¿Deberíamos elegir entre el bienestar humano y el de las gallinas?

Debemos reconsiderar el ver a la gallina solo como un objeto de producción de huevos y cubrir sus necesidades básicas de alimento y bienestar mental. ¿Es ético mantener a estos animales en jaulas, en condiciones de hacinamiento, sin la posibilidad de expresar sus comportamientos naturales?

Por: Fabiola Villela y Giuliana Miguel

Desde hace unos años, cuando el tema de gallinas libres de jaula llegó a México, se empezó a escuchar entre los productores de huevos y círculos de profesionales involucrados que esta “moda” era solo para países desarrollados. Su principal argumento señalaba que en México no se podía brindar un “mejor bienestar a una gallina” mientras se le quitaba la comida de la boca a un niño pobre.

Sin embargo, esta supuesta disyuntiva, en la que solo se puede velar por el bienestar de uno o del otro (del niño o de la gallina) es falsa. Podemos, y debemos, atender las necesidades de ambos. Hasta ahora se han elaborado campañas para disminuir la desnutrición en niños y mejorar las condiciones alimentarias de los mexicanos y las mexicanas; lamentablemente, poco se ha discutido y hecho con respecto a mejorar el bienestar de las gallinas ponedoras, de ahí que nuestro interés sea abordar este último punto.

La crianza de gallinas en jaulas se dio, no como una práctica creada para el bienestar de las mismas, sino como una práctica fácil y económica de los años de posguerra tanto en Estados Unidos de América como en algunos países de Europa. En esas naciones con una creciente población desempleada, era necesario crear una forma de producción animal que fuera económica (más animales en menor espacio y menor gasto energético) y fácil de manejar (animales que no se mueven). Por lo cual, este tipo de producción fue una alternativa económica sumamente atractiva; sin embargo, considerar únicamente valores económicos por encima del bienestar de seres sintientes, de los que tanto recibimos, es una injusticia que debemos atender.

Como una sociedad que reflexiona de manera crítica y racional sobre lo que nos acontece a diario, debemos reconsiderar esta práctica pues ver a la gallina como un objeto sin más propósito que la producción de huevos, conlleva solo a cubrir sus necesidades básicas de alimento e ignorar sus necesidades de comportamiento y de bienestar mental. Desde los años setentas se ha venido acumulando investigación que muestra a estas aves como seres sintientes,[1] y con procesos cognitivos que les permiten aprender y entablar relaciones sociales, similares a las observadas en mamíferos. Esto último nos abre la puerta a preguntarnos: ¿es ético mantener a estos animales en jaulas, en condiciones de hacinamiento, sin la posibilidad de expresar sus comportamientos naturales (como extender las alas, picotear o caminar)?

Primero tenemos que hacer un breve análisis de lo que sabemos sobre estas aves en cuanto a sus capacidades cognitivas y a sus necesidades de bienestar. Se reconoce que la diferente organización neurológica de su cerebro no disminuye la capacidad de dolor, sufrimiento, aprendizaje o comunicación compleja observada en otras especies. Se ha demostrado que las gallinas modifican su comportamiento ante procedimientos dolorosos o cambios de temperatura en el ambiente como, por ejemplo, cuando se les recorta el pico lo esconden o disminuyen el picoteo o cuando sufren de fracturas (incrementan su actividad al recibir analgésicos), esto último muy común en gallinas en jaulas debido a la debilidad de sus huesos.

Las gallinas, además, han mostrado capacidades numéricas, de memoria y de autocontrol, que sorprenden a muchos. Lo más interesante, es que son seres capaces no solo de contar con jerarquías dentro de sus grupos y de reconocerse entre ellas dentro de estas jerarquías; sino que además, poseen una comunicación compleja que las ayuda a identificar a los individuos en sus grupos y a sus crías, inclusive saben cuándo estas últimas se encuentran en distrés (cuando un ser vivo es incapaz de adaptarse completamente a factores amenazantes o de demanda incrementada). Esto demuestra no solo la capacidad de expresar emociones en su comunicación, sino de empatía ante las emociones o temores de sus congéneres. Para hacer diversos estudios con estas aves, las gallinas tienen que aprender tareas simples y complejas, diseñadas muchas veces para niños. Es así como los investigadores demuestran su capacidad de aprender.

