Voluntades anticipadas. Un punto de vista bioético

Deberíamos desarrollar mecanismos éticos y legislativos mediante los cuales se pueda suprimir la asistencia técnológica suplementaria indeseable para el bien morir. Aquí es donde entramos en las voluntades anticipadas, un primer intento de permitir, de forma somera, inicial todavía, y en términos de avanzar después, en el futuro, hacia un asunto más amplio y complejo denominado eutanasia.

Por: Germán Novoa Heckel

En un provocativo artículo publicado hace algunos años en el libro Muerte Digna. Una Oportunidad Real1, el doctor Ruy Pérez Tamayo pregunta, en relación con la bioética y la muerte digna, si es que existen una muerte y un morir dignos. Su texto nos permite analizar los propósitos de la medicina (que son tres y que pueden ser reducidos a uno como lo veremos más adelante), además el autor se acerca a la relación médico-paciente, para conducirse hasta el concepto de muerte digna, a través de una revisión de dos casos anecdóticos que ilustran el deseo anticipado (llamado en la legislación de la Ciudad de México, técnicamente como voluntades anticipadas, legal en la capital del país y en algunos otros estados) de algunas personas para no permitir medidas heróicas (siempre y cuando el paciente así lo consienta) que preserven su vida, cuando la enfermedad o la circunstancia extrema impidan su existir digno; este sería el caso, por ejemplo, de un cáncer terminal o una muerte cerebral documentada.

Pero vayamos punto por punto a los asuntos recién mencionados. Cito: “La muerte es, finalmente, inevitable. Todos los seres humanos somos mortales, y a partir de cierta edad todos lo sabemos, aunque muchos prefieren ignorarlo.”2 La negación de la muerte es una experiencia cotidiana y harto frecuente, y la mayoría de las personas prefieren omitir el fenómeno totalmente; en otros casos, eligen dejar su significado y resolución a las creencias, más frecuentemente monoteístas, que prometen una resolución del tipo de prolongación de la existencia en “otra vida”, no sin antes solicitar, estas mismas, un comportamiento virtuoso que garantice una vida continuada en el más allá. Sea cual fuere (es decir, exista o no una vida ulterior), el ser humano contempla el fin de su existencia en uno u otro momento. Cuando enfrenta el final de la vida debería considerar y anticipar una postura personal respecto a la posibilidad de evitar una prolongación innecesaria en el extremo de una enfermedad incurable que le impida continuar de manera digna y con significado, para que el existir no se convierta en suplicio o tortura. De manera frecuente, las leyes prohiben la eutanasia, como en el caso de nuestro país, aunque los estados y las sociedades más avanzadas en el tema, como la holandesa o la suiza, ya permiten formas específicas para apoyar el término de la existencia, principalmente en casos de vida intolerable.

Volviendo a nuestra citación original y al asunto de la dignidad en el morir: el objetivo de la medicina, de acuerdo nuevamente con el doctor Pérez Tamayo, puede resumirse de la siguiente manera: “Lograr que hombres y mujeres vivan jóvenes y sanos, y mueran sin sufrimientos y con dignidad, lo más tarde que sea posible.”3 Dicho lo cual, se estipula que hay una vida digna, que merece vivirse. Ante ello, cabe preguntarse si hay una muerte digna que merezca este epíteto de algo deseable versus una muerte indeseable, que no querramos experimentar, tomando medidas para que esto no suceda.

Deberíamos entonces desarrollar mecanismos éticos y legislados mediante los cuales se pueda suprimir dicha asistencia técnológica suplementaria indeseable. Aquí es donde entramos en las voluntades anticipadas, un primer intento de permitir, de forma somera, inicial todavía, y en términos de avanzar después, en el futuro, hacia un asunto más amplio y complejo denominado eutanasia.

