A la deriva, entre ruidos marinos

La introducción de ruido al mar es un tipo de contaminación acústica que invade todos los océanos; es crónica y acumulativa, se agrava cuando nuestra concepción sobre el mar se limita a mirarlo solamante como un medio de comunicación, de transporte y, sobre todo, de diversión.

Por: Yolanda Alaniz Pasini

El ruido que los seres humanos estamos produciendo dentro del mar, daña y mata a muchas especies marinas, desde grandes ballenas hasta pequeños peces. Dependemos del mar, pero lo estamos aniquilando.

Nosotros, al igual que otros animales terrestres, requerimos de manera fundamental del sentido de la vista, y la transparencia del aire nos permite ver lo que tenemos enfrente. En cambio, las características del mar hacen que la vida sea completamente diferente. El mar es turbio y los animales marinos necesitan del oído para sobrevivir, para viajar, para comunicarse, para encontrar alimento y para escapar de los depredadores. Incluso, les es útil para encontrar pareja o para mantener los lazos madre-cría entre los mamíferos.

Así, los sonidos que escuchan son la propagación de una onda generada por una fuente que vibra; nosotros no nos percatarnos de ello porque la zona de contacto entre el agua y el aire constituye una barrera natural, pero el océano es un hábitat lleno de significantes acústicos para las especies.

Algunos sonidos graves (como el producido por las ballenas), viajan distancias más largas que las resonancias agudas (como las que producen las marsopas). Los sonidos naturales (producidos por el viento que genera las mareas, los temblores y los animales) se conocen como ruido de fondo y este se ha mantenido constante, en aproximadamente 50 decibeles, al menos en los últimos 100 años.

Contrario a ello, el ruido producido por el ser humano, debido a su creciente actividad, ha aumentado alrededor de tres decibeles por decenio, al menos así lo muestra lo registrado en los últimos 40 ó 50 años, llegando a más de 80 decibeles.

El ruido antropogénico en las zonas costeras puede ser originado por las construcciones y dragados para marinas, por los muelles, por las edificaciones costeras con maquinaria pesada o incluso por el propio mar. Destaca, de manera significativa, el producido por las propelas de las embarcaciones que cada día incrementan su número a nivel mundial conforme se diversifican las rutas comerciales. A mayor tamaño y velocidad de embarcaciones y propelas, mayor es el nivel de ruido.

El ruido proveniente de esta fuente se coloca en el rango de audición de muchas ballenas, en una banda de baja frecuencia que ellas utilizan para comunicarse. Esta se conoce como enmascaramiento. El sonido significante no se puede reconocer en una “neblina” de ruidos similares.

Otro fenómeno que impacta gravemente en la biodiversidad, en especial a las ballenas, son los estudios de prospección sísmica y sonar, utilizados con fines militares o científicos para “rastrear” embarcaciones enemigas en la columna de agua o yacimientos minerales, de petróleo y reservas de gas, mapeo tectónico de suelos marinos, o incluso bancos de peces en algunas pesquerías. Ante ello, las ballenas pueden alejarse temporalmente de la fuente de ruido e incluso abandonar de manera definitiva su hábitat.

La consecuencia más importante son los varamientos masivos de ballenas, en los cuales decenas de animales son encontrados vivos o muertos a lo largo de varios kilómetros de alguna costa. Hoy se sabe que esto sucede en áreas donde, previamente, se han realizado ejercicios navales o estudios científicos con prospección o sonar.

Los autopsias llevadas a cabo, de forma inmediata a los especímenes, son reveladoras. A pesar de no haber daño visible en el exterior, se encontró que sufrían de hemorragias meníngeas, con burbujas de aire, y embolismos pulmonares. Datos que coincidían con el fenómeno de descompresión que sufren los buzos al salir a la superficie de manera violenta y rápida. Esto indica que en un intento por escapar del ruido salen a la superficie cruzando la barrera acústica.

Las ballenas más afectadas son las conocidas como picudas, de Cuvier, o de cabeza de melón. También se ven lastimados los delfines, los pinnípedos (lobos marinos, focas y morsas), los manatíes, las tortugas marinas, las nutrias marinas, los pulpos y diversas especies de peces.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU), en sus consultas abiertas sobre el Derecho del Mar, recibió por parte las organizaciones no gubernamentales involucradas en el tema una primera advertencia en 2003 y un fuerte llamamiento por parte de la Coalición Internacional de Ruido Intraoceanico en 2005. Para 2007 el Informe del Secretario General de la ONU reconoció al ruido subacuático como uno de los mayores impactos sobre la biodiversidad marina y, por tanto, sobre la diversidad genética. Finalmente, este año será el tema principal de las consultas sobre el Derecho del Mar.

La introducción de ruido al mar es un tipo de contaminación acústica que invade todos los océanos; es crónica y acumulativa, se agrava cuando se ignora que debajo de la superficie la vida emerge, se diversifica, y vive e interactúa mediante sus propias reglas y necesidades. Sucede cuando nuestra concepción sobre el mar se limita a mirarlo solamante como un medio de comunicación, de transporte y, sobre todo, de diversión.

La ciencia, que ha llegado un poco tarde, nos permite apreciar la conexión que tenemos con una inmensidad de seres vivos que dependen de su oído para sobrevivir. Los mamíferos marinos, como las ballenas y delfines viven en grupos familiares con estructuras sociales muy complejas, y sabemos que trasmiten pautas culturales de madres a hijos sobre estrategias de alimentación. Viven en un mundo que no hemos entendido. Su grado de inteligencia y cognición es innegable, así como su capacidad para poseer una compleja vida emocional. Los seres humanos hemos invadido su océano y los hemos dañado con todo tipo de ruidos y de manera irresponsable.

Ante todo esto, existen recomendaciones que, sin duda, pueden orientar a los tomadores de decisiones a mitigar los impactos de las actividades humanas en la vida marina. Así, es importante reconocer al ruido como una forma de contaminación; aplicar el Principio de Precaución que nos indica que ante la incertidumbre científica, cuando hay peligro de provocar daño, debemos ser cautos a favor siempre del medio ambiente, en este caso de la biodiversidad, y aceptar que no estamos solos y, sobre todo, que no estamos por encima de las especies.

Reconsideremos, la contaminación acústica es un problema en el que podemos influir de manera casi inmediata porque el ruido existe mientras el emisor lo produce. Bajemos el volumen, mitiguemos nuestro impacto.

 

*Yolanda Alaniz Pasini es médico cirujano y cursó las maestrías en Salud Pública y en Antropología Social. De igual forma, los posgrados en Bioética y en Desarrollo Sustentable. Fue profesora de las asignaturas de Antropología Médica en la UNAM, y de Bioética y Ética Ambiental en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Se ha desempeñado como Secretaria Técnica de las comisiones de Medio Ambiente y Recursos Naturales, tanto de la Cámara de Diputados como del Senado de la República (1998-2012) y como asesora en la Subsecretaría de Gestión para la Protección Ambiental de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (2013-2016). Actualmente, es consultora de Conservación de Mamíferos Marinos de Mexico, AC.

 

Bibliografía

Yolanda Alaniz.2010. Impactos del Ruido Intraoceanico en la Biodiversidad Marina. Artículo. En Ninfa Salinas y Yolanda Alaniz Ed. Temas Selectos de Medio Ambiente. Comisión de Medio Ambiente y Recursos Naturales. Cámara de Diputados pp 257-302. Disponible aquí.

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