del número de animales usados en la investigación debería ir en descenso, en Estados Unidos de América se observó un incremento del 7% en 2016 derivado del uso de ratones genéticamente modificados. Otros países como Gran Bretaña expresan su malestar con las regulaciones al número de animales permitidos en las investigaciones y advierten que esto afectará a la ciencia poniendo en riesgo a las personas que sufrirán y morirán “al asfixiar investigación vital”; los científicos dicen que esos animales modificados genéticamente son los más importantes para representar enfermedades humanas. Pero, entonces, ¿cómo pueden recibir los beneficios de una enfermedad que ni ellos, ni sus congéneres expresarán de manera natural?

En el artículo 15 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos se reconoce el derecho de toda persona a gozar de los beneficios del progreso científico y de sus aplicaciones. Por eso, como señala la doctora Fabiola Leyton, el argumento más común para apoyar el uso de los animales en la investigación es el alegato de la pretendida superioridad humana (lo que autores como Ryder y Singer llaman especismo y que se refiere a un prejuicio o actitud parcial favorable a los intereses de los miembros de nuestra propia especie y en contra de los de otras), que requiere el sacrificio de unos seres inferiores para prolongar su vida, su salud y para superar las barreras de la muerte y la enfermedad. Por su parte, el sociólogo Arnold Arluke explica que los científicos son socializados en una cultura que se centra en la producción del conocimiento donde la prioridad son las necesidades de los seres humanos sobre las de los animales. Por consiguiente ¿qué investigador se va a preocupar por beneficiar a los animales?

Las universidades e instituciones donde se hace investigación deben esforzarse en promover y reconocer el valor de la vida de los animales en general y de los animales de experimentación en particular: asumiendo nuestra responsabilidad frente a ellos; tomando en cuenta la similitud fisiológica y emocional entre ellos y nosotros los humanos, reconociendo que los procedimientos dolorosos para el humano también lo son para el animal; aplicando los principios bioéticos de mínimo daño y justicia retributiva; enfatizando que los animales no sólo tienen un valor instrumental por lo que deben ser amparados por una ley de bienestar animal.

La bioética no se trata de la simple aplicación de nociones filosóficas en problemas científicos, al final, también nos ayuda a dirimir qué es justo. En su ética biocéntrica, Taylor plantea ciertos principios para resolver los dilemas éticos cuando intereses humanos entran en conflicto con los de los vivientes no humanos. Uno de esos principios es el de justicia retributiva que establece que todos aquellos animales que han sido dañados por los humanos para obtener un provecho, deben ser compensados por el daño causado, restituyendo su salud, disminuyendo su sufrimiento, cuidando de ellos, proporcionándoles una vida agradable y dándoles una muerte lo menos dolorosa posible cuando así se requiera. Además, en el caso concreto de animales de investigación, que tengan acceso a los beneficios de las investigaciones que se realizan con ellos. Esto nos obliga a diseñar investigaciones donde el modelo animal realmente presente la enfermedad o el padecimiento con el que se va a trabajar, de tal forma que dicho animal y sus congéneres, además del ser humano, puedan ser beneficiados. Se entiende que de cumplir dichos criterios las investigaciones serían más largas y costosas, pero esto nos acerca a una bioética más incluyente, una bioética que enfrente los retos del siglo XXI.

 

* Elizabeth Téllez estudia el postdoctorado del Instituto de Investigaciones Filosóficas y del Programa Universitario de Bioética, ambos de la UNAM.

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