El asunto de las voluntades anticipadas ha tenido como base un tópico central también, y es el de que los médicos no quieren incurrir en faltas a su ética (contraviniendo posibles códigos de ética médica ancestrales como el Juramento Hipocrático que en la versión en español menciona “No administraré a nadie un fármaco mortal, aunque me lo pida, ni tomaré la iniciativa de una sugerencia de este tipo”4; y otros actuales, como las declaraciones de la Organización Mundial de la Salud[i] al respecto: “La salud y la vida de mi enfermo será la primera de mis preocupaciones”5; o la Declaración de Ginebra que dice entre otros “Velar con el máximo respeto por la vida humana” -siendo que esa vida hipotética tecnificada ya no es viable desde la dignidad humana-; preceptos que en una u otra forma podrían violarse o entrar en contradicción, dependiendo de la interpretación que se les dé), y sí responder a un reclamo ya universal del derecho a morir dignamente. La tecnología contemporánea a este respecto tiene técnicas y soluciones que no se concebían en las épocas pasadas, que nos orientan a reformular y repensar nuestros juramentos médicos, para entender que la prolongación de la vida a ultranza (es decir, la protección de la vida a toda costa) no siempre nos beneficia, y en el fondo, ya no constituye en muchos casos una vida digna de vivirse. A este efecto, en el desarrollo más reciente de la legislación en nuestro país “se ideó que la voluntad de la persona pudiese ser plasmada en un documento de manera previa a su incapacidad para expresarla”7, lo cual dió lugar a diversos documentos oficiales a partir de la Ley de Voluntad Anticipada (de diversas entidades federativas), la primera de las cuales entró en vigor en la Ciudad de México el 7 de enero de 2008.

En el documento “Voluntades anticipadas: Reflexiones bioéticas sobre el final de la vida7, de la Comisión Nacional de Bioética, se dan los detalles de este acto legal. El 13 de diciembre de 2011 se dio una modificación en la que se derogan muchas de las formalidades a que estaban sujetos estos procedimientos.7

El asunto de las voluntades anticipadas, en un marco de actuación de corte internacional, a partir del derecho a morir dignamente al que se abocan las diferentes sociedades, ha dado lugar a la Asociación Federal del Derecho a Morir Dignamente8, que defiende estos derechos.

En ese sentido, debiéramos analizar cómo queremos ser considerados si algún día nos encontrarnos en algún dilema de sufrimiento intolerable o daño cerebral irreversible, con preservación artificial indefinida, viendo todas las implicaciones del caso: sufrimiento innecesario y prolongado para el paciente y sus familiares, gasto económico excesivo (que lleva a la familia del paciente a la quiebra económica), incomodidad y futilidad de los esfuerzos por traernos de regreso a la vida, etcétera. Tal vez lo conducente sería iniciar por manifestar por escrito y legalmente nuestra voluntad anticipada. En todo caso, y pensando ahora a futuro, esperamos avanzar pronto hacia una legislación federal que contemple la autonomía (de mayoría de edad, esperemos) para nuestra comunidad, con adopción de una legislación de eutanasia auténtica para todos, que respete la integridad de las personas: física (en tanto sea necesario), psíquica y espiritual, como sucede ya en los países más desarrollados en estos temas, que nos llevan claramente la delantera. Las voluntades anticipadas en todo caso son un primer paso en la dirección correcta.

@bioeticaunam  

* Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinón de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentrio, réplica o crítica es bienvenido.

Referencias

1.”Muerte Digna. Una oportunidad Real”. Memoria. 2008. Secretaría de Salud. Comisión Nacional de Bioética.

  1. Pérez Tamayo, Ruy. El médico y la muerte. Seminario sobre Medicina y Salud. 2002. Consultado aquí el 1/12/17.
  2. Pérez Tamayo, Ruy. Ética médica laica. FCE, El Colegio Nacional, 2002.
  3. Consultado aquí el 1/12/17.
  4. Consultado aquí el 1/12/17.
  5. Consultado aquí el 1/12/17.
  6. Voluntades Anticipadas: Reflexiones Bioéticas Sobre el Final de la Vida. Comisión Nacional de Bioética. Consultado aquí el 1/12/17
  7. Historia del derecho a morir dignamente. La fundación de la Asociación Federal del Derecho a Morir Dignamente. Consultado aquí el 1/12/17.

 

[i] La II Asamblea General de la Asociación Médica Mundial, que se reunió en la ciudad de Ginebra del 8 al 11 de septiembre del corriente año (1948), considerando que los actos inhumanos perpetrados por algunos médicos durante estos últimos años implican un desconocimiento o un lamentable quebrantamiento de la ética profesional y que urge restablecer a éstas en toda su dignidad, aconsejó que los médicos presten, al recibir sus diplomas, un juramento hipocrático modernizado.

 

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