Agua de todos, agua para pocos

Tener agua se ha convertido en un lujo. Se trata de un problema lleno de inequidades y contradicciones donde por un lado hay exceso y derroche de agua en algunas regiones frente a la escasez de otras, afectando no sólo a las grandes ciudades, sino también a hábitats y ecosistemas enteros.

Por: Elizabeth Téllez

En su artículo “Agua para principiantes”, Julia Carabias explica que hasta hace poco fuimos educados con la falsa idea de que el agua es un recurso natural renovable ilimitado. Así, se han construido ciudades enteras drenando y desecando lagos, abusando de la extracción del agua de los acuíferos. Recientemente se describieron las cinco causas por las que la Ciudad de México puede quedarse sin agua:

1) sobreexplotación del acuífero que provoca colapsos por agrietamiento del subsuelo

2) fugas por infraestructura vieja y poco mantenimiento

3) se extrae más agua de la que se repone para evitar inundaciones

4) el desperdicio de agua de lluvia

5) crecimiento descontrolado. Adicional al crecimiento de las megalópolis

Según expone Carabias, se producen alimentos de origen animal y vegetal desperdiciando millones de litros de agua. Además, se interrumpe el flujo de los ríos para construir presas, se destruyen manglares y humedales para establecer pastizales y cultivos, se deforestan selvas y bosques, y se usan los ríos como drenajes de desechos urbanos. Así, esta industria contamina el agua o la obstruye con diques evitando que plantas y animales la reciban.

Todo esto ha sido explicado, advertido y señalado en múltiples ocasiones, pero sólo hasta que nos afecta directamente nos preocupamos: cuando empieza a faltar el agua, cuando descubrimos que su calidad es cada vez peor y cuando observamos que se distribuye de manera desigual.

En los últimos meses, hemos recibido poco o nulo aporte de agua en diferentes puntos de nuestra ciudad. No es un secreto que la reserva mundial de agua ha disminuido (CDMX ante el mismo escenario de Ciudad del Cabo). También es de todos conocido que la crisis del agua en CDMX se vincula al boom inmobiliario. Particularmente, he sido afectada con la escasez de agua, ya que vivo en una zona donde se están construyendo múltiples edificios nuevos, así que disponemos de un par de horas en la noche y otro par de horas en la mañana muy temprano para apartar el agua que requerimos para las necesidades básicas. Lo inaudito es que algunas de las nuevas edificaciones, claramente de lujo y de hasta 26 pisos, cuentan con amenidades como albercas, cuando a pocos metros, las unidades habitacionales circundantes son afectadas. Tener agua se ha convertido en un lujo.

Se trata de un problema lleno de inequidades y contradicciones donde por un lado hay exceso y derroche de agua en algunas regiones frente a la escasez de otras, afectando no sólo a las grandes ciudades, sino también a hábitats y ecosistemas enteros. Esto se convierte en un problema ético en tanto que se rompen las relaciones de convivencia en el sentido biológico, ecológico y social lo que reduce las posibilidades de vida plena, como advirtió el padre de la ética ambiental, Aldo Leopold. Este ecólogo ambientalista criticó la conducta antisocial de los humanos y cuestionó:

¿A quién amamos, cuidamos y respetamos? Ciertamente no al suelo con todo lo que estamos enviando sin orden ni concierto río abajo; por supuesto que no a las aguas que suponemos no tienen ninguna función, excepto para impulsar las turbinas, flotar barcazas y llevar aguas residuales; no a las plantas pues exterminamos comunidades enteras sin siquiera parpadear; no a los animales, a quienes hemos extinguido muchas de las más grandes y hermosas especies. (1)

Esta fue una de las primeras llamadas de atención sobre el severo impacto antropogénico en los ecosistemas. Sin embargo, la modernidad nos separa de la toma de consciencia sobre las severas alteraciones ecológicas que hemos ocasionado, ya que lo vemos distante debido a todas las comodidades que nos brinda la tecnociencia. Cuando se pierden esas comodidades como, por ejemplo, la falta de agua, exigimos a los gobiernos que lo resuelvan con las nuevas tecnologías, pero eso no resuelve el dilema, se requieren acciones más comprometidas de los particulares y mayor vinculación con nuestro entorno.

