Errar también es de… ¿médicos?

El error, forma parte intrínseca del desarrollo mismo de la ciencia; es un fenómeno que depende de circunstancias inesperadas. La medicina, es susceptible de errores, sobre todo al pasar de la teoría a la práctica; sin embargo los médicos tienden a ser satanizados al cometer una equivocación.

Por: Tania Hernández (@nimal_bioetico)

Con mayor frecuencia, “los medios de comunicación muestran una clara tendencia a magnificar los errores médicos.”[1] Las noticias con evidentes tintes amarillistas han generado una criminalización del error en la práctica médica, y por si fuera poco, quienes tienen acceso a estas notas tendenciosas satanizan a los profesionales de la salud sin tregua alguna, sin antes detenerse a pensar en los posibles factores que pudieron llevar al médico a errar.

Si bien es innegable que hay errores médicos evitables, muchos de ellos son en realidad accidentales, pues “la práctica de la medicina conlleva el riesgo de provocar daños (involuntarios) incluso en las mejores circunstancias.”[2] Es necesario, pues, detenernos a pensar objetivamente –y no solo a través de pensamientos morbosos y amarillistas–, qué implica de manera general el error y cuál es la importancia de no criminalizarlo en la práctica médica.

El error, tal como describía Paul Feyerabend[3] a finales de siglo XX, forma parte intrínseca del desarrollo mismo de la ciencia; es un fenómeno histórico que depende de circunstancias altamente inesperadas. La denominada “teoría del error”, por contradictoria que parezca, ha sido necesaria para los aciertos científicos a lo largo de la historia. En este sentido, la ciencia −como cualquier otro constructo humano−, es susceptible de errores, sobre todo cuando pasa de la teoría a la práctica. En palabras del propio Feyerabend: “La ciencia como realmente la encontramos en la historia es una combinación de reglas y de error. De lo que se sigue que el científico […] debe aprende a reconocer el error y a convivir con él, teniendo siempre presente que él mismo está sujeto añadir nuevos errores.”[4]

Negar el conocimiento generado a partir de errores surgidos durante el progreso de las ciencias, no sólo sería absurdo, sino también inútil: la experiencia que se ha ganado con ellos se ha traducido regularmente en aciertos. La obsesión por la exactitud y la infalibilidad científica ha llevado a estigmatizar el error, sobre todo cuando se trata de las ciencias médicas; sin embargo, ante tal estigma conviene recordar que el error no es más que la expresión de la falibilidad humana ante sus decisiones en circunstancias inevitablemente inexperimentadas.

Las situaciones desconocidas que en algún momento enfrenta todo científico, lo colocan siempre ante la posibilidad de errar. Como señala Feyerabend, “el mundo que deseamos explorar es una entidad en gran medida desconocida”, y es en este desconocimiento que el error no debería resultarnos ajeno, sino completamente natural.

Por otro lado, según Feyerabend, los errores científicos no son simples sucesos accidentales, ni meras consecuencias por falta de conocimiento o de descuidos, son hechos necesarios para el progreso de la ciencia. En el contexto específico de las ciencias médicas es necesario entender que los errores teóricos y prácticos cometidos a lo largo de la historia han formado parte esencial de su progreso. Es evidente que la necesidad de tal aceptación no la hace fácil, pues ni como médico, ni como paciente nos parece grato admitir que en la práctica médica pueda haber errores, cuando pareciera que la finalidad de la medicina es justo lo contrario; sin embargo, las probabilidades del error médico están siempre tan latentes como los aciertos.

Por otra parte, es vital señalar que aunque pareciera que el error depende única y exclusivamente del médico –intentando así poner en duda su capacidad y profesionalismo−, estos también se deben a otros factores (sobre todo en el sistema de salud mexicano[5]), por ejemplo: inexperiencia médica, insuficiencia de recursos, procedimientos mal sistematizados, desorden administrativo, cansancio por jornadas de hasta 36 horas de trabajo (como pasa con los médicos internos, por ejemplo), y presiones laborales, familiares y psicológicas, entre otros.

Por todo ello, me parece pertinente exhortar a no mirar más en los médicos una condición de seres infalibles, omnipotentes y omniscientes; los galenos, en su condición humana, tienen tanta posibilidad de errar como cualquiera. Cuando el error médico sucede, pese a cumplir de manera ética e integral la serie de protocolos pertinentes para la atención a los pacientes, debemos preguntarnos si es justa la criminalización mediática y social que padecen. Ante los juicios que señalan al médico como criminal cuando comete un error, es menester recordar que errar, también es de médicos.

 

* Tania Hernández es estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras, y colaboradora del Seminario Permanente de Bioética y del Programa Universitario de Bioética, todos de la UNAM.

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinón de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentrio, réplica o crítica es bienvenido.

 

Referencias:

[1] Rivero Serrano, Octavio y Paredes Sierra, Raymundo coordinadores. Ética en el ejercicio de la medicina. México, UNAM y Editorial Panamericana, 2006.

[2] Idem.

[3] Feyerabend, P. K. (1989). Contra el método: esquema de una teoría anarquista del conocimiento (Francisco Hernán, trad.). Barcelona: Ariel.

[4] Idem.

[5] Rivero Serrano, Octavio. Ética en el ejercicio de la medicina.

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