La ceguera ética de la institucionalización

Todos los argumentos que se utilizan para defender a los bebés, niños y humanos con discapacidades intelectuales severas son similares a los que pueden esgrimirse en defensa de los animales; sin embargo, los intereses de estos últimos siempre se ponen en segundo plano, siendo la institucionalización la gran barrera para reconocer esta condición de vulnerabilidad.

Por: Elizabeth Téllez

Mucho se ha avanzado en la lucha contra el feminicidio y la homofobia, la inclusión de grupos indígenas, la defensa de los derechos humanos de los migrantes, y otros temas que atañen a los grupos vulnerables. Cada vez hay más denuncias, publicaciones e información que visibilizan estos tipos de discriminación que, por mucho tiempo, fueron prácticas social y moralmente aceptadas o institucionalizadas pero que ahora ya no pueden ser toleradas.

La institucionalización se puede definir como el proceso por el cual la aprobación de ciertas prácticas está arraigada o incorporada dentro de las organizaciones y sistemas sociales.[1] Por un lado, pertenecer a una institución aporta ventajas: genera cohesión social, otorga soporte emocional o psicológico, y garantiza el empleo y la seguridad laboral; aunque también tiene sus desventajas, pues el marco de normas y valores incorrectos se auto perpetúan cobijados en la organización o el grupo social. Por ello, es común que se genere cierta resistencia al cambio de esas normas y valores que se consideran normales y que son plenamente justificados.

Una de esas prácticas sumamente enraizada dentro de las instituciones de investigación y enseñanza es el especismo[2], que implica “favorecer arbitrariamente el interés de una especie sobre los intereses de otros”. Este término se compara con el racismo y sexismo en tanto que discriminan al diferente, pero a diferencia de los últimos el especismo ha sido poco reconocido o visibilizado. Por tal motivo, los animales son tratados como cosas u objetos de propiedad, donde el “dueño” tiene derecho a la posesión física exclusiva del animal para obtener ganancias económicas y de otra índole, incluso se cree que tiene el derecho de destruir o matar al animal.

En este sentido, es importante reconocer que los animales pertenecen a un grupo vulnerable pues también pueden sufrir, no pueden dar o negar su consentimiento, no pueden representarse a sí mismos y tienen dificultades para comprender lo que les está sucediendo o por qué. Es decir, todos los argumentos que se utilizan para defender a los bebés, niños y humanos con discapacidades intelectuales severas son similares a los que pueden esgrimirse en defensa de los animales; sin embargo, los intereses de estos últimos siempre se ponen en segundo plano, siendo la institucionalización la gran barrera para reconocer esta condición de vulnerabilidad.

En la investigación científica se justifica el uso de animales debido a que son “similares” a los humanos, pero cuando se habla de consideración moral el trato es distinto debido a que son “diferentes” e inferiores a nosotros. Esta es la primera manifestación del especismo en la ciencia, pero también se encuentra institucionalizado y respaldado por la legislación que perpetúa el ciclo de la experimentación animal disponiendo que todos aquellos fármacos, dispositivos quirúrgicos o médicos que serán usados en humanos deben ser probados primero en animales para garantizar que sean seguros en seres vivos.[3]

En contraste existe una suerte de secrecía, ya que no existen datos confiables sobre el número de animales que se utilizan en la industria de la investigación, mucho menos en la enseñanza, ni tampoco de las múltiples investigaciones que se realizan con ellos (algunas, incluso, nunca llegan a publicarse).[4] Esta falta de transparencia debe ser un tema de preocupación pública y un tema importante de la agenda del nuevo gobierno.

Por otro lado, el lenguaje utilizado en la ciencia oscurece, exonera y minimiza lo que ocurre en los laboratorios o en las prácticas de enseñanza. Estos seres vivos y sintientes son nombrados como “modelos”, “sistemas”, “material biológico”, “modelos quirúrgicamente alterados”, “modelos de enfermedad cardiovascular” y otros, implicando que su propósito inherente o su “fin zootécnico” sea el de servir a los humanos. Entonces, una vez ubicados en la categoría de cosas, no se considera que son dañados o lastimados cuando se les inyectan químicos o agentes patógenos, cuando son sometidos a choques eléctricos o cirugías lesivas, cuando son colocados en agua helada y forzados a nadar o cuando enfrentan otras pruebas de comportamiento que les generan sufrimiento. Además, cuando se habla de su muerte se utilizan eufemismos como: descartar, eliminar, sacrificar o dormir.                “Cuidado o trato humanitario” es otro término del que se abusa y que es utilizado de forma incorrecta, ya que se refiere al bien del género humano y significa: caritativo, benigno o benéfico; adjetivos que no pueden empatarse con las condiciones en las que mantenemos a los animales.[5]

En todas estas acciones se observa un distanciamiento psicológico que se refleja en la escritura de la metodología de artículos o manuales de práctica. Pareciera que no existe un agente causando daño: “se insertarán electrodos”, “se inyectará formalina”, “se realizarán craneotomías”, “se enuclearán los ojos de los ratones”. Todo formulado en voz pasiva, como si nadie realizara la acción. Paradójicamente, en algunos casos se describen procedimientos donde pareciera que el animal hubiera consentido y participado en el experimento voluntariamente; por ejemplo, se dice 12 ovejas “donaron” 45% de su sangre, cinco macacos “tomaron parte” en la prueba en donde  fueron privados de agua, alimento, y se removió parte de su cerebro.

Todo lo anterior, señala un paradigma especista en donde el lenguaje denota una relación de poder y dominación que debe cambiar porque los experimentos con animales surgieron cuando las normas y los valores imperantes privilegiaban al humano; en la actualidad, ya existen posturas éticas más incluyentes que consideran a todas las formas de vida y observan alternativas éticas que los sustituyan.

El problema de la institucionalización no ha sido visibilizado con la misma atención; es momento de resolver esta ceguera ética a través de la reflexión bioética sobre el uso adecuado del lenguaje y la necesidad de nombrar de manera más adecuada las prácticas que involucran animales.

 

* Elizabeth Téllez es médico veterinario zootecnista, maestra en Ciencias por la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia (FMVyZ), y doctora en Bioética, todos por la UNAM. Desde hace diez años es Profesora de Asignatura del Seminario de Bioética en la FMVyZ y actualmente realiza el posdoctorado en el Programa Universitario de Bioética de la UNAM.

 

@bioeticaunam

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido. 

 

Referencias:

[1] Linzey, Andrew y Linzey Claire. (2018) The ethical case against animal experiments. Chicago: University of Illinois Press.

[2] Ryder, Richard D. (1975) The use of animals in research. Londres: Davys Pointer.

[3] Knight, A. 2008. 127 million non-human vertebrates used worldwide for scientific purposes in 2005. Alternatives to Laboratory Animals  36(5): 494-496.

[4] Principio 21 de la Declaración de Helsinki de la Asociación Médica Mundial.

[5] McMillan, Franklin. (2012) What dictionary are animal researchers using? Journal of Animal Ethics. 2(1):1-5.

 

Close
Comentarios