Las consecuencias biopolíticas de la biotecnología

Tras la aplicación de procedimientos tecnológicos para la modificación del organismo, el ser humano ha adquirido una dimensión “bioartefactual”. Los transgénicos, la inseminación invitro y las vacunas, son algunos ejemplos. Pero, ¿cuáles serán las consecuencias de la revolución bioartefactual?

Por: Jorge Alejandro Espinosa López

Julius Deane tiene 135 años, ha gastado una fortuna en sueros y hormonas para modificar su metabolismo; en Tokio se sometió a distintos procesos de cirugía genética para reescribir su ADN y retrasar su envejecimiento. Por otro lado, Ratz, es bartender en el conocido bar Chatsubo y no ha permitido que la ausencia de su brazo derecho sea una limitación, en su lugar lleva una intimidante prótesis mecánica.

Aunque Julius y Ratz son personajes de la obra de ciencia-ficción Neuromancer escrita por W. Gibson, encarnan a la perfección uno de los anhelos más antiguos de la humanidad: poder prescindir de las carencias, defectos, limitaciones y enfermedades del cuerpo.

Neil Harbisson, Moon Ribas y Jason Barnes no son personajes de ficción, son casos reales de personas que han decidido aplicar los avances de la biotecnología en sus cuerpos: Harbisson es la primera persona en el mundo reconocida como cyborg, tiene una antena implantada en la cabeza que le permite oír los colores; es decir, recibir las vibraciones del color y convertirlas en sonido; Ribas se ha instalado un sensor sísmico que le permite percibir todos los terremotos del mundo en tiempo real y Barnes es un baterista que después de perder un brazo utiliza una prótesis que le permite utilizar tres baquetas simultáneamente; ejemplos de habilidades extraordinarias.

A partir de la aplicación de un amplio espectro de procedimientos tecnológicos para la transformación y modificación del organismo, el ser humano va adquiriendo una nueva dimensión “bioartefactual”. Los bioartefactos son objetos limítrofes entre lo natural y lo artificial, una mezcla de mecanismos biológicos e intervenciones humanas intencionales. En consecuencia, la clásica división aristotélica entre Φυσις (naturaleza) y τέχνη (técnica) es completamente inútil. Ni el esquema explicativo de lo natural, ni el esquema de producción artificial son suficientes para la comprensión de los bioartefactos. Los transgénicos, la inseminación in vitro, las vacunas, la domesticación y cruza intencional de plantas y animales, Julius, Ratz, Ribas, Barnes y Harbisson son ejemplos de procesos bioartefactuales.

Ante este panorama, algunos autores proponen abandonar la dicotomía natural/artificial y sustituirla por la distinción controlable/no controlable. Ya no importa si los organismos vivos son naturales o artificiales, lo relevante es el control técnico que podamos tener sobre ellos. El imaginario Cyberpunk ensaya esta misma situación hipotética. Nada hay en el universo Cyberpunk que no sea un bioartefacto: cuerpos humanos intervenidos tecnológicamente, realidad virtual y aumentada, organismos modificados genéticamente, ciudades inteligentes, cyborgs y armas biológicas; ya no son exclusivos del imaginario de la ciencia-ficción, sino una posibilidad que se abre paso a través de la concreción de nuestras vidas.

Aunque esto pueda sonar a fatua especulación filosófica, lo cierto es que los biotecnólogos ya están sobre ello: Craig Venter, cofundador de Synthetic Genomics y líder investigador de uno de los equipos que logró secuenciar por primera vez el genoma humano, ha reformulado la famosa cita de la colección matemática de Pappus: “dadme un punto de apoyo y moveré al mundo” por una afirmación ambiciosa y profundamente mecanicista: “dadme un protoplasma vivo y re-haré el reino animal y vegetal por completo”.

¿Cuáles serían las consecuencias políticas y económicas de esta revolución bioartefactual? Dado nuestro contexto económico mundial capitalista, las ciencias de la vida representan el nuevo rostro de un sistema económico que se reinventa y surge en la forma de «biocapital», una forma de capitalismo por la que se producen, circulan y consumen diversos productos bioartefactuales dentro de la lógica de la oferta y la demanda. Si en el pasado el capital se invertía en comprar tierras, cultivos y granos, en la actualidad el biocapital genera nuevas formas de valor adicionado que tienen como materia prima células, virus, órganos y organismos enteros para ser transformados tecnológicamente y ponerlos a disposición del mercado mundial.

