Las víctimas del ruido oceánico

Sabemos del placer que da la proximidad y el contacto con animales que en la cotidianidad son ajenas a nuestro entorno, pero no hemos pensado en las implicaciones bioéticas que esto conlleva, como el constante estrés que les genera ser perseguidos por largos trayectos, en embarcaciones con motor.

Por: Susana Cruz

Ante el deterioro de los espacios naturales y la necesidad de sensibilizar a la sociedad sobre la conservación de la biodiversidad, una de las alternativas al turismo convencional es el ecoturismo, el cual desarrolla actividades sin alterar el equilibrio de la naturaleza. Una de las más gratificantes es la observación de fauna marina (ballenas, delfines, tiburones, etcétera) en su hábitat; sin embargo ¿has pensado lo que conlleva la invasión de sus espacios?

Sabemos del placer que da la proximidad y el contacto con animales que en la cotidianidad son ajenas a nuestro entorno, por lo que hemos determinado que observar e interactuar con algunas especies marinas es una experiencia imperdible sin detenernos a pensar en las implicaciones bioéticas que esto conlleva; por ejemplo, el constante estrés que les genera ser perseguidos por largos trayectos, en embarcaciones con motor, hasta conseguir el objetivo: el mayor acercamiento posible. Incluso, no hemos reflexionado en las consecuencias a los ecosistemas al exponerlos a actividades acuáticas de recreación o deportivas en las que también se utilizan diversos medios motorizados.

En cuanto a la normatividad, comenta la doctora Yolanda Alaniz de la organización Conservación de Mamíferos Marinos de México (COMARINO), “en México se dan avances en las regulaciones sobre el número de avistamientos, pero no se han preocupado por el ruido”, un tema que necesita atención inmediata.

Desde hace tiempo se ha denunciado el impacto negativo que diversas acciones antropogénicas generan en los océanos; por ejemplo, la descarga de aguas residuales de las industrias, el vertimiento de químicos, petróleo y otros contaminantes de grandes embarcaciones, el crecimiento de desarrollos turísticos, la sobre pesca y los millones de toneladas de plásticos que se disponen de manera incorrecta; acciones que ocasionan graves e irreversibles daños en los ecosistemas marinos.

Ante ello, a nivel internacional, se han buscado medidas que regulen ciertas actividades nocivas. De esta forma, en 1972, la Organización de las Naciones Unidas promovió la firma de la Convención de Londres, tratado internacional que creó un sistema para proteger el ambiente marino de la contaminación causada por la constante derrama de sustancias y materiales; sin embargo, debido a la falta de una estricta legislación que sancione a los infractores, a las autoridades laxas y al incremento de actividades industriales, la situación empeoró.

Pero existe otro gran problema del cual poco se sabe y representa una peligrosa amenaza para la biodiversidad marina: el ruido oceánico. Para comprender su gravedad es necesario diferenciar entre el sonido y el ruido. Leslie Allen señala en el sitio web de National Geographic que “[…] las profundidades están a oscuras, pero no en silencio; están llenas de sonidos. Las ballenas y otros mamíferos marinos, peces e incluso algunos invertebrados dependen del sonido, que viaja mucho más lejos en el agua que la luz”; es decir, el sonido oceánico es la forma en que las especies acuáticas se comunican, se orientan, buscan alimento, delimitan su territorio, se reconocen, detectan depredadores y se llaman para aparearse: es la sinfonía fundamental de su vida.

Por otro lado, el ruido oceánico es el resultado de acciones humanas que afectan e irrumpen el sonido natural. Mark Simmonds, director científico de la Whale and Dolphin Conservation Society (Sociedad para la Conservación de Ballenas y Delfines), asegura que “[…] es como el efecto que se produce en cualquier fiesta: tienes que hablar cada vez más alto hasta que llega un momento en que nadie puede escuchar a nadie”, Reuters.

De igual forma, la doctora Alaniz señala que una de las más dramáticas afectaciones son los encallamientos masivos de delfines, de los cuales existen investigaciones que demuestran ser consecuencia de afectaciones por la contaminación acústica marina; sin embargo, se han explicado como “infección de oído” “desorientación” o “seguimiento de líder” desligando así este fenómeno de la responsabilidad humana.

De acuerdo con el documental Sonic sea de la International Fund for Animal Welfare (IFAW), en los últimos 100 años el ruido oceánico se ha incrementado en niveles insostenibles teniendo las siguientes fuentes principales:

SHIPPING.– Es el ruido causado por el constante andar de motores y hélices de los barcos. De acuerdo al IFAW, “[…] el problema con estos ruidos es que dominan los rangos de frecuencia entre 20 y 300 hertz, el mismo utilizado por muchas especies de ballenas. Esto hace que sea difícil comunicarse y aún más peligroso distinguir los ruidos de los barcos con los sonidos naturales.”

SEISMIC.– Los estudios sísmicos que se realizan en la exploración para la extracción de petróleo y gas, utilizan explosivos que descargan ruidos extremadamente intensos hacia el fondo del mar. Su constante utilización desplaza de sus hábitats a ballenas y otras especies.

SONAR.- Es el principal sistema de detección a grandes distancias de submarinos que genera ruidos muy potentes. Estos son causantes de alteraciones de comportamientos, pérdida temporal en la audición, daños permanentes en los tejidos y encallamiento de diversas especies marinas.

Un gran paso a considerar, es que en la próxima reunión del UNICPOLOS (United Nations Open-ended Informal Consultative Process on Oceans and the Law of the Sea), a celebrarse en mayo próximo, el ruido oceánico será una tema importante a discutir. Pero después de todo este ruido ¿seremos capaces de considerar la problemática y hacer algo al respecto? Apoyar a las organizaciones que luchan por regular las prácticas que generan contaminación acuática es un avance, pero es más importante la responsabilidad ética con los ecosistemas marinos y con los individuos que allí viven. ¿Tendremos el valor de adquirir un compromiso real con el océano y prescindir de prácticas, que si bien nos brindan diversión, a la biodiversidad marina le representan graves afectaciones e incluso la muerte? Es necesario reflexionar sobre las necesidades creadas que como humanos tenemos y saber que llevarlas a cabo afecta las necesidades vitales de otros animales.

* Lourdes Susana Cruz Aguilar es licenciada en derecho con estudios de maestría en Medio Ambiente y Desarrollo y cuenta con otros estudios en educación ambiental para la sustentabilidad, en herramientas para la conservación y de turismo de la naturaleza. Se desempeña como profesionista independiente y es activista por la defensa animal y ambiental.

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