El lobo mexicano y el dilema ético de su conservación

Por: Samuel León y Alfonso Fernández

 

En la década de los años setenta, con menos de 30 especímenes en estado natural, el lobo gris mexicano ingresó al acta de especies en riesgo[1] y su probable extinción se volvió una realidad. La pérdida de hábitats a causa de actividades agropecuarias y las campañas de erradicación impulsadas por los gobiernos estadounidense y mexicano, justificadas en la pérdida económica por depredación de ganado, fueron las causas principales por las cuales fue catalogado como especie en probable extinción.[2]

A raíz de la protección que implicó el ingreso al acta de especies en riesgo, ambos gobiernos y diversas asociaciones civiles, iniciaron campañas de conservación y recuperación del lobo gris mexicano. Entre las acciones llevadas a cabo destacan las capturas de especímenes vivos para su reproducción en cautiverio y su posterior reintroducción al medio silvestre.

La primera reintroducción se realizó a finales de los años noventa y desde entonces, las acciones consecuentes provocaron el aumento de la población del lobo gris mexicano.

Actualmente, gracias a estas medidas, se encuentra fuera de peligro, ha sido excluido de la lista de especies en riesgo y los programas para su conservación, protección y rehabilitación siguen activos.

Las reintroducciones de los lobos al medio silvestre ya se habían realizado con anterioridad (por ejemplo, los del parque nacional de Yellowstone, en Estados Unidos, y, más recientemente, los esfuerzos llevados a cabo en Tierras Altas en Escocia) y su finalidad ha sido la conservación del equilibrio ecológico, bajo la premisa de que la introducción de un depredador puede contribuir al funcionamiento equilibrado de las cadenas alimentarias en un ecosistema.

Sin embargo, en el caso particular de la reintroducción del lobo gris mexicano la justificación fue distinta ya que no tuvo como objetivo principal la conservación del equilibrio ecológico; sino que surgió de una obligación derivada de los instrumentos de política ambiental para la conservación de la especie. Esta acción, desde una perspectiva ecocéntrica, está justificada en la protección de una especie amenazada por la extinción, considerando que la pérdida de especies es más grave que la de individuos.

No obstante, las medidas de reintroducción de depredadores no han tomado en cuenta el inevitable sufrimiento que generará a los animales que serán depredados. Los herbívoros que eran parte de los ecosistemas antes de las reintroducciones de los lobos, se someten ahora a un daño que no se reduce a la pérdida de su vida, sino que implica también el dolor y el sufrimiento, tanto de ellos como de su descendencia, debido al miedo que provoca la existencia de nuevos depredadores en la zona.

La reintroducción también puede implicar sufrimiento para los lobos, puesto que son capturados y, posteriormente, liberados en un ambiente desconocido. Esto los vuelve susceptibles a morir en manos de campesinos que se oponen a la reintroducción de depredadores que pueden consumir su ganado, generando la percepción de un nuevo de riesgo, provocando pérdidas económicas. (Horta, 2015, 123).

La justificación de la intervención humana en la naturaleza puede tener muchas aristas y aquí las analizaremos desde dos perspectivas: una que sostiene que todo ser sintiente es sujeto de consideración moral (sensocentrismo) y otra que asigna un valor superior a la preservación de las especies y ecosistemas, más que a la de los individuos por sí mismos (ecocentrismo).

Oscar Horta señala que nuestra intervención en la naturaleza debe conducirse tomando en cuenta el sufrimiento de los animales; por tanto, rechaza la reintroducción de depredadores como los lobos, no por argumentos económicos, que son los que comúnmente ofrecen los opositores de las reintroducciones, sino por la manera en que éstos afectan el bienestar de otros animales:

“…intervenir en la naturaleza no está justificado cuando hacerlo genera más daño para los animales”. (Horta, 2015, 119)

No tomar en cuenta el sufrimiento de los animales afectados denota una actitud especista y antropocentrista que da preferencia a los intereses humanos y menosprecia los intereses de individuos pertenecientes a otras especies.