Synthetic Genomics, Genentech, Seminis, Gilead Sciences Inc., Amgen y otras empresas conforman el nuevo paradigma corporativista que extiende su soberanía sobre el control y regulación de organismos modificados. Al igual que en el imaginario Cyberpunk las empresas se perfilan como las entidades que controlan y dominan el mercado de estas nuevas formas de vida.

El desarrollo de las biotecnologías en el marco capitalista terminará por perpetuar la lógica de diferenciación de los mercados, agudizando las distancias entre aquellos que tienen acceso a la tecnología y aquellos que no. Los ciudadanos que cuenten con los medios económicos para optimizar su organismo poco a poco podrían distanciar de una masa de población marginada con escasos recursos, tal y como se retrata en la distópica cinta Elysium de Neill Blomkamp

Estas biotecnologías también pueden ser utilizadas para la adaptación de los organismos al sistema político-económico. El uso de prótesis en trabajadores accidentados para (re)integrarlos al sistema productivo es un ejemplo de ello: los soldados lisiados de la primera guerra mundial se convirtieron en una amenaza para el sistema de pensiones y seguridad social por lo que se buscó reincorporarlos a la fuerza laboral mediante el diseño de prótesis en masa.

No obstante, las biotecnologías también pueden generar espacios de emancipación al liberarnos de los constreñimientos físicos o de las regulaciones de poder que se imponen sobre nuestro cuerpo. Por ejemplo: la iniciativa 2045 del empresario ruso Dimitry Itskov, busca superar la mortalidad mediante la descarga digital de la mente dentro de en un portador no biológico, como en la novela Altered Carbon, escrita por Richard K. Morgan.

Al transformar o suspender los aspectos familiares de la realidad, la ciencia-ficción plantea escenarios alternativos que se posicionan entre la posibilidad y la imposibilidad. Así, las primeras líneas de Neuromancer proyectan el escenario de la civilización tecnocientífica contemporánea y recrean con crudeza un universo en el que lo natural es indistinguible de lo artificial:

“El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto”.

¿Advertencia, premonición o fatum?

 

* Jorge Alejandro Espinosa López es candidato a doctor en Filosofía de la Ciencia por la UNAM, con estudios de maestría y licenciatura en Filosofía. Temas de interés: epistemología y ontología. Puedes contactarlo a través de su correo electrónico: [email protected]. o su blog personal.

 

@bioeticaunam

 

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Referencias bibliográficas:

Linares, Jorge (2016): Hacia una ontología de la bioartefactualidad (segunda parte) en Aproximaciones interdisciplinarias a la bioartefactualidad, coords., Jorge Linares y Elena Arriaga, UNAM, Ciudad de México.

Linares, Jorge & Valerio, Antonia (2016): Hacia una ontología de la bioartefactualidad (primera parte) en Aproximaciones interdisciplinarias a la bioartefactualidad, coords., Jorge Linares y Elena Arriaga, UNAM, Ciudad de México.

More, Max (2013): The Philosophy of Transhumanism, en The Transhumanist Reader, edit., Max Moore & Natasha Vita-More, Wiley- Blackwell, Oxford

Parente, Diego (2016): Los bioartefactos en la discusión sobre los límites entre lo natural y lo artificial en Aproximaciones interdisciplinarias a la bioartefactualidad, coords., Jorge Linares y Elena Arriaga, UNAM, Ciudad de México.

Venter, Craig (2013): Life at the Speed of Light from The Double Helix to the Dawn of Digital Life, Penguin Random House, New York.

Zapata, Miguel & Villela, Fabiola (2016): ¿Tienen biopolítica los bioartefactos? En Aproximaciones interdisciplinarias a la bioartefactualidad, coords., Jorge Linares y Elena Arriaga, UNAM, Ciudad de México.

 

 

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