Por otro lado, se sabe que la jaula ocasiona varios problemas de bienestar como huesos frágiles que se fracturan fácilmente, y espacios reducidos que no le permiten estirarse o escapar de gallinas agresoras. Además, ocasionan frustración ya que estas aves no pueden expresar sus comportamientos naturales como treparse a una percha, hacer nidos, rascar y picotear por su alimento, o darse baños de arena. Por último, la crianza de estas aves en ambientes simples, sin estímulos y sin la posibilidad de comportarse naturalmente, les ocasiona problemas crónicos en la memoria corta.

Todas estas características hacen que las gallinas sean consideradas seres sintientes (de acuerdo con Peter Singer), poseedoras de una vida (siguiendo las ideas de Tom Regan) y con valor inherente (como lo señalan Tom Regan y Paul Taylor); por tanto, son dignas de consideración ética y moral. ¿Cómo podemos ignorar las necesidades vitales y el bienestar de seres capaces de experimentar dolor y sufrimiento, de percatarse de su entorno, de generar lazos entre sus congéneres y capaces de valorar su propia vida? ¿Mantenerlas en condiciones de hacinamiento, con poco enriquecimiento ambiental y con altos niveles de estrés permitirá salvar a millones de niños? La respuesta es: No. Insistimos, podemos y debemos de velar por la salud y el bienestar de quienes, sin importar a qué especie pertenecen, son capaces de sufrir.

Más aún, cabe señalar que esta forma industrializada de tener a las gallinas en condiciones de hacinamiento resulta contraproducente incluso desde una perspectiva económica, ya que el bajo bienestar causa problemas de salud en las gallinas provocando, incluso, que epidemias como la gripe aviar se propaguen y sea necesario tomar medidas contraepidémicas que incluyen la matanza de millones de individuos, tal como se dio en México en 2012. Lo anterior se debe, en parte, a que el protocolo de medidas de control epidémico conlleva la matanza de animales aparentemente sanos simplemente por haber estado expuestos al virus.

El precio barato de éste, y otros productos, no refleja el costo real de su producción y, por tanto, esto también resulta contraproducente para la población más vulnerable, incluyendo a los niños pobres, pues el deterioro ambiental y el despilfarro de recursos naturales (agua, nutrientes, alimentos, manejo de desechos fecales y orgánicos), afecta de manera directa a estas comunidades, ya sea por el deterioro o por la contaminación del ambiente.

Al comprar huevos de gallinas libres de jaula no le estas quitando el derecho a un niño pobre de comer como se merece, si no que estas apoyando a que las gallinas tengan una mejor calidad de vida, un ambiente digno donde vivir y un sistema basado en la ética. Este cambio en la producción del huevo podría ser parte de algunos proyectos de desarrollo sustentable de poblaciones que, quizá, permitan apoyar a los niños de menos recursos para que disfruten mucho más que de un huevo barato producido sin principios éticos. Esto definitivamente no es una “moda” de países desarrollados, es un cambio necesario que se basa en ampliar nuestro círculo de consideración moral hacia los otros seres con los que compartimos el planeta.

 

* Fabiola Villela es doctora en Bioética y responsable de Educación Continua del Programa Universitario de Bioética de la UNAM y Giuliana Miguel es maestra y doctora en Bienestar Animal, consultora e investigadora independiente de bienestar y comportamiento animal.

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

 

Referencias:

[1] Un ser sintiente es aquel capaz de sentir emociones positivas (comfort, alegría) y emociones negativas (dolor, frustración, temor).

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