Sobre los cambios al sistema de donación de órganos

La “donación presunta” resulta un mero eufemismo para disfrazar una toma u obtención quasi-obligatoria de órganos provenientes de personas con pérdida de la vida, por decisión de Estado. Si no hay una decisión voluntaria hecha por el sujeto, no se puede hablar de donación.

Por: Patricio Santillan-Doherty

El concepto ético de donación de órganos para trasplante

Los órganos y tejidos para trasplante son un recurso biomédico escaso proveniente de seres humanos que, si las circunstancias son apropiadas, algunas de estas personas pueden convertirse en proveedores de esos órganos y tejidos.  En ejercicio de nuestra autonomía, podemos tomar una decisión voluntaria y donar algún tejido u órgano siempre y cuando el daño potencial secundario lo permita (nuestro país permite, y estimula, la donación de sangre ya que es un recurso biológico valioso y el daño derivado del acto se reduce a la pinchadura de una vena). Incluso se permite la donación de un órgano par como el riñón cuando éste se realiza de forma voluntaria, sin coerciones y de una manera altruista (sin recibir ningún tipo de pago). Estos mismos conceptos (ejercicio de la autonomía mediante un acto voluntario y altruista) aplican para la donación de otros órganos sólidos (hígado, corazón, pulmones, páncreas, intestino o ambos riñones) y varios tejidos (córneas, hueso, segmentos de arteria, etc.).

Pretender donar en vida estos órganos/tejidos trasgrede el principio de no maleficencia (no hacer daño) porque atenta en contra del interés primordial de las personas de preservar su vida. La solución parcial al dilema es pensar que la toma de órganos sólo se justifica si esta no compromete intereses primordiales de la persona; esta situación se da cuando la persona ha perdido ya la vida y es lo que se conoce como la regla del donador muerto. De esto deriva la concepción moderna de definir la pérdida de la vida cuando se destruye irreversiblemente el encéfalo (contemplada en la Ley General de Salud mediante los criterios encefálicos de pérdida de la vida; artículo 334). Esta es una regla ética primordial intuida legendariamente por Cosme y Damián hace mil quinientos años, pero iniciada en su versión moderna por Mollaret (coma depassé) y desarrollada operativamente a partir de los trabajos del Comité ad hoc de Harvard al definir el coma irreversible en 1968. Así, el coma irreversible (los criterios encefálicos de pérdida de la vida mencionados en la Ley General de Salud), es una situación en donde se pueden tomar los órganos de un paciente para ser usados en trasplantes sin afectar sus intereses primordiales ni generar un daño vital ya que se le ha declarado muerto (el donador cadavérico).

La donación exige una decisión voluntaria

Donación se define como la “liberalidad de alguien que transmite gratuitamente algo que le pertenece a favor de otra persona…”. En otras palabras se trata de alguien que da algo de manera voluntaria y altruista. Sin el ejercicio de la autonomía mediante un acto voluntario (ausente de presiones o coerciones) no es posible hablar de donación. De la misma forma, en ausencia de gratuidad y por consecuencia altruismo, esto es sin recibir nada a cambio, tampoco se puede hablar de donación. En todo caso se hablará de toma, obtención, extracción, compra-venta, trueque o robo; sin voluntariedad y altruismo la donación deja de ser.

Bajo estos conceptos, el “donador muerto” sólo puede serlo si ha tomado una decisión al respecto (autonomía/voluntariedad) antes de encontrarse en esa situación. Es lo que nuestra Ley establece como “donación expresa”. Esa decisión (expresión) se puede manifestar de manera objetiva a través de directivas anticipadas ya sea escritas (voluntad anticipada, voluntad firmada en su licencia de manejo, tarjeta de donación de órganos, etc.), o bien de tipo oral (indicaciones o manifestación de deseos a familiares, amistades personas conocidas como médico personal, sacerdote o consejero espiritual, etc.). Esto se conoce como criterios de juicio subjetivo ya que es a través del mismo sujeto que conocemos la expresión de sus deseos.

Sin embargo frecuentemente las personas caen en criterios encefálicos de pérdida de la vida (regla del donador muerto) sin haber manifestado sus deseos; en estas circunstancias es necesario un acercamiento a los deseos del sujeto mediante aplicación de criterios de juicio sustitutivo a través del análisis de supuestos que aplican al mismo sujeto (¿qué haría él o ella?, ¿qué conocemos de ella/él a través de familiares, amistades, conocidos?). En la realidad nos encontramos ante un “donador muerto” del cual requerimos una decisión voluntaria sobre la donación de sus órganos (tratándose de sus bienes materiales no osaríamos tocarlos sin conocer qué dispuso la persona sobre ellos).

La voluntariedad, entonces, resulta paradigmática para poder hablar de donación. En la actualidad, ante una situación de potencial donación de órganos en donde encontramos evidencia de una decisión voluntaria siempre se habla con los deudos cercanos de la persona para solicitar su acuerdo con la voluntad del individuo. Solicitar a la familia que “done los órganos” de su familiar fallecido es una aberración ética y legal ya que ellos no están en capacidad ni derecho de tomar esa decisión (como tampoco lo harían si les pidiéramos que donaran la casa o sus pertenencias a instancias distintas de lo que haya establecido el fallecido).

La solicitud de acuerdo de respetar los deseos del donante (que tomó una decisión voluntaria demostrada a través de criterios de juicio subjetivo o bien sustitutivo) se convierte entonces en acto de respeto al dolor de los deudos por solidaridad, empatía y compasión; si a pesar de la demostración positiva bajo los criterios de juicio subjetivo o sustitutivo mencionados, la familia esta reticente para aceptar la donación o bien se niega a hacerlo, el grupo de procuración de órganos asume esa postura y no obtiene los órganos (a pesar de que bajo criterios meramente legales pudiera haber una voluntad manifiesta en una licencia o tarjeta de donación que justificara la extracción de los órganos). Esta es una actitud prácticamente universal (y es lo que sucede en nuestro país y en países de avance importante en materia de trasplantes como España, Francia, Hungría, Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, etc.).

La “donación tácita, presunta o presumida” NO puede llamarse donación

Por lo expuesto anteriormente, si no hay una decisión voluntaria hecha por el sujeto (y manifestada mediante criterios de juicio subjetivo o sustitutivo) no se puede hablar de donación. Suponer que alguien ‘consiente en donar’ sus órganos en esta situación corre el riesgo de que se cometa una equivocación moral si fuera la situación de que realmente no lo quisiera hacer.

Desafortunadamente en ausencia de criterios de juicio subjetivo o sustitutivo (incluso en presencia de estos últimos si fuesen muy poco consistentes), se corre el riesgo de equivocación moral y si erróneamente se toman los órganos de una persona que en vida no deseaba donarlos (a pesar de que estos ya no le son de utilidad –regla del donador muerto), entonces contravenimos los deseos póstumos del afectado y trasgredimos su autonomía generando un daño moral. Si a eso le agregamos la falta de aceptación de la familia para el asunto, se complica la cuestión de tal manera que adoptar tal postura corre el riesgo de ver disminuida la colaboración de la sociedad en la donación de órganos.

Estos fenómenos han sido detectados (p.ej.: Holanda), y esa es la razón por la que países con alta tasa de obtención de donaciones no siguen dicha práctica a pesar de tenerla establecida legalmente. Uno podría pensar que una sociedad homogénea, con un índice elevado de calidad y acceso a la salud (sistema universal de atención médica), podría llegar a generar consenso y establecer legislación para considerar a todos sus miembros como proveedores de órganos (incluso con la opción de salir si se tomase la decisión a tiempo). Aún así sería difícil referirse a los ciudadanos como “donadores” sino más bien como “proveedores de órganos”. Sin embargo, ante tal sociedad utópica donde todos acuerdan por ley proveer órganos para trasplante porque asumen la bondad del asunto, ¿cuál sería la necesidad de generar una figura riesgosa de donación presunta y con una percepción de obligatoriedad si de antemano sabemos que al preguntar estarán con muy alta probabilidad de aceptar de cualquier forma –ya que están inherentemente de acuerdo con el asunto–?

La heterogeneidad mexicana incrementa el riesgo de equivocación moral

Establecer una suposición de aceptación de donación (voluntariedad/altruismo) para todos los miembros de la sociedad mexicana entabla riesgos importantes. En una sociedad plural habrá personas que decidan en un sentido o en otro opuesto. Se conoce que el 67 % de las donaciones propuestas finalmente no son aceptadas por la familia por razones diversas. Pretender hacer tabla rasa y suponer que el 100 % de las personas “donan sus órganos/tejidos” (“donación presunta”), conlleva un muy alto riesgo de equivocación moral si consideramos que esos potenciales proveedores de órganos se ven reflejados en esos dos tercios de las familias que no aceptan la “donación”. El riesgo de cometer una trasgresión ética es alto y esto puede tener repercusiones sociales graves con consecuencias negativas para la causa de la donación verdadera de órganos.

Entonces la “donación presunta” resulta un mero eufemismo para disfrazar una toma u obtención quasi-obligatoria de órganos provenientes de personas con pérdida de la vida por criterios encefálicos (e incluso cardiacos), por decisión de Estado (en el sentido amplio de la palabra). Esto corre el riesgo social de ser interpretado como un acto de autoritarismo y ser poco aceptado por la sociedad a largo plazo. Encima de todo, esto se encarga al sistema de salud y sus miembros (médicos, cirujanos, procuradores de órganos, enfermeras, trabajadoras sociales, etc.), los cuales sufrirán de primera mano el potencial embate de una sociedad desconfiada.

Por todo lo anterior, resulta complicado pensar que la sustentación ética de la suposición de que todos somos donadores pueda ser aceptado por la sociedad mexicana. Presenta riesgos que afectarán negativamente el desarrollo de programas que ha costado mucho esfuerzo implementar en nuestra nación.

 

* Patricio Santillan-Doherty es presidente del Colegio de Bioética, A. C.

 

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