La soledad de los ancianos

La sociedad está dejando en el olvido a sus viejos; discriminación, abandono y maltrato son constantes en sus vidas ¿La razón? Sobrevivir al inexorable paso del tiempo. Atender los atropellos sociales hacia los ancianos es lo correcto, lo ético, pero sobre todo, lo justo.

Por: Tania Hernández (tan_her_bios)

 

El pasado 28 de agosto se conmemoró en nuestro país el Día del Adulto Mayor. Al respecto se publicó una gran cantidad de notas informativas con datos demográficos que, aunque relevantes, no serán tema de esta columna. Quisiera, más bien, ocuparme de lo que a veces se deja en el olvido en relación con nuestros viejos: el pesar de sus soledades.

Hasta hace algún tiempo la idea que se tenía de los ancianos era radicalmente distinta a la que tenemos ahora. La deshumanización que se ha venido dando en los últimos años ha generado cambios en nuestra percepción social de lo que implica la vejez. Si volteamos la mirada hacia atrás, daremos cuenta del valor social y cultural que tuvieron en algún momento nuestros viejos; eran ellos los sabios, la personificación misma de la experiencia y la historia, la voz del saber añejo que no llega sino con el paso del tiempo. En cambio ahora, para muchos la vejez no es sino entorpecimiento, lastre social al que nos es indiferente su condición de indignidad.

La sociedad está dejando en el olvido a sus viejos; discriminación, abandono, maltrato y olvido son constantes en la vida de millones de ancianos ¿La razón? Sobrevivir al inexorable paso del tiempo. Atender los atropellos sociales hacia los ancianos resulta imperativo no sólo porque si todos llegamos a esa edad probablemente seríamos víctimas del mismo problema que no atendimos, sino porque es lo correcto, lo ético, pero sobre todo, lo justo.

Es evidente que nos hemos convertido en una sociedad individualista, ciega e indiferente hacia el dolor del otro; ante ello, es necesario comprender que perpetuar la indiferencia ante el sufrimiento de otros está desembocando en una decadencia moral de la humanidad. Insensibilizarse ante cualquier injusticia es ya un acto reprobable, pero ser indiferente ante el sufrimiento de quienes muchas veces ya no pueden valerse por sí mismos y que, por tanto, requieren la protección y la compañía de otros -como los ancianos- no sólo es reprobable, sino éticamente deleznable; por esto no se debería seguir soslayando el abandono en el que la sociedad está dejando a sus viejos.

Es necesario atender las carencias de los más desprotegidos si pretendemos un mundo menos injusto. Al respecto, resulta indispensable aclarar que no todos poseemos el mismo grado de responsabilidad y obligación social ante otros, pero quienes tenemos la fortuna de poder cubrir nuestras necesidades básicas, adquirimos la obligación ética de velar por los intereses y el bienestar de todos los que estén socialmente relegados, como es el caso de los ancianos.

Si bien las carencias que se llegan a tener en la vejez son, en su mayoría, relacionadas con el aspecto económico, parece claro que hay una que no distingue de estratos sociales: la soledad. Investigaciones sobre el impacto de la soledad en la salud señalan que ésta puede elevar los niveles de inflamación y de las hormonas del estrés, lo cual incrementa el riesgo de sufrir un ataque cardíaco, desarrollar artritis, diabetes tipo 2, deterioro cognitivo o incluso incitar al suicidio. Aunado a ello, según este mismo estudio, los fallecimientos se incrementan entre personas de edad avanzada que reportan estar sin compañía y, por tanto, sentirse abandonadas, en comparación con las personas que dijeron no tener estos sentimientos.

Los impactos de la soledad en la salud no son pocos ni menores, pero más allá de sus repercusiones en lo orgánico, la soledad provoca dolor, sufrimiento y un vacío que la medicina y sus sorprendentes avances no pueden curar ni aliviar. No existe avance médico-científico-tecnológico que pueda paliar el sufrimiento de la soledad porque nada puede suplir la calidez de un abrazo ni la alegría de sentirse acompañado. Sentir el acecho de la muerte, pero saber que ésta llegará rodeado de quienes amamos y nos amaron, es probablemente una de las mejores formas de despedirnos de la vida; nadie debería encarar en soledad la muerte.

Para finalizar, quisiera exhortar a los lectores a no desesperar nunca con en el lento andar de nuestros viejos; el transcurrir de los años inevitablemente se refleja en la tardanza de sus pasos, muchas veces ya cansados. No dejemos nunca de escuchar esas historias que nos repiten una y otra vez aquellos que, por el tiempo, la memoria ha decidido acompañarlos cada vez un poco menos. No dejemos a su suerte a nuestros viejos; no los condenemos a la soledad y al abandono por el simple hecho de sobrevivir al inexorable paso del tiempo.

 

* Tania Hernández estudia Filosofía en la UNAM. Ha impartido diez conferencias en distintas universidades en temas relacionados a la bioética. Actualmente, es encargada de redes sociales en el Programa Universitario de Bioética y es miembro del Seminario Permanente de Bioética, ambos de la UNAM.

 

@bioeticaunam

 

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