¿Eutanasia vs cuidados paliativos?

Aquellos cuyas creencias no permitan concebirse como seres autónomos, libres de decidir sobre su vida, y con ello, sobre el final de ésta, tienen todo el derecho de prolongar sus enfermedades y sufrimientos aplazando así su inevitable cita con la muerte; a lo que no tienen derecho, es a querer que todos hagamos lo mismo.

Por: Tania Hernández

El pasado 29 de mayo el parlamento portugués debatió la posibilidad de despenalizar la eutanasia y el suicidio médicamente asistido. Por supuesto, las protestas públicas provenientes de grupos religiosos no se hicieron esperar. Entre los múltiples lemas bajo los cuales se intentó justificar el rechazo a la eutanasia hubo uno que, a juzgar por las fotos de las protestas, tuvo mayor relevancia: “cuidados paliativos sí, eutanasia no”.

De manera frecuente, quienes se pronuncian en contra de la eutanasia y en general de la muerte médicamente asistida, suelen hacer una defensa de los cuidados paliativos (CP) como si estos fueran la antítesis de la eutanasia. Ante ello es necesario preguntarnos: ¿realmente se contraponen?

La falsa dicotomía entre eutanasia y CP a la que suelen aducir los opositores de la primera, generalmente se presenta bajo esta “lógica”:[1]

Los CP son suficientes para aliviar el sufrimiento, con ellos los pacientes no necesitan pedir ayuda para morir, por tanto, hay que prohibir la eutanasia y sólo encargarnos de asegurar CP a todos los pacientes.

Sobre tal aseveración, errónea por supuesto, es menester señalar lo siguiente: en primer lugar, los CP no se contraponen en lo absoluto con la eutanasia, puesto que esta última -recordando la metáfora de Asunción Álvarez del Río- es sólo una salida de emergencia, la cual, habiendo agotado toda forma de cura y alivio para una enfermedad terminal, tomará únicamente quien quiera tomarla: nadie estará obligado a hacerlo. Por otra parte, es menester aclarar que la eutanasia y los CP deben ir necesariamente de la mano, puesto que los segundos forman parte de toda una gama de posibilidades con la cual sobrellevar una enfermedad terminal; la eutanasia es sólo la opción final, esa que queda cuando, quien así lo crea, ya no hay nada que hacer.

Por otro lado, los CP tienen límites y no siempre pueden ayudar a los enfermos; el dolor y el sufrimiento físico, psicológico y emocional de un paciente no siempre puede ser aliviado; tal es el caso de la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) o la Enfermedad de Alzheimer (EA), por mencionar sólo unos ejemplos. La ELA ocasiona la pérdida gradual de las células nerviosas que controlan las células musculares y, a medida que se pierden las neuronas motoras, los músculos que controlan se debilitan y después dejan de funcionar, hasta que la persona se paraliza y muere regularmente por complicaciones respiratorias. Por otra parte, la EA en su etapa avanzada se traduce en demencia, por lo cual se olvidan detalles acerca de hechos cotidianos, se pierde la noción de quién se es, se vuelve imposible reconocer a los miembros de la familia e incluso se imposibilita la capacidad de realizar actividades básicas cotidianas como comer, vestirse y bañarse.

Ante tal panorama es necesario preguntarnos ¿realmente podrían los CP aliviar el sufrimiento de alguien que no puede recordar quién es, cuál es su historia, quiénes son los seres que amó y que le amaron? ¿Cómo puede alguien, postrado en un cuerpo inmóvil, paliar el terror de saber que probablemente morirá por insuficiencia respiratoria en cualquier momento? Es verdad que los CP hacen llevadero el final de la vida en muchos de los pacientes terminales, pero no en todos. Para quienes los CP no sean opción y decidan que tampoco es soportable su sufrimiento, se deben garantizar otras alternativas con las cuales puedan tener una muerte digna, como la eutanasia o el suicidio médicamente asistido.

Asimismo, es necesario señalar que el hecho de que alguien tenga alivio en sus padecimientos estando en etapa final de su enfermedad, no implica necesariamente que entonces ya no tenga el deseo de poner fin a su vida (o a lo que quede de ésta); habrá quien desee no sólo paliar su sufrimiento, sino poner alto total al mismo, y ello es tan respetable como el hecho de que haya otros que decidan prolongar su sufrimiento indefinidamente.

Ahora bien, independientemente de que los CP fueran garantizados a todos aquellos pacientes cuyo final de la vida se vea impedido por una enfermedad terminal y que estos, en efecto, pudieran aliviar todos sus sufrimientos, nadie tiene derecho a decidir por otros cómo y hasta dónde tienen que soportar el sufrimiento que pueda causarle una enfermedad.

Aquellos cuyas creencias no permitan concebirse como seres autónomos, libres de decidir sobre su vida, y con ello, sobre el final de ésta, tienen todo el derecho de prolongar sus enfermedades y sufrimientos aplazando así su inevitable cita con la muerte; a lo que no tienen derecho, es a querer que todos hagamos lo mismo. Desde una perspectiva laica la respuesta a cómo queremos morir y cómo no queremos vivir, es algo que depende únicamente de cada uno. Las decisiones sobre el final de la vida no tienen por qué estar sometidas a la opinión de la sociedad, menos aún a las prohibiciones de un grupo religioso; el dolor, el sufrimiento y la enfermedad son vividos de manera individual, y en esa misma individualidad se debe tomar la decisión de cuándo es mejor, para uno mismo, dejar de vivir muriendo.

 

* Tania Hernández es pasante en Filosofía y ha impartido diez conferencias en distintas universidades en temas relacionados a la bioética. Actualmente es encargada de Redes Sociales en el Programa Universitario de Bioética y miembro del Seminario Permanente de Bioética, ambos de la UNAM.

 

Referencias: 

[1] Retomo algo de ello en: Asunción Álvarez del Río, Eutanasia y suicidio médicamente asistido ¿Cuál es el problema? Revista de Investigación Clínica / Vol. 66, Núm. 3

Close
Comentarios