Jorge Riechmann plantea un par de soluciones.(2) En primer lugar, y reconociendo que hay limitadas provisiones en la Tierra, tendríamos que replantear la forma de residir autolimitándonos, limitando el tamaño de los sistemas socioeconómicos de forma que podamos vivir bien pero con menos (menos edificios, menos albercas dentro de los edificios, menos población concentrada en las grandes ciudades, abordar el tema de la sobrepoblación con responsabilidad y más reservas ecológicas), limitando la extracción del recurso hídrico a la capacidad de renovación de los cuerpos de agua y reduciendo las descargas de aguas residuales a la capacidad de asimilación de estos mismos. ¡Menuda labor!

Riechmann entiende que la autoconteción no es fácil; por lo tanto, ofrece una segunda opción que no es independiente de la primera, pero más factible de lograr y que ya se realiza en diversas regiones del mundo con mayor o menor éxito. Dicha propuesta es la biomímesis, es decir, vivir en armonía con la naturaleza imitándola en algunos rasgos, de tal forma que la tecnosfera sea más compatible con la biosfera. Así, se podría rediseñar la urbe, construyendo edificios con estructuras resistentes pero que pesan menos, que no usan mucha agua, que aprovechan el agua de lluvia y la luz del sol, que reciclan todo como lo hacen los ecosistemas (ecoarquitectura). Otras estrategias propuestas por este filósofo y ecologista involucran cambios normativos que fomenten sistemas más naturales como la agroecología, la ecoeficiencia, el cabildeo ecológico, las buenas prácticas de empresas que asuman su responsabilidad corporativa, la responsabilidad para distribuir los recursos con los animales no humanos y otras formas de vida y, por supuesto la educación ambiental.(2) A este cambio es al que debemos apostar ya que aunque requiere de mayor consciencia social, en tanto que impera la actitud antropocéntrica de que la tierra sólo es suelo y su función es la de producir mercancía. Se requiere el despertar de una conciencia ecológica para reconocer el valor intrínseco de la tierra que incluye el suelo, agua, plantas y animales, es decir, a la tierra como un colectivo. (1)

“Tomar agua nos da vida. Tomar conciencia nos dará agua”. Acción poética Quito.

La naturaleza es valiosa en sí misma pero también es verdad que tiene mucho valor de uso, pues tanto los humanos como otros seres vivos la necesitamos para sobrevivir. Para Leopold, es claro que no se puede evitar el manejo o uso de estos “recursos”, pero sí un derecho a la existencia continuada de lo natural mediante la limitación de nuestra libertad de acción y el continuo respeto por los otros miembros de la comunidad, sean humanos o no humanos; por lo que ya desde entonces, nos invita a una conducta social de plena cooperación donde no nos veamos como conquistadores de la Tierra, sino como un miembro más o ciudadano de ella. (1)

Por ello, el ambiente y la naturaleza deben ser usados responsablemente y protegidos al mismo tiempo. Existen afortunados casos en los que se han conferido derechos a la naturaleza. Los ríos “Whanganui” en Nueva Zelanda, “Atrato” en Colombia, “Ganges” en India y el parque natural “el Te Urewera” también en Nueva Zelanda han sido protegidos y son considerados “sujetos de derechos” con el fin de mantener su integridad, favorecer su descontaminación y resarcir los daños, restaurando al ecosistema y a las especies que ahí viven. Esta es la conclusión a la que llegó Leopold hace 70 años: “Una cosa es correcta cuando tiende a preservar la integridad, la estabilidad y la belleza de la comunidad biótica. No es correcta cuando no tiende a esos fines”. (1) Ojalá todos tomemos consciencia de ello, ya que el destino nos ha alcanzado, ojalá nos responsabilicemos y apliquemos las propuestas de autocontención y biomímesis en nuestra forma de residir, de distribuir los “recursos” y compartir el entorno con los demás. ¿Será posible una transición no violenta de la Tierra para adaptarse a este nuevo orden?

 

* Elizabeth Téllez estudia el posdoctorado del Instituto de Investigaciones Filosóficas y del Programa Universitario de Bioética, ambos de la UNAM.

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

Referencias:

1) Leopold, Aldo, Ética de la Tierra, en Almanaque del condado arenoso, Trad. Jorge Riechmann, Madrid, Catarata, 2000.

2) Riechmann, Jorge, Biomímesis, Madrid, Catarata, 2006.

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