Peces, ¿individuos sintientes?

La “sintiencia animal” es la capacidad de los animales de experimentar estados afectivos positivos o negativos; sin embargo, tanto en la reflexión académica como en el activismo, poca es la atención que se da a los peces; de hecho, hasta hace poco se discutía si son capaces de sentir dolor.

Por: Rebeca Pérez Flores

 

Desde que el filósofo Peter Singer publicó, en 1975, el libro Liberación animal, mucho se ha avanzado en torno al movimiento internacional por los derechos de los animales. Esta obra es reconocida por la mayoría de los interesados en el tema como un catalizador que impulsó el tema tanto en la academia como en el activismo a nivel mundial.

Actualmente, la introducción de un nuevo concepto científico ha dado sustento al argumento de que los animales no humanos merecen protección jurídica y consideración moral. Ese concepto es la “sintiencia animal” definida como “la capacidad de los animales no humanos de experimentar estados afectivos positivos o negativos”; sin embargo, estos avances no han impactado de igual manera a todos los animales no humanos.

Por ejemplo, tanto en la reflexión académica como en el activismo, poca es la atención que se da a los peces; de hecho, hasta hace poco se discutía si son capaces de sentir dolor, pero la evidencia es clara: numerosos estudios científicos han demostrado que sí tienen esa capacidad, gracias a que poseen receptores específicos conocidos como nociceptores, que son estructuras que permiten percibir los estímulos de naturaleza desagradable (altas temperaturas, presión intensa y químicos cáusticos). Así, el contacto con sustancias nocivas afecta su fisiología y comportamiento sugiriendo que sienten incomodidad; son susceptibles a la acción de analgésicos como la morfina que los hace menos sensibles al calor, a la electricidad, al ácido y a otros químicos nocivos, además, ante la administración de una droga antagonista al analgésico, los peces reaccionan al dolor. (1,2,3,4)

Estas evidencias científicas no se limitan a esos descubrimientos. Gran cantidad de estudios demuestran que, además de sentir dolor, los peces también tienen experiencias subjetivas, lo que los hace individuos sintientes.

El etólogo Jonathan Balcombe en su conferencia “Most eaten, least respected: the rich lives of fishes”, presentó la evidencia que demuestra que algunas especies de peces tienen vidas mentales y capacidad cognitiva, usan herramientas, son susceptibles a las ilusiones ópticas, poseen buena memoria y reconocimiento facial, buscan su bienestar liberando estrés, caen en depresión, expresan personalidad, establecen comunicación con otras especies, tienen apreciación estética, comportamientos virtuosos, asociaciones simbióticas basadas en confianza, inteligencia maquiavélica y, además, buscan placer.

Desde el punto de vista puramente científico el tema resulta fascinante e importante, pero la discusión no debe limitarse a un mero asunto técnico. En 1789 el filósofo Jeremy Bentham desarrolló una idea que ha sido central en los debates sobre bienestar animal: “Cuando consideramos nuestras obligaciones éticas con otros animales, la pregunta más importante no es ¿pueden razonar?, ni ¿pueden hablar?, sino ¿pueden sufrir?”.

Si reconocemos que los peces son individuos sintientes, y siendo congruentes con los avances en materia de derechos animales para otras especies sintientes, resulta innegable la necesidad de otorgarles protección jurídica y consideración moral, ya que millones de millones son matados para servir de alimento, como si no importara lo que les sucede.

De acuerdo con la organización civil del Reino Unido por el bienestar de los peces, Fishcount.org, un estimado de entre 0.97 a 2.7 billones de peces por año fueron capturados a nivel mundial entre 1999 y 2007. En otro estudio (5) de la misma organización, se estima que el número de peces de granja matados en 2010 para alimento fue de entre 37 y 120 mil millones de individuos, comparados con los 63 mil millones de mamíferos y aves de granja que tuvieron el mismo destino y para quienes sí existen leyes de protección y activismo que buscan mejorar sus condiciones y promover la reflexión en la sociedad respecto a su consumo.

Este número equivale, al menos, a 12 veces la población humana, mostrando el dilema ético al que nos enfrentamos por consumirlos y la urgencia de legislar a favor de ellos para garantizar su bienestar está pendiente.

Resulta innegable la necesidad de replantearnos la forma en la que el humano se relaciona con ellos, desde el desarrollo e implementación de leyes que garanticen su bienestar, la reflexión académica, el activismo que integre la lucha por los derechos de estos animales no humanos e incluso la necesidad de que cada uno se cuestione sobre la necesidad de seguir matando peces para su consumo.

 

* Rebeca Pérez Flores es química fármacobióloga con estudios en Bioética, en medio ambiente y en educación ambiental. Se desempeña como profesionista independiente y es activista por la defensa animal y ambiental.

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinón de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentrio, réplica o crítica es bienvenido.

Referencias

  • Sneddon, Lynne U., Braithwaite, Victoria A., Gentle, Michael J. (2003) Do fishes have nociceptors? Evidence for the evolution of a vertebrate sensory system. The Royal Society. 270: 1115-1121.
  • Sneddon, Lynne U. (2003) Evidence for pain in fish: The use of morphine as an analgesic. Applied Animal Behaviour Science. 83: 153-162.
  • Ehrensing, R and Michell, G. (1981) Similar antagonism of morphine analgesia by Mif-1 and Naloxona in Carassius Auratus. Pharmacology Biochemistry and Behaviour. 17: 757 – 761.
  • Correia Ana D., Cunha Sérgio R., Scholze Martin, Stevens E. Don. (2011) A novel behavioral fish model of nociception for testing analgesics. 4: 665 – 680.
  • Mood A and Brooke P. (2012) Estimating the number of farmed fish killed in global aquaculture each year. org.uk

 

 

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