En contraste, Rolston III señala que, si bien, debe ser tomado en cuenta el dolor que padecen los animales, ello no supone un igualitarismo entre las especies, pues el dolor tiene un propósito instrumental que tiene como fin el funcionamiento de un ecosistema o un ajuste adaptativo de alguna especie. (Rolston III, 2004, 75)

La ética ambiental que este último autor propone, asume que el dolor no es el único criterio que deba ser tomado en cuenta, sino que habla del valor de los organismos vivos que poseen un genoma (Rolston III, 2004, 77) y que a su vez están subordinados al valor de las especies (Rolston III, 2004, 81), las cuales son posibles gracias a los ecosistemas (Rolston III, 2004, 87) que son productores de valores (las especies y los organismos que los conforman). Para la ética ecocéntrica el individuo deja de ser el locus del valor. Hay valor en todos los niveles, no sólo en el clímax donde hay vida consciente.

Como hemos visto, la justificación de la intervención humana en la naturaleza puede ser analizada desde distintas perspectivas éticas, irreconciliables muchas veces; por lo tanto, proponemos que las acciones de conservación que se lleven a cabo en el futuro consideren que dicha intervención, no debe radicalizarse al punto de considerar que una perspectiva ética es mejor o tiene mayor validez que la otra; sino que, se conduzcan tomando en cuenta argumentos válidos entre distintas posturas.

Hasta el momento, la política ambiental ha ponderado los intereses económicos como superiores ante cualquier interés ético; ambientalista o animalista; ecocéntrico o sensocéntrico. La consideración de la ética en la política ambiental conduciría a una discusión más igualitaria y menos especista, ya que no justificaría la intervención humana en la naturaleza, mediante los propios intereses, para determinar qué especies deben formar parte del ecosistema (Shelton, 2011, 8).

 

@bioeticaunam

 

*Samuel León Martínez es egresado del posgrado en Derecho de la UNAM. Se ha desempeñado como Profesor de la asignatura de Bioética en las facultades de Derecho y de Ciencias de la misma institución. Ha sido colaborador del Programa Universitario de Bioética desde 2015, impartiendo diversos cursos relacionados a legislación animal y ambiental, y actualmente es Secretario Técnico. Alfonso Fernández Landa es egresado de la Licenciatura en Derecho de la UNAM con especialización en Derecho Ambiental a través del curso superior de posgrado en Materia Ambiental de la Facultad de Derecho.

 

Bibliografía

Rolston III, Holmes. Ética ambiental: Valores en el mundo natural y deberes para con él. Publicado en Naturaleza y Valor. Una aproximación a la ética ambiental, compilado por Margarita Valdés, UNAM, México, 2004 (Consultado el 25 de julio de 2018)

Horta, Oscar. Contra la ética de la ecología del miedo: por un cambio en los fines de la intervención en la naturaleza. Revista Latinoamericana de Estudios Críticos Animales , año II, Volumen I, Mayo 2015, pp. 115-144. (Consultado el 25 de julio de 2018)

Shelton, Jo-Anne. Killing Animals that Don’t Fit In: Moral Dimensions of Habitat Restoration, Between the Species: Volumen 13: Iss. 4, Artículo 3. 2011. (Consultado el 25 de julio de 2018)

Mexican Wolf Species Survival Plan. Species Coordinator and International Studbook Keeper, Peter Siminski, The Living Desert, SPMAG Advisor Edward M. Spevak. 26-27 July 2007. (Consultado el 25 de julio de 2018)

Programa de acción para la conservación de la especie: Lobo Gris Mexicano (canis lupus baileyi) SEMARNAT, agosto 2009. (Consultado el 25 de julio de 2018).

 

Referencias: 

[1] Instrumento de política ambiental estadounidense que brinda protección a las especies contenidas en él y obliga al gobierno a la realización de acciones de conservación y/o recuperación de las mismas.

[2] Programa de acción para la conservación de la especie: Lobo Gris Mexicano (Canis lupus baileyi), SEMARNAT, agosto 2